Búsqueda blog.com.es

Archivos de: Agosto 2007

La Luz

por diariodeunpasado @ Miércoles, 29. Ago, 2007 - 21:03:04

Ella todas las noches deja la luz de la mesilla encendida. No le gusta dormir con la luz apagada porque no le gusta la oscuridad. Nunca le ha gustado. Ya desde pequeña instaba a su madre a que no la dejara a oscuras para dormir. Nunca dormía a oscuras. Ahora tampoco lo hace. Duerme toda la noche con la luz encendida. Toda la noche excepto, y al igual que antaño, esos minutos (interminables minutos entre las 2:10 y las 2:15) en que se apaga sin que ella sepa el motivo.

Y en la oscuridad lo siente aproximarse, acercarse a ella y sentarse a su lado. Ella no lo conoce, nunca lo ha visto porque nunca abre los ojos, pero si sabe de su olor. Olor a humedad corrompida y a vapores añejos.
Comienza a temblar y el sudor del miedo empapa su cuerpo.
Quiere hacerse pequeña, enroscarse sobre sí misma y volverse invisible. Aprieta aún más los ojos y se tapa los oídos para no escuchar la estertórea respiración, esperando, como cada noche, el momento en que unas manos gélidas comiencen a acariciarla en lo más profundo de su cuerpo.

Y se queda así quieta, contando los segundos, los minutos que faltan para que vuelva a encenderse de nuevo la luz, soportando humillantemente el aliento infecto junto a su rostro.
Todo está en silencio, tan sólo llenan la estancia la agitada respiración y el castañear de sus dientes.

Como un flash la luz se enciende de repente y ella abre los ojos. Nada. Nadie.

Entonces ella se relaja y se vuelve a dormir.

Y duerme con la esperanza de que la noche siguiente también vuelva, aunque sabe que siempre vuelve.

Porque él sabe que ella lo necesita.


 
 

Agosto Languidece

por diariodeunpasado @ Sábado, 25. Ago, 2007 - 20:02:51


Viernes 24  de Agosto de 2007, 7:35 a.m.

 

Agosto languidece se apaga como una lamparilla carente de aceite.

Agosto se ha tornado gris y nebuloso. Presagia lluvia. Huele a lluvia, a tierra mojada, a humedad, a otoño temprano.

Me salgo fuera a escribir mientras contemplo este amanecer que llega cargado de la electricidad de la tormenta.

Aún no es de día y ya se adivinan entre la oscuridad  nubarrones negros ahítos de húmedas gotas prontas a derramarse.

Sopla el viento que que vuela bajo, a ras del suelo, arrastrando hojas y barriendo mis piernas. Me sopla en el pelo y me susurra un murmullo incomprensible en mis oídos.

Balancea al ciprés que en su balanceo tal y parece que le hace una reverencia a la falsa pimienta que crece a su lado. Es bello su baile. Cuanta majestuosidad esconde.

Agosto, caballero del estío más tórrido, se desmadeja entre jirones de nubes oscuras y sombras a destiempo.

Agosto se deshace, se resquebraja, se rompe