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Humillante Mudanza

por diariodeunpasado @ Domingo, 04. Nov, 2007 - 10:27:44

Cuando ese amanecer Herminia despertó lo primero que se le vino a la mente es que el día que tenía por delante era el programado para la mudanza. Se sintió un poco intranquila y no es que eso le fuera a causar a ella un trauma, no, pero le daba como un poco de nerviosismo el cambio. Bueno, un poco no, “un mucho”. Para ser sincera no había podido dormir en toda la noche. Ella, que disfrutaba la nocturnidad en lo más hondo, se sintió molesta por el aleteo de la lechuza que cada madrugada se paseaba sobre sus árboles, y despreció el canto de los grillos que llenaban la oscuridad de las sombras. Esa noche le molestaba cualquier cosa, ante el solo pensamiento de lo que ocurriría al día siguiente.
Herminia llevaba ya muchos años habitando un humilde habitáculo de escasas dimensiones, dónde dejaba pasar lánguidamente los minutos, las horas, los días… en fin el tiempo, aunque en realidad el tiempo quedó parado para ella hacía ya mucho, tanto que ni se acordaba. No era espaciosa pero suficiente para ella, que puesto que estaba sola, no necesitaba más. Bastantes años que llevaba allí con sus pocas pertenencias que la hacían atarse al pasado: su alianza de matrimonio, su collar de perlas, sus pendientes de azabache que le regalara su amado esposo cuando aún eran novios, y una tarjeta postal de un aniversario que conservaba casi siempre entre sus manos. Esos eran para ella sus tesoros, que lo demás no tenía demasiada importancia para esta vida que llevaba.
Herminia no tenía hijos, así que el que la visitaba asiduamente era su sobrino nieto Germán. Los demás familiares parecía que se habían olvidado de ella.
Germán, en sus visitas, la hacía partícipe de sus vivencias, le hablaba de sus problemas e inquietudes y a veces le pedía consejo. Ella se lo agradecía sobremanera. Además él solía correr con todos los gastos del arrendamiento porque ella no disponía ni de una mísera paga de vejez.
Su hogar, a pesar de ser diminuto, era muy soleado porque ocupaba el piso cuarto. Además gozaba de unos preciosos jardines llenos de flores y perfumados de rosas.
Nada más instalarse, y paseando por ellos bajo el sol de la mañana conoció a sus nuevos vecinos: Elvira, que era la más antigua de todos en habitar esa zona, Gabriel, el del bajo, que siempre se quejaba de la humedad, Edelmira, una de las últimas inquilinas, y Andrés, el chico que con sólo 16 años había decidido independizarse de todo… Así rodeada, Herminia ya no se sentía tan sola y los paseos matutinos siempre los hacía acompañados por ellos, que con el tiempo, habían pasado a ser como de su familia.
Un día en su visita, Germán le dio la (triste) noticia de que debían de trasladarla de vivienda. El contrato de alquiler había vencido y al renovarlo la cuota se incrementaba en una cantidad considerable que él no podía pagar, Le contó el motivo de que la economía estaba muy mala, que ella debía comprender que el tenía que mantener a su familia y que lo mejor que podían hacer era llevarla a vivir en comunidad con gente como ella, y que resultaría totalmente gratis, que de eso se encargaba la administración. así que si ella no tenía inconveniente (por supuesto que lo tenía, pero ya se guardaría mucho de decirlo), le había buscado un lugar algo más reducido en la misma zona, pero suficiente para que se encontrara cómoda. Y claro, ella accedió. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Y ese día había llegado. Sumergida en sus pensamientos estaba cuando oyó los primeros golpes. Sabía que era la hora.
Ni siquiera intentó incorporarse sabedora como era de lo que vendría a continuación.
Tiraron de su lecho y la sacaron fuera. Hombres con guantes de látex partieron sus huesos por las articulaciones y los depositaron en una bolsa de plástico similar a la de las basuras comunitarias. Luego separaron su cabeza de las vértebras cervicales y la volcaron también en el saco. Por último metieron los negros jirones de lo que quedaba de su vestido.
(¿Qué hacemos con ésto?)
(Tíralo al contenedor de basura de la esquina.)
Y allí quedaron tirados de cualquier manera los pendientes, las perlas, el anillo y la foto enmarcada y ennegrecida.
Luego cargaron el saco y lo volcaron en una fosa común. Los huesos de Herminia se mezclaron con otros huesos ya mohosos y cubiertos de tierra y podredumbre. Muchos había, no sabría decir ella cuantos. Restos de los que un día fueron personas y que ahora aparecían despojadas de su carne. Seres cuyo recuerdo se había perdido a través de las generaciones, y vivían en el olvido del tiempo pasado, tal y cómo en determinado momento ocurriría con ella.
Se resignó a su suerte y pensó que ahora esos serían sus nuevos vecinos. Sabía que la vida consistía en eso y se dejó llevar.
Después oyó como una gruesa losa tapaba la fosa.

En el contenedor, la imagen de la fotografía lloraba.


 
 

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