Ya no se moverán más las manecillas del reloj para El Relojes. El Relojes se fue de este mundo tan desapercibidamente como llegó. Fue una madrugada de mediados de otoño cuando la temperatura tiene aún ese tinte cálido del verano y el negro techo de las madrugadas aparecen salpicado de jazmines de plata. Ese anochecer la enfermera de turno lo aseó como cada día, le puso un pañal limpio y lo acostó y lo arropó.
- Besito - dijo El Relojes - Nene besito, Nene reloj.
Y la enfermera le besó la frente y le puso el reloj entre las manos. Y así se durmió El Relojes para no despertar jamás. Tenía 45 años y padecía una oligofrenia intrauterina incluída en el grupo “difícilmente recuperable”, que le otorgaba el regalo de poder balbucear palabras torpemente y desplazarse por sí mismo, apoyado siempre en un andador, y le negaba la capacidad para controlar sus necesidades, comer por sí solo y valerse para cualquier actividad propia de una persona normal. La capacidad mental de El Relojes no superaba la de un niño de pocos meses.
Nadie recuerda cuando ni como llegó El Relojes al Hospital Psiquátrico. Ese día se pierde en la maraña del tiempo. Tan sólo se sabe que era un niño de pocos años y desde entonces el personal del Hospital pasó a ser su familia.
Le decían El Relojes porque desde siempre sintió un afán desorbitado por ellos. De las pocas palabras que solía usar, “reloj” era la que con más facilidad salía de su boca. A todos los médicos, enfermeras y cuidadoras pedía continuamente un reloj. Y ellos se los traían. Tenía el cajón de la mesilla de noche lleno de ellos: unos viejos y ajados por el tiempo, otros con las manecillas varadas vete tú a saber en qué playa, otros sin la correa… pero todos, todos, eran dignos de su admiración. A veces lo sorprendían sujeto con una mano al andador y con la otra sosteniendo un reloj al que miraba insistentemente. Quién sabe lo que pasaba entonces por la mente de El Relojes. Puede que nada y puede que mucho, que la ciencia no alcanza aún a descifrar misterios tan retorcidos. Cuando le preguntaban que qué hacía escondía inmediatamente el reloj y balbuceaba “Tito Maco beno” (Tito Marcos Bueno).
Las enfermeras le tenía cariño, y aunque para todos era El Relojes, cuando entre ellas se referían a él le llamaban “El Niño”, porque para ellas era como un niño bueno en comparación con los otros dementes a los que tenía que cuidar.
Al Relojes le gustaba que lo bañaran con el agua muy caliente, que lo peinaran con suavidad y que le pusieran en la cara agua de colonia. Entonces solía regalar una grotesca mueca que en realidad era una cariñosa sonrisa. Parecía entonces que era feliz.
No tenía padres ni hermanos, o al menos no se sabía.
Casi nunca recibía visitas familiares. Tan solo muy de tarde en tarde, (años), pasaba a visitarlo su tío Marcos, que le traía golosinas y desde luego un reloj. El Relojes lloraba cuando tu tío se marchaba. Se quedaba mirando el reloj mientras lágrimas rodaban por su cara. Lloraba en silencio. Tan sólo él sabía de su dolor, y aunque era incapaz de comprender, tampoco, de haber podido, habría comprendido el porqué la naturaleza lo creó de esa forma, porque a él no le dio la oportunidad que le otorga a otros, y porqué no tenía padres que se ocuparan de él.
Aunque todo tiene un porqué, en demasiadas ocasiones la naturaleza es muy injusta, ensañándose cruelmente con seres inocentes, que pasan por la vida como una sombra borrosa de lo que podían haber sido.
Esa noche El Relojes dejó de respirar y dejó también de sufrir. Se deshizo de todas las ataduras terrenales que lo habían mantenido preso desde su nacimiento. Dejó en el psiquiátrico su sufrimiento y su dolor, su incapacidad, su soledad… y sus relojes.












