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El Puzzle

por diariodeunpasado @ Lunes, 21. Ene, 2008 - 21:07:30

" La niñez es la etapa en que todos los hombres son creadores." ( Juana de Ibarbourou.)

Me llamo Alberto, tengo 16 años y los ojos me lagrimean con un escozor a duras penas soportable. Llevo varias horas ante la pantalla del ordenador y ya comienzan a afectarme las radiaciones que emite, supuestamente de baja frecuencia, pero que realmente son molestas, así que  procedo a guardar y cerrar el puzzle japonés que estoy componiendo en mi PC y luego pulso inicio y apagar equipo. Al instante el ronroneo amortizado y molesto que emite la máquina se duerme y todo queda en un gratificante silencio. Levanto la persiana, descorro las cortinas y un vahído de aire pastoso y caliente se cuela por la ventana. Está cayendo la tarde de este verano infinito y el calor arrecia cada vez más fuerte.

Tengo sed y la garganta seca. Sorteo a grandes pasos los puzzles a medio terminar que reposan en el suelo de mi cuarto para bajar a la planta inferior a buscar un poco de agua fresca que me refresque la boca.  De paso y rápidamente, echo una ojeada a los ya terminados que cuelgan por las paredes y una oleada de orgullo hincha mi pecho. Allí reposan expuestos, entre otros,  la Catedral de San Basilio en la Plaza Roja de Moscú; el Castillo de Neuschwanstein (más conocido como el Castillo del Rey Loco) en Baviera; y un Mapamundi Histórico, de 8.000 piezas.

 

 Esta imagen que os muestro corresponde a la parte central del tríptico El Jardín de las Delicias, de Jerónimo Bosh (el Bosco);  y preside el sitio de honor de mi estancia, Es el último que compuse en cartón antes de pasar a trabajar mediante el ordenador. Consta de 12.000 piezas  y luce haciendo guardia al primero de mi vida: El Pato Donald disfrazado de Supermán, costruído en 15 piezas de madera, regalo de los Reyes Magos cuando sólo contaba 3 años.
Ya me gustaría poder mostrarlos todos, pero soy consciente que no hay suficiente espacio en está página.

Pues sí,  los puzzles son una pasión desde mi más tierna infancia, y tengo que reconocer que con el paso del tiempo se han convertido en todo un reto, un desafío que en determinados momentos consigue quitarme el sueño, aunque en realidad y si soy sincero aún pecando de vanidoso, mi proyecto más íntimo es construir uno que sea único en el mundo, diferente a todo lo conocido y que me haga sentir un verdadero artista en la materia.

Por supuesto que esto de los puzzles no es para mí  algo obsesivo como en más de una ocasión lo definen mis padres. “Manías de adolescente” lo describen ellos, pero para nada es así. Simple y llanamente yo considero este hobby como una superación personal, un triunfo por cada pieza acertada que coloco, un escalón más en mi autoestima.
Ellos por el contrario no comparten mi opinión, incluso me recriminan que tenga cerrada a cal y canto la puerta de mi sala para que mis hermanas, gemelas y pequeñas, se mantengan alejadas de ella.
Debido a esta falta de incomprensión por su parte, me he visto obligado a mantener en secreto mi último proyecto en puzzles. Ya se sabe como son y piensan los padres. Creen que los adolescentes nos sentimos incomprendidos y rebeldes, cuando son ellos los que carecen de la capacidad de comprendernos. Cosas de adultos, digo yo.

En la planta de abajo reina un silencio sepulcral tan sólo interrumpido por el zumbido de la refrigeración. Maldito verano que deja a la vida dormida y laxa, sin clases, sin partidos de futbol y sin libertar para salir a plena luz del día cuando el sol convierte todo lo que toca en pura candela.

