(Oleo "Niñas en el Jardín", de José Miguel Román Francés)
“Cuando Marzo mayea, Mayo marcea” (refrán del Refranero Español)
Aquél año Marzo hacía honor al refrán y mayeaba. Aún a pesar de que tan sólo unos días habían caído perezosos de su calendario, Marzo se tomó al pié de la letra el dicho y se mostraba brillante y caluroso luciendo a gala una prematura primavera.
Pululaban los abejorros por entre los capullos semiabiertos de las prímulas y se embadurnaban las patas del amarillo azafrán de sus pistilos.
Mi hermana y yo jugábamos en el corral, entre las malvas y entre las espigas, sentadas al pie del naranjo agrio.
El aire ya olía a incienso, a miel y a pestiños, a aceite refrito con cáscara de naranja amarga, a empanadillas de sidra y a torrijas de vino negro.
Se acercaba la Semana Santa y ya Pepa andaba metida entre los fogones, los lebrillos de barro vidriado y las cacerolas de aluminio, ya abolladas por el uso y el tiempo, haciendo los dulces típicos de la fecha.
(Pepa, querida Pepa, maravillosa Pepa).
Un ligero viento traía hasta nuestros oídos el repiqueteo de tambores y las marchas de Semana Santa desde el Colegio Salesiano, dónde la banda de cornetas y tambores ensayaba. Se preparaban para las procesiones venideras.
Mi hermana y yo comíamos agritos amarillos. Chupábamos el tallo y nuestro paladar explotaba de sabor ácido y agrio. Estábamos felices.
De un momento a otro, Marzo, caprichoso Marzo, cambió de opinión y decidió arrebatar a Abril el agua de lluvia y acompañarla de su viento que mantenía escondido.
Soplado por él agresivamente, nubarrones negros comenzaron a acercarse desde el horizonte. Tuvo el atrevimiento de levantar las faldas de nuestros uniformes de colegialas y se dedicó a enredar aún más los rizos de nuestro pelo.
A la voz de mi madre bajamos raudas las escaleras mientras el árbol de las trompetas blancas se doblaba en reverencia a nuestro paso, y las gruesas gotas de lluvia caían sobre nuestras cabezas y los truenos reverberaban en nuestros oídos.
De nuevo encendió mi madre el bracero y nosotras y mi abuela nos sentamos a la mesa de camilla mientras pasaba la tormenta.
Cayeron granizos que destrozaron las hojas de las aspidistras y los tallos de los miramelindos del patio, y la tormenta tal como vino se fue, mostrándose Marzo de nuevo con atisbos de Mayo.
Volvimos de nuevo al corral, que era el lugar de nuestros juegos, y quedamos boquiabiertas ante lo que se ofrecía a nuestra vista: la pared que separaba el corral de mi casa con el de la casa vecina se había caído y derruido por completo. Todo era una montaña de albero amarillo y arena, con el que en su día, mojado y prensado habián construído antiguamente la tapias.
Aquello era una novedad para nosotras. Rápidamente comenzamos a saltar de montón en montón, a hacer hoyos, y canalillos para que el agua serpenteara por ellos a modo de río. Hicimos un puentecillo de ramitas del limonero para que lo atravesara y nos dedicamos a recoger conchas fósiles que estaban entre la arena y el albero. Mi madre nos dijo que esa arena la sacaban del río.
Subió mi padre cuando llegó del trabajo a ver la catástrofe para él, y la novedosa atracción para nosotras. Orgullosa yo le enseñé las conchas y me dispuse a buscar más.
Y así, cavando con las manos un poquito, saqué de entre el derrumbe un bote de cristal de pastillas aspirinas, sucio y enfangado. No tenía pastillas dentro pero si algo que no conseguía saber lo que era.
Se lo mostré a mi padre y él lo abrió con la misma curiosidad que nosotras. Sacó de su interior un trozo de papel amarillento y se lo quedó mirando unos minutos.
Luego mi padre rompió a llorar. Nunca había yo visto llorar a mi padre. Le pedí que me lo mostrara. Era un trozo de papel de estraza, de esos que se usaban (y se usan) en las tiendas de ultramarinos para envolver los comestibles. En él había escritas unas líneas a lápiz grueso, porque seguramente en el tiempo en que fueron escritas no existían los bolígrafos. La letra era tipo inglesa y no tenía faltas de ortografía. Decía así:












