Se iba el verano y quería llevarse con él al sol.
Fue un atardecer, agonizando ya el estío, cuando miré a lo alto y me encontré con un sol totalmente opacado por el tul blanquecino de suaves nubes que lo enturviaban. Las chicharras olvidaron su canto y el viento de levante silenció su amedrantador ulular.
Yo sentí frío en mi alma y escalofríos en mi pensamiento, porque una vez más la estación de la luz por excelencia, languidecía.
Una nueva vuelta a la tuerca de mi vida. Momentos ya vividos que quedarían por siempre en el carrusel de mis recuerdos. Sensaciones ya marchitas que jamás recobrarían el énfasis con el que fueron vividas.
Y quise ser compañera del sol y perderme con él entre la bruma de las nubes, ser parte de él y dejarme llevar por esa rueda imaginaria del tiempo.
Sin embargo me quedé allí quieta, contemplando el mar, que a lo lejos que se mostraba gris plomo y sin oleaje, observando el vuelo de la tórtola buscando donde cobijarse, oliendo a sal y a algas en la distancia.
Fui más consciente que nunca de cómo todo cambia tan sutilmente.
Y se hizo en mí patente la certeza de que ya no soy lo que fui, ni tampoco lo que seré.












