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Archivos de: Octubre 2007

Lo Perdido

por diariodeunpasado @ Domingo, 28. Oct, 2007 - 08:34:42

He despertado con la sensación de haber perdido algo. Siempre he ido perdiendo cosas a lo largo de mi vida, cosas tanto materiales como inmateriales, y cada pérdida me ha dejado un hueco en el alma, un hueco irrellenable, puesto que lo tengo ahí, reservado por si alguna vez (ilusa de mí), lo que he perdido vuelve.
Me duelen mucho las pérdidas. Una pérdida para mí es un desconsuelo momentáneo que se vuelve desgarrador con el tiempo y que me oprime las entrañas cada vez que lo recuerdo.
De pequeña lloraba si perdía algún juguete, algún objeto apreciado, pero mi llanto era aún mayor si lo que perdía era la partida hacia otro lugar de alguna amiga, o la ausencia de una prima a la que no dejaban dormir en casa, e incluso alguna profesora a la que trasladaban. Ahí comencé a comprender que las cosas que más duele perder son las intangibles, las que no se ven pero que se sienten desde lo más hondo.
He perdido muchas cosas a lo largo del tiempo. He perdido seres queridos, amistades únicas, situaciones de ensueño, ilusiones que se han roto a golpes de desengaños… Y también te perdí a ti, porque así tuvo que ser, porque así lo quise.
Tal vez por eso hoy amanecí con la fuerte sensación de haber perdido algo, porque soñé contigo, y en mis sueños, siempre apareces intentando colarte en el hueco que tienes guardado en mi corazón.


Dices que llevas un tiempo dándole vueltas,
Que no encuentras motivos para continuar,
No sabes si yo soy el mismo o he cambiado,
Y la cuestión es que te vas.

Te perdí,
Y no super tu necesidad, tus ganas de huir, de echar a volar
La vida es así
Y así te perdí.

No te quedan excusas a las que agarrarte,
Antes era suficiente con mi voz
Podemos ser amigos, es tu última oferta,
Son las migajas de tu amor.

Te perdí
Y no super tu necesidad, tus ganas de huir, de echar a volar
La vida es así
Y así te perdí.


 
 

Su Real Desnudez

por diariodeunpasado @ Miércoles, 24. Oct, 2007 - 21:13:16

Se puso sus mejores galas de arlequín y se cubrió el rostro con una máscara veneciana de polvos dorados que simulaba una mueca inexpresiva y vacía. Se acercó a la ventana y miró a la luna que lucía rodeada de un halo neblinoso. Supo entonces que al día siguiente habría lluvia.
Luego se dirigió a su cama y se metió en ella. Cama de barrotes dorados con gruesas bolas en las esquinas. Sábanas de hilo oliendo a espliego y a agua del arroyo.
Se llevó consigo todos los soldaditos de plomo con los que jugaba en su infancia, las cerbatanas hechas con cañas recogidas a la orilla del río, las pistolas simulando a las de las novelas de Marcial Lafuente y el tren de cajas de cerilla que le fabricó su abuelo encadenando los vagones con el hilo de La Dalia que usaba su abuela para hacer punto de cruz.
A lo lejos le pareció oir el graznar de los patos entre los puros de eneas y el aullar de los perros callejeros.
Apagó la luz y notó como la cama se elevaba y se escapaba del cuarto. El se sintió tranquilo. Como en un murmullo escuchó la voz de su abuela llamándolo para la cena a través del tiempo. Su abuela, más madre que abuela, más dulce que el azúcar y siempre con el Sagrado Corazón en la mesilla de noche.
Quiso irse con ella. Ella sabía, siempre lo supo.
Se elevó hacia las estrellas sabiendo que ella lo aguardaba. Resplandores de plata cegaron sus ojos y el vacío en derredor lo hizo ingrávido.
Entonces se quitó la ropa de arlequín y se deshizo de la máscara.
Desnudo y con los rizos negros cayendo sobre su frente se sintió verdaderamente él.
Y se sintió feliz y liberado.
Entonces decidió no volver jamás.

