El vacío la llenó por completo.
Ella, que había resurgido de las cenizas que mantenían encerrado su corazón, que vio la vida con una luz nueva, que sintió como se llenaba su vida, ahora tan sólo sentía vacío.
Vacío, dudas y culpabilidad.
Vacío porque la presencia que se había convertido en su sombra ya no la acompañaba. Dudas porque le faltaba la certeza de haber dado el paso acertado, y culpabilidad porque en lo más hondo se sentía responsable de poner el punto y final.
Sentía un acusante deseo de gritar ¡Perdóname!
Y en lo más hondo ella se preguntaba si él sería capaz de perdonarla.
Le hablo al puente de Triana
A la corriente y al río
Estoy májara perdío
Abro y cierro las ventanas
Y en el calor siento frío.
Voy sin rumbo en la mañana
Y en la noche me extravío
Yo no sé quién he sío
O si quise a una serrana
Por la que perdí el sentío.
Perdónala, Dios Mío perdónala
Que ella también ha sufrío
Y en mi locura te pido
¡Dios Mío perdónala!
Tengo el corazón forjao
A golpe de sufrimiento
Y por eso como el viento
De igual modo estoy calmao
Como me vuelvo violento.
Yo no se que me ha pasao
Pa sentir lo que yo siento
Pero en el mismo momento
En que estuve enamorao
Se me nublo el pensamiento.
Perdónala, Dios Mío perdónala
Que ella también ha sufrío
Y en mi locura te pido
¡Dios Mío perdónala!
¿Acaso es necesario perdonar y sentirse perdonado en el amor, cuando no existen hechos justificables para hacerlo?












