Había veces en mis noches en las que despertaba angustiada, con una enorme sensación de ahogo. Incluso después de abrir los ojos continuaba sin saber si estaba dormida o despierta. Me parecía creer que la habitación estaba totalmente llena de una bruma que desconocía. No era capaz de distinguir si era vapor, humo o niebla, tan sólo que era algo que me impedía vislumbrar los contornos de los muebles y que incluso eclipsaba la luz de la farola de la calle que intentaba colarse por la ventana.
Ese algo inundaba mis pulmones y me impedía respirar tal y como si unas potentes manos de hierro se aferraban a mi pecho y, oprimiendo mi garganta la cerraran al oxígeno.
Y allí, en medio de esa densa opacidad presentía que estaba él. Lo intuía fuerte, altivo, poderoso…. Y también lejano. Yo gritaba pidiéndole ayuda a pesar de que ningún sonido salía de mis cuerdas vocales. Extendía mis brazos hacia él intentando aferrarme a su cuerpo inalcanzable. Y él, implacable ante mi angustia, se daba la vuelta y se perdía despacio entre la nebulosa que impregnaba la habitación.
En todas esas ocasiones yo quedaba sumida en un temblor que castañeaba incontrolablemente mis dientes y se bañaba mi cuerpo en un frío sudor muy distinto al provocado por el calor. Acaso alguna vez se volvía antes de desaparecer. Entonces yo veía claramente sus ojos negros azabache brillar como en la foto que de él conservaba.
Mi corazón comenzaba a galopar alocadamente, aterrorizado, y de nuevo cuando intentaba alcanzarlo y buscar su apoyo, el desaparecía.
Después yo lo veía todo con los ojos del alma y descubría la vida más allá del cristal empañado por el que la miraba.
Entonces todo de volvía nítido y cristalino, visión imberbe de mi realidad.
El zumbido del silencio bajo el calor atípico de hace unas horas se a ha apagado. Era un calor distinto, un calor como el de antes, como el que empezaba en el mes de febrero y apenas daba un respiro para darnos cuenta de que ya era verano.
Abro la ventana y como un ladronzuelo que corre, se cuela el olor a yerba nueva y fresca.
Salgo fuera. Desciendo los escalones de la cocina que dan a la parte trasera de mi casa y me voy allí abajo, abajo del todo, allí dónde me suelo acomodar cuando deseo soledad y quedarme unicamente con mi Yo.
Está fresca la yerba. La tomo por lecho, y por techo el intenso ramaje de los pinos.
Mi mente se escapa de mí, hace oídos sordos a los trinos peleones de los gorriones luchando cada cual por tomar el mejor acomodo para dormir. Se acuestan pronto los gorriones. Duermen en la hiedra que cubre la pared de la ventana. A veces, se chocan con el cristal.
Yo estoy en otra dimensión también rodeada de verde, pero esta dimensión no es mi casa, no es mi verde. Es un verde esperanza el que miro, un verde esperanza cargado de la adolescencia de aquél que se marchó.
Y en esta dimensión y en este verde, siento que él está a mi lado, que me habla y me cuenta lo que tantas veces pregunto y nadie me responde.
Entonces yo respiro tranquila y tengo la certeza de volver a verlo aunque no sepa cuando.
De nuevo se va.
El canto de los mirlos me trae de nuevo a la realidad. Debe haber pasado largo tiempo pues los mirlos son los últimos que se acuestan. Abro los ojos y ya casi anochece. Ahora siento frío. Al pronto no sé muy bien dónde me encuentro pero miro hacia la derecha y veo mi casa.
Despacio y serena me meto dentro. Junto a mí entra también un intenso olor a primavera.
(Oleo "Niñas en el Jardín", de José Miguel Román Francés)
“Cuando Marzo mayea, Mayo marcea”(refrándel Refranero Español)
Aquél año Marzo hacía honor al refrán y mayeaba. Aún a pesar de que tan sólo unos días habían caído perezosos de su calendario, Marzo se tomó al pié de la letra el dicho y se mostraba brillante y caluroso luciendo a gala una prematura primavera. Pululaban los abejorros por entre los capullos semiabiertos de las prímulas y se embadurnaban las patas del amarillo azafrán de sus pistilos.
Mi hermana y yo jugábamos en el corral, entre las malvas y entre las espigas, sentadas al pie del naranjo agrio.
