Recuerda su madre cuando lo llevaba de la manita por el real de la Feria. Tres añitos que tenía y ya parecía todo un hombrecito vestido flamenco, con sus botos camperos, pantalón negro a media pierna y chaquetilla corta, fajín verde (porque él decía que era “der Betis”) y sombrero de ala ancha.
Orgullosa que iba ella de lucir a semejante tesoro, su obra más maravillosa y majestuosa creada.
Y así, de su mano y annegada de satisfacción, paseaban por el Real. Albero apisonado y recién regado, farolillos blanco, farolillos rojos, farolillos vedes… y una gitana que se les acercaba para ofrecerles un ramillete de romero, que da buena suerte. Que no le dijo rechazando el ofrecimiento, que no era ella creedora de esas cosas.
El no soltaba la mano de su madre, advertido como estaba de que si se soltaba podía perderse. Y perderse en la Feria de Sevilla podía convertirse en una tragedia, tanto es el bullicio que hay.
Aunque su ilusión primordial de niño era adentrarse en la Calle del Infierno, el manojo de globos atados a una cuerda que se elevaba hacia el infinito llamó su atención.
- Quiero uno mami – soltó con su aún media voz.
Y su madre le compro el globo más grande, el más vistoso, el más alto, un corazón con el dibujo brillante de la Dama y el Vagabundo. Y atado a su bracito, él soltaba cuerda para hacerlo llegar al cielo.
- Alto, alto, mami, que lo vean los angelitos.
Ella apretaba su mano mientras con la otra le señalaba el puesto de algodón, y sus ojitos se abrían desmesuradamente ante el exquisito colorido de la golosina.
Lo recuerda su madre subido en un auto de bomberos de la atracción de feria tocando la campana y saludándola a cada vuelta.
Sonriente a lomos del caballo del Tío Vivo.
Sudoroso saltando incansablemente sobre el Castillo Hinchable.
Suerte pensaba ella que tenía en su vida. Suerte de tenerlo a él. Ojos negros como el carbón, labios carnosos y sobre todo, esa grácil simpatía que despuntaba.
Lo quería. Lo amaba. Nada comparable con aquél amor.
Su manita dio un tirón del vestido de su madre.
- Quiero subirme ahí. – y señalaba la motocicleta del pequeño carrusel.
Su madre lo subió. El volvía a saludarla a cada vuelta con una sonrisa inocente y dulce.
A ella un escalofrío le recorrió la espalda.
Esa noche hizo que durmiera con ella. Y durmieron así, juntos y abrazados mientras ella le contaba el cuento de rigor, un cuento que esa noche trataba de las aventuras de un niño en la Feria.
Despertó de repente cuando los pájaros ya comenzaban su trino. Creyente aún de la jornada anterior en la feria, toco la cama vacía.
No era aún consciente del tiempo transcurrido.
Tanto…
Entonces se hizo la luz en su interior.
Y esa luz le trajo la imagen de su obra más perfecta, convertida en adolescente, a lomos de la motocicleta. Su última imagen.
Todavía a caballo entre el pasado y el presente se colocó la máscara como cada día y se dirigió a la cocina a preparar los desayunos.
Aún había quién necesitaba de ella.












