
Se puso sus mejores galas de arlequín y se cubrió el rostro con una máscara veneciana de polvos dorados que simulaba una mueca inexpresiva y vacía. Se acercó a la ventana y miró a la luna que lucía rodeada de un halo neblinoso. Supo entonces que al día siguiente habría lluvia.
Luego se dirigió a su cama y se metió en ella. Cama de barrotes dorados con gruesas bolas en las esquinas. Sábanas de hilo oliendo a espliego y a agua del arroyo.
Se llevó consigo todos los soldaditos de plomo con los que jugaba en su infancia, las cerbatanas hechas con cañas recogidas a la orilla del río, las pistolas simulando a las de las novelas de Marcial Lafuente y el tren de cajas de cerilla que le fabricó su abuelo encadenando los vagones con el hilo de La Dalia que usaba su abuela para hacer punto de cruz.
A lo lejos le pareció oir el graznar de los patos entre los puros de eneas y el aullar de los perros callejeros.
Apagó la luz y notó como la cama se elevaba y se escapaba del cuarto. El se sintió tranquilo. Como en un murmullo escuchó la voz de su abuela llamándolo para la cena a través del tiempo. Su abuela, más madre que abuela, más dulce que el azúcar y siempre con el Sagrado Corazón en la mesilla de noche.
Quiso irse con ella. Ella sabía, siempre lo supo.
Se elevó hacia las estrellas sabiendo que ella lo aguardaba. Resplandores de plata cegaron sus ojos y el vacío en derredor lo hizo ingrávido.
Entonces se quitó la ropa de arlequín y se deshizo de la máscara.
Desnudo y con los rizos negros cayendo sobre su frente se sintió verdaderamente él.
Y se sintió feliz y liberado.
Entonces decidió no volver jamás.












