
Por las serpenteantes callejuelas de mi mente, por los escondidos rincones de mi razón, llegas a mí.
Te cuelas lento y cauteloso, sin pedir permiso, sin llamar, sin que yo pueda poner ningún impedimento.
Oscuridad que se abre ante el soplo de mi aliento del que también te haces dueño, como entonces, como antes.
Regresas desprendiendo una aureola de sensaciones nunca olvidadas, refulgiendo como el oro del tesoro escondido en lo más profundo, trayendo contigo olor a zelindas y a romero.
Vuelves con esa luz en tu mirada, a veces musgo a veces ámbar, reflejándola en el caramelo de mis ojos.
Vuelves, horizonte inalcanzable, murmullos silenciosos, palabras calladas, besos imaginados, deseos reprimidos, amor sin consumir.
Pero vuelves a cada pálpito, a cada suspiro, a cada latido de mi corazón.
Porque estás en mí.












