Pasos de ilusiones iban construyendo la senda almibarada de mi vida, y yo me deslizaba por ella con pasos de bailarina calzada con zapatillas de raso blanco. Primaba en mí la inocencia y la inconsciencia. El amor me envolvía en azules luces de artificio, y los escasos veinte y poco de años me apremiaban, a lomos de un alazán, a volar con alas humo.
Y así, fui preparando una libertad de aire fresco pensando que el que respiraba ya estaba rancio, y un nuevo nido translúcido como el cristal y claro como el aire de la mañana, porque también creía que el que hasta ese momento me cobijaba me oprimía y me asfixiaba.
El era sabio y yo sentía que también mi cómplice. Me veía hacer, preparar, proyectar nuestra separación y jamás dejó entrever contrariedad ni reparos. El sabía de las leyes de la vida y cual era su papel en todo momento. No se me ocurría entonces pensar que tal vez todo éso pudiera causarle cierto dolor porque ni siquiera se me pasabapor la mente, y mucho menos, el ponerme ni tan sólo por unos instantes en su lugar.
El me solía preparar todas las mañanas el café para tomarlo en la cocina antes de que yo partiera hacia el trabajo. Lo tomábamos juntos y muchas veces él me acariciaba el pelo y me besaba la cabeza. Aún me parece sentir en mi paladar el sabor de su café, espeso y fuerte, y en mi cabeza el peso de su mano.
Había momentos en que yo lo notaba mirándome y veía sus ojos un poco acuosos, y él, como queriendo ocultarlo me abrazaba y me llamaba “mi princesa”.
Cuando un día mi cuerpo se vistió con el blanco puro de las azucenas y en mis ojos brillaba la luz plateada de la ilusión, él me tomó del brazo y me llevó a través de una alfombra roja ante un altar de flores inmaculadas, en cuya escalinata me esperaba un nuevo futuro.
Y de la mano de ese nuevo futuro al que tanto amaba, partí cargada de esperanzas y con el alma henchida, porque cuando el amor está recién nacido y es compartido, todo lo demás no se tiene en cuenta.
Así me fuí hacia un viaje de miel y azúcar, llenando mis sentidos con mi amor y con el entorno que nos envolvía, disfrutando de cada noche, de cada luna, de cada momento que la vida me brindaba en ese viaje único en la vida de los enamorados.
Entonces una tarde, un 21 de julio a las 16 horas, mientras nuestras miradas se llenaban con la magia de la Ría de Arousa, sentí la imperante necesidad de hablar con él.
Su voz respondió a través del auricular a una distancia de mil kilómetros, y en ese mismo instante a mí se me rompió el alma.
Garras de acero me oprimían la garganta e impedían a mi voz escapar.
Bruñidos puñales me atravesaron las entrañas y el dolor me partió en dos.
Humo ácido se coló en mis ojos arrancando lágrimas ardientes.
Yo lo sentí.
Además de una pena enorme, también la impotencia y el desconsuelo que nos embarga cuando un ser querido parte hacia otra vida.
Jamás yo había sentido así.
Un velo negro se interpuso entre la felicidad que hasta ese momento vivía y yo.
Dejó de existir para mí la belleza del entorno que estaba disfrutando, la compañía de mi amor y la ilusión del futuro inmediato. Tan sólo quería volver.
Y volví.
Volví y él estaba bien. Yo no. El tiempo, como suele hacer siempre en la vida, puso en mis recuerdos un vaho nebuloso que borró los contornos de aquellos momentos vividos. Y todo pasó, y todo quedó como antes, como si nada hubiera ocurrido.
Justamente un 21 de julio a las 16 horas, unos años más tarde, él, mi padre, dejó de estar entre nosotros.
Yo sentí ante su muerte el mismo dolor y desasosiego de aquella otra tarde ante la Ría de Arousa.












