Ella todas las noches deja la luz de la mesilla encendida. No le gusta dormir con la luz apagada porque no le gusta la oscuridad. Nunca le ha gustado. Ya desde pequeña instaba a su madre a que no la dejara a oscuras para dormir. Nunca dormía a oscuras. Ahora tampoco lo hace. Duerme toda la noche con la luz encendida. Toda la noche excepto, y al igual que antaño, esos minutos (interminables minutos entre las 2:10 y las 2:15) en que se apaga sin que ella sepa el motivo.
Y en la oscuridad lo siente aproximarse, acercarse a ella y sentarse a su lado. Ella no lo conoce, nunca lo ha visto porque nunca abre los ojos, pero si sabe de su olor. Olor a humedad corrompida y a vapores añejos.
Comienza a temblar y el sudor del miedo empapa su cuerpo.
Quiere hacerse pequeña, enroscarse sobre sí misma y volverse invisible. Aprieta aún más los ojos y se tapa los oídos para no escuchar la estertórea respiración, esperando, como cada noche, el momento en que unas manos gélidas comiencen a acariciarla en lo más profundo de su cuerpo.
Y se queda así quieta, contando los segundos, los minutos que faltan para que vuelva a encenderse de nuevo la luz, soportando humillantemente el aliento infecto junto a su rostro.
Todo está en silencio, tan sólo llenan la estancia la agitada respiración y el castañear de sus dientes.
Como un flash la luz se enciende de repente y ella abre los ojos. Nada. Nadie.
Entonces ella se relaja y se vuelve a dormir.
Y duerme con la esperanza de que la noche siguiente también vuelva, aunque sabe que siempre vuelve.
Porque él sabe que ella lo necesita.