El aire ya olía a incienso, a miel y a pestiños, a aceite refrito con cáscara de naranja amarga, a empanadillas de sidra y a torrijas de vino negro. Se acercaba la Semana Santa y ya Pepa andaba metida entre los fogones, los lebrillos de barro vidriado y las cacerolas de aluminio, ya abolladas por el uso y el tiempo, haciendo los dulces típicos de la fecha.
(Pepa, querida Pepa, maravillosa Pepa).
Un ligero viento traía hasta nuestros oídos el repiqueteo de tambores y las marchas de Semana Santa desde el Colegio Salesiano, dónde la banda de cornetas y tambores ensayaba. Se preparaban para las procesiones venideras.
Mi hermana y yo comíamos agritos amarillos. Chupábamos el tallo y nuestro paladar explotaba de sabor ácido y agrio. Estábamos felices.
De un momento a otro, Marzo, caprichoso Marzo, cambió de opinión y decidió arrebatar a Abril el agua de lluvia y acompañarla de su viento que mantenía escondido. Sopladopor él agresivamente, nubarrones negros comenzaron a acercarse desde el horizonte. Tuvo el atrevimiento de levantar las faldas de nuestros uniformes de colegialas y se dedicó a enredar aún más los rizos de nuestro pelo. A la voz de mi madre bajamos raudas las escaleras mientras el árbol de las trompetas blancas se doblaba en reverencia a nuestro paso, y las gruesas gotas de lluvia caían sobre nuestras cabezas y los truenos reverberaban en nuestros oídos. De nuevo encendió mi madre el bracero y nosotras y mi abuela nos sentamos a la mesa de camilla mientras pasaba la tormenta. Cayeron granizos que destrozaron las hojas de las aspidistras y los tallos de los miramelindos del patio, y la tormenta tal como vino se fue, mostrándose Marzo de nuevo con atisbos de Mayo.
Volvimos de nuevo al corral, que era el lugar de nuestros juegos, y quedamos boquiabiertas ante lo que se ofrecía a nuestra vista: la pared que separaba el corral de mi casa con el de la casa vecina se había caído y derruido por completo. Todo era una montaña de albero amarillo y arena, con el que en su día, mojado y prensado habián construído antiguamente la tapias. Aquello era una novedad para nosotras. Rápidamente comenzamos a saltar de montón en montón, a hacer hoyos, y canalillos para que el agua serpenteara por ellos a modo de río. Hicimos un puentecillo de ramitas del limonero para que lo atravesara y nos dedicamos a recoger conchas fósiles que estaban entre la arena y el albero. Mi madre nos dijo que esa arena la sacaban del río. Subió mi padre cuando llegó del trabajo a ver la catástrofe para él, y la novedosa atracción para nosotras. Orgullosa yo le enseñé las conchas y me dispuse a buscar más. Y así, cavando con las manos un poquito, saqué de entre el derrumbe un bote de cristal de pastillas aspirinas, sucio y enfangado. No tenía pastillas dentro pero si algo que no conseguía saber lo que era. Se lo mostré a mi padre y él lo abrió con la misma curiosidad que nosotras. Sacó de su interior un trozo de papel amarillento y se lo quedó mirando unos minutos. Luego mi padre rompió a llorar. Nunca había yo visto llorar a mi padre. Le pedí que me lo mostrara. Era un trozo de papel de estraza, de esos que se usaban (y se usan) en las tiendas de ultramarinos para envolver los comestibles. En él había escritas unas líneas a lápiz grueso, porque seguramente en el tiempo en que fueron escritas no existían los bolígrafos. La letra era tipo inglesa y no tenía faltas de ortografía. Decía así:
Frasco (Francisco) Abab era mi abuelo. Y en esa fecha mi padre no tenía ni pensamiento de nacer. Mi abuelo murió cuando yo tenía nueve meses así que prácticamente no lo conocí. Y sí, tuvo descendientes: un único hijo, mi padre, y dos nietas, mi hermana y yo.. Posteriormente tendría otra más, mi hermana Pilar, pero en este relato aún no había nacido.
Yo me abracé a mi padre y lloré con él. Lloré más por el sentimiento de pena y dolor que él me transmitía, que por las letras escritas por mi abuelo.
Permanecimos un rato abrazados. El viento, con olor a mojado, traía el sonido de la banda salesiana. Tocaban la marcha Amargura.
