Viernes 24 de Agosto de 2007, 7:35 a.m.
Agosto languidece se apaga como una lamparilla carente de aceite.
Agosto se ha tornado gris y nebuloso. Presagia lluvia. Huele a lluvia, a tierra mojada, a humedad, a otoño temprano.
Me salgo fuera a escribir mientras contemplo este amanecer que llega cargado de la electricidad de la tormenta.
Aún no es de día y ya se adivinan entre la oscuridad nubarrones negros ahítos de húmedas gotas prontas a derramarse.
Sopla el viento que que vuela bajo, a ras del suelo, arrastrando hojas y barriendo mis piernas. Me sopla en el pelo y me susurra un murmullo incomprensible en mis oídos.
Balancea al ciprés que en su balanceo tal y parece que le hace una reverencia a la falsa pimienta que crece a su lado. Es bello su baile. Cuanta majestuosidad esconde.
Agosto, caballero del estío más tórrido, se desmadeja entre jirones de nubes oscuras y sombras a destiempo.
Agosto se deshace, se resquebraja, se rompe en un tiempo que no le corresponde.
Agosto se muere.












