
Yo sé que te está doliendo una pena. La vida, que a veces no entiende de sentimientos ni de compasiones, ha abierto ante ti senderos dolorosos y la disyuntiva de cual de ellos es el más apropiado para que no sufráis ni tú, ni aquél que tanto necesita ahora de tí.
Por eso te duele una pena.
Y yo siento la necesidad de estar en estos momentos a tu lado. Poca cosa, ya ves, que seguramente para nada conseguiría aliviar tu dolor. Pero así lo siento.
Sin embargo, y como ya te he dicho que la vida a veces no entiende de sentimientos ni de compasiones, cometió la torpeza de colocarnos en lugares largamente distantes entre las dos.
A ti allí dónde el verde bosque se vuelve denso y umbrío, dónde las Xanas se bañan escondidas en las cristalinas aguas bajo la luna, y el Cuélebres habita en la oscuridad de su cueva, dónde el corazón blanco de la nieve llega a derretirse ante el calor y la candidez de tu alma.
A mí, aquí, tierra de albero amarillo, de sol inmisericorde en las tardes de verano,
de olivos en tierras secas y naranjos cubiertos de azahar los anocheceres de abril.
Ya ves que injusticia cuando yo desearía acompañarte, animar tu alma encrucijada e intentar que vuele como las cometas de los chiquillos en la playa, como siempre ha volado.
Es muy poco lo que puedo ofrecerte, más aún en la distancia, sin embargo quiero que sepas que a mí me duele tu pena, y que yo no creo en Nada, pero de mis labios sale un suspiro de deseo de que todo se solucione.
Ni siquiera nos conocemos, pero te siento mi amiga.