Despierto de repente y lo primero que reciben mis pupilas al abrirse mis ojos es una explosión de luz blanquecina y limpia que me impide ver el entorno. Los entrecierro y así, poco a poco, la visión se va acostumbrando a este nuevo estado, se hace cómplice del ambiente y los contornos del espacio que me rodean se van dibujando y van tomando forma hasta llegar a una nitidez totalmente clara.
No sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí, pero sí sé que mi presente está viviendo en un 9 de Febrero de 2008, que la temperatura a mi alrededor es de 24ºC, la humedad relativa del aire es del 46%, que la velocidad del viento es de 8 km./h y la presión de 1016.3 mb.
El sol ya brilla un poco bajo y el cielo, azul cristalino, está acompañado de nubes desparramadas aquí y allá a unos 3.000 metros de altura.
Una suave brisa con olor a mar revolotea mi pelo, un mar que intuyo distinto al “mío”. En mis labios, impregnados de un ligero sabor salado, queda presa una muda pregunta.
Me siento confundida. Miro a mí alrededor y veo que me encuentro en camino custodiado a ambos lados por el mar. Preciosos yates adormecen en la orilla izquierda. Al frente, un faro enclavado en lo alto de un cerro. Pienso que me encuentro ante “mi Faro” el faro natural con más altura del mundo, el Faro de Gibraltar, que considero mío a pesar de que me lo arrebataron los ingleses, más me detengo a observar detenidamente y compruebo (tal vez con un poco de decepción) que no es el Faro de Gibraltar, pero sí otro que se le asemeja mucho, tanto en altura como en el enclave.
Esto es lo que ven mis ojos:
Camino en dirección a él y aunque con trabajo, consigo llegar a la cima. Ante mí se muestra un mundo de belleza incomparable. Mi espíritu se ensancha y mi corazón late emocionado.
Siento que en este lugar el hombre esta totalmente aleado con la naturaleza y con su belleza, agradecido a ella, y tal vez a modo de mostrarle su agradecimiento forjan con sus manos unas obras que, sin yo saber como ni de qué manera se cuelan en mi mente de manera vertiginosa.
Y todavía aún dentro de los recovecos de mis más escondidos sentidos, tengo la certeza de que este lugar cuenta con vestigios de un pasado esplendoroso del que aún quedan vestigios a manera de recuerdos.
Aturdida regreso sobre mis pasos. Conforme voy realizando el descenso soy consciente de que sol me acompañaba descendiendo también. Lo miro a la cara y lo percibo dorado, ambarino, crepuscular, y soy consciente de que en esos momentos sus rayos bajos juegan con las playas. El me hace verlas aún sin que mis pies hayan tocado su suave y cálida arena. Yo, en mi humilde sinceridad se lo agradezco. A lo lejos se oye el graznar de las gaviotas volando a ras de las aguas.
Yo, en mi humilde sinceridad se lo agradezco. A lo lejos se oye el graznar de las gaviotas volando a ras de las aguas.
Por instantes me siento perdida. No sé hacia dónde ir ni que camino tomar.
Alas de algodón me transportan sin saber de qué manera. Encuentro una
cafetería en la calle Aquiles Sedán, esquina calle 21 de Marzo. Allí me
refresco con una fría copa de leche.
Anochece y un embrujo interno me hace salir. Como un imán la ciudad me atrae a lo más profundo de su corazón.
Mis ojos atónitos se recrean con el nombre de sus calles mientras me deslizo por ellas:
Carnaval, Mariano Escobedo, Benito Juárez, Belisario Domínguez, Campana, Leandro Valle… y tantas otras salidas de un pasado que aún palpita.
Sus callejones me transportan a otro mundo.
Ellas, sus plazuelas, sus Casonas, sus edificios, hacen que me mezcle entre su gente dulce y me alee con ellas.
Me doy de cara con el bello teatro Angela Peralta...
Y disfruto en sus portales de la música de Mozart que me ofrece la Cameratta
Una voz interna, lejana, me hace consciente del momento del regreso, pero no quiero hacerlo sin llevar conmigo algo de ese maravilloso lugar.
Sé que me alejo y la tristeza de la separación se apodera de mí.
Algo muy profundo me dice que tal vez, tan sólo tal vez, en otra etapa, en otra, vida, en otra dimensión, yo he vivido y he sido parte de ella.
Al meterme en la cama como cada noche, algo en la mesilla atrajo mi atención:
Sin pensármelo un instante lo colgué de mi cuello.
(Mi total agradecimiento a Google Hearth, cuyas alas me llevaron a conocer un lugar que ya siempre formará parte de mí.)