El Relojes

por diariodeunpasado @ Sábado, 13. Oct, 2007 - 20:23:03


Ya no se moverán más las manecillas del reloj para El Relojes. El Relojes se fue de este mundo tan desapercibidamente como llegó. Fue una madrugada de mediados de otoño cuando la temperatura tiene aún ese tinte cálido del verano y el negro techo de las madrugadas aparecen salpicado de jazmines de plata. Ese anochecer la enfermera de turno lo aseó como cada día, le puso un pañal limpio y lo acostó y lo arropó.
- Besito - dijo El Relojes - Nene besito, Nene reloj.
Y la enfermera le besó la frente y le puso el reloj entre las manos. Y así se durmió El Relojes para no despertar jamás. Tenía 45 años y padecía una oligofrenia intrauterina incluída en el grupo “difícilmente recuperable”, que le otorgaba el regalo de poder balbucear palabras torpemente y desplazarse por sí mismo, apoyado siempre en un andador, y le negaba la capacidad para controlar sus necesidades, comer por sí solo y valerse para cualquier actividad propia de una persona normal. La capacidad mental de El Relojes no superaba la de un niño de pocos meses.
Nadie recuerda cuando ni como llegó El Relojes al Hospital Psiquátrico. Ese día se pierde en la maraña del tiempo. Tan sólo se sabe que era un niño de pocos años y desde entonces el personal del Hospital pasó a ser su familia.
Le decían El Relojes porque desde siempre sintió un afán desorbitado por ellos. De las pocas palabras que solía usar, “reloj” era la que con más facilidad salía de su boca. A todos los médicos, enfermeras y cuidadoras pedía continuamente un reloj. Y ellos se los traían. Tenía el cajón de la mesilla de noche lleno de ellos: unos viejos y ajados por el tiempo, otros con las manecillas varadas vete tú a saber en qué playa, otros sin la correa… pero todos, todos, eran dignos de su admiración. A veces lo sorprendían sujeto con una mano al andador y con la otra sosteniendo un reloj al que miraba insistentemente. Quién sabe lo que pasaba entonces por la mente de El Relojes. Puede que nada y puede que mucho, que la ciencia no alcanza aún a descifrar misterios tan retorcidos. Cuando le preguntaban que qué hacía escondía inmediatamente el reloj y balbuceaba “Tito Maco beno” (Tito Marcos Bueno).
Las enfermeras le tenía cariño, y aunque para todos era El Relojes, cuando entre ellas se referían a él le llamaban “El Niño”, porque para ellas era como un niño bueno en comparación con los otros dementes a los que tenía que cuidar.
Al Relojes le gustaba que lo bañaran con el agua muy caliente, que lo peinaran con suavidad y que le pusieran en la cara agua de colonia. Entonces solía regalar una grotesca mueca que en realidad era una cariñosa sonrisa. Parecía entonces que era feliz.
No tenía padres ni hermanos, o al menos no se sabía.
Casi nunca recibía visitas familiares. Tan solo muy de tarde en tarde, (años), pasaba a visitarlo su tío Marcos, que le traía golosinas y desde luego un reloj. El Relojes lloraba cuando tu tío se marchaba. Se quedaba mirando el reloj mientras lágrimas rodaban por su cara. Lloraba en silencio. Tan sólo él sabía de su dolor, y aunque era incapaz de comprender, tampoco, de haber podido, habría comprendido el porqué la naturaleza lo creó de esa forma, porque a él no le dio la oportunidad que le otorga a otros, y porqué no tenía padres que se ocuparan de él.

Aunque todo tiene un porqué, en demasiadas ocasiones la naturaleza es muy injusta, ensañándose cruelmente con seres inocentes, que pasan por la vida como una sombra borrosa de lo que podían haber sido.

Esa noche El Relojes dejó de respirar y dejó también de sufrir. Se deshizo de todas las ataduras terrenales que lo habían mantenido preso desde su nacimiento. Dejó en el psiquiátrico su sufrimiento y su dolor, su incapacidad, su soledad… y sus relojes.


Una Tarde

por diariodeunpasado @ Martes, 09. Oct, 2007 - 06:57:53





Se iba el verano y quería llevarse con él al sol.
Fue un atardecer, agonizando ya el estío, cuando miré a lo alto y me encontré con un sol totalmente opacado por el tul blanquecino de suaves nubes que lo enturviaban. Las chicharras olvidaron su canto y el viento de levante silenció su amedrantador ulular.
Yo sentí frío en mi alma y escalofríos en mi pensamiento, porque una vez más la estación de la luz por excelencia, languidecía.
Una nueva vuelta a la tuerca de mi vida. Momentos ya vividos que quedarían por siempre en el carrusel de mis recuerdos. Sensaciones ya marchitas que jamás recobrarían el énfasis con el que fueron vividas.
Y quise ser compañera del sol y perderme con él entre la bruma de las nubes, ser parte de él y dejarme llevar por esa rueda imaginaria del tiempo.
Sin embargo me quedé allí quieta, contemplando el mar, que a lo lejos que se mostraba gris plomo y sin oleaje, observando el vuelo de la tórtola buscando donde cobijarse, oliendo a sal y a algas en la distancia.



Fui más consciente que nunca de cómo todo cambia tan sutilmente.

Y se hizo en mí patente la certeza de que ya no soy lo que fui, ni tampoco lo que seré.

Rabia

por diariodeunpasado @ Miércoles, 03. Oct, 2007 - 19:48:33

ALCALA DE GUADAIRA

Mi Ciudad
Mis Calles
Mi Gente
Mi Rabia
Mi Impotencia
Mi Pena
Mi Dolor







Y mis lágrimas por las vidas que se llevó el agua, vecinas, paisanas, buenas personas. Inocentes.

pd: Estos videos pueden considerarse laigh con la cruda realidad vivida.