Busco la botella de agua fresca en el refrigerador y al abrir la puerta un halo de luz blanquecina y metálica  se cuela por la estancia. Así puedo comprobar que el orden domina por todos lados. Mi madre es muy ordenada y perfeccionista. Nunca en casa ha reinado el caos del desorden, por eso, cuando entra en mi cuarto y ve tanta pieza por el suelo y las cajas de los puzzles apiladas y amontonadas de cualquier forma, pone el grito en el cielo y me reprende duramente. Luego en la noche, cuando mi padre regresa del trabajo, le cuenta la historia. Para abochornarme, creo yo. De ahí a la acostumbrada y descomunal bronca es todo un abrir y cerrar de ojos. Me amenazan con tirarme todo a la basura, con internarme en un colegio extranjero (es lo que tienen los padres de la clase media-alta con gran poder adquisitivo, que se piensan que con el dinero lo pueden conseguir todo), para que deje de una vez “esa maldita adicción” y vuelva a retomar los libros y los estudios como parece que debe ser. Y para poner la guinda final mis hermanas hacen a coro sus burlas contra mí.

En estos momentos como no están, puedo hacer y deshacer a mi antojo, así que después de dejar que el agua fría baje por mi garganta y refresque mi tráquea y mi esófago, me dirijo hacía el sótano donde mantengo guardado mi “tesoro”.

El sótano, lugar tenebroso y lúgubre hasta dónde soy capaz de recordar volviendo agtrás en el tiempo. Lugar en el que me amenazaban con encerrarme si me portaba mal. En el sótano viven los seres oscuros – decía mi madre – monstruos de las tinieblas que se alimentan de la carne de los niños malos. Y aunque la verdad es que nunca llegaron a encerrarme allí, cierto temor y respeto me daba pasar ante aquella puerta. Lo mismo que ahora, pero ahora ya soy capaz de superarlo. Aún así mis movimientos son rápidos para terminar cuanto antes con mi misión.

Tengo que reconocer que abro la puerta un poco temeroso pero decidido. Enciendo la luz y a pasos agigantados bajo los 8 escalones. Llego hasta el arcón congelador y saco de una en una las cajas de madera que allí tengo escondidas.
Con más rapidez aún las dejo en la cocina y vuelvo a cerrar la puerta del sótano. Adios al sótano por ahora.  Respiro profundamente para relajarme, y ya tranquilamente, las subo a mi estancia.
Allí, poniendo el máximo cuidado, las abro y saco las piezas de mi nuevo puzzle, mi nuevo reto, mi secreto.

Una a una las voy colocando en fila india para proceder luego a su montaje. Lo bueno de este puzzle es que se pueden hacer mil y una combinaciones, es decir, lo puedo montar con su diseño original o bien dejar volar la imaginación y componer formas distintas. Ayer por fin conseguí terminarlo en su forma primitiva. Hoy el reto es hacer transformaciones.

Así improvisando, tomo el pie seccionado de una de mis hermanas y lo anexo a la pantorrilla cortada a la altura de la espinilla de mi padre. Añado el antebrazo de mi madre y el tronco de mi otra hermana.
Por cabeza pongo una mano de mi progenitor, y los pechos de mi madre hacen la función de orejas. Dudo que genitales le irán mejor, si alguno impúber de mis hermanas o tal vez el miembro diminuto y encogido de mi padre. Me río ante la apariencia del montaje porque así a primera vista se asemeja un poco al monstruo que creó el doctor Frankestein. Tal vez quedaría mejor si colocase los ombligos a modo de ojos y colocara los ojos a modo de cresta. Será cuestión de estudiarlo. Y de rapidez. Con este calor los trozos se descongelan pronto y las moscas se cuelan en tropel por la ventana buscando carnaza, así que tengo que darme prisa antes de devolverlo todo nuevamente al congelador.

Ya he dicho que con este nuevo puzzle se pueden hacer mil y una combinaciones. Yo sueño con conseguir una que sea totalmente distinta a todo lo conocido, pero de momento no me doy prisa por llegar a esa meta a pesar de que esté deseando comprobar de lo que es capaz mi imaginación. Y no es porque no lo desee sino porque cuando lo consiga me quedaré sin material, y entonces tendré que procurarme material nuevo.

Y creedme, estas piezas son difíciles y arriesgadas de conseguir.

 

¿Sabéis una cosa? Me da verdadera pena que ni mis padres ni mis hermanas puedan ver mi obra cuando esté terminada.


 
 

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