Atardece.
El zumbido del silencio bajo el calor atípico de hace unas horas se a ha apagado. Era un calor distinto, un calor como el de antes, como el que empezaba en el mes de febrero y apenas daba un respiro para darnos cuenta de que ya era verano.
Abro la ventana y como un ladronzuelo que corre, se cuela el olor a yerba nueva y fresca.
Salgo fuera. Desciendo los escalones de la cocina que dan a la parte trasera de mi casa y me voy allí abajo, abajo del todo, allí dónde me suelo acomodar cuando deseo soledad y quedarme unicamente con mi Yo.
Está fresca la yerba. La tomo por lecho, y por techo el intenso ramaje de los pinos.
Mi mente se escapa de mí, hace oídos sordos a los trinos peleones de los gorriones luchando cada cual por tomar el mejor acomodo para dormir. Se acuestan pronto los gorriones. Duermen en la hiedra que cubre la pared de la ventana. A veces, se chocan con el cristal.
Yo estoy en otra dimensión también rodeada de verde, pero esta dimensión no es mi casa, no es mi verde. Es un verde esperanza el que miro, un verde esperanza cargado de la adolescencia de aquél que se marchó.
Y en esta dimensión y en este verde, siento que él está a mi lado, que me habla y me cuenta lo que tantas veces pregunto y nadie me responde.
Entonces yo respiro tranquila y tengo la certeza de volver a verlo aunque no sepa cuando.
De nuevo se va.
El canto de los mirlos me trae de nuevo a la realidad. Debe haber pasado largo tiempo pues los mirlos son los últimos que se acuestan. Abro los ojos y ya casi anochece. Ahora siento frío. Al pronto no sé muy bien dónde me encuentro pero miro hacia la derecha y veo mi casa.
Despacio y serena me meto dentro. Junto a mí entra también un intenso olor a primavera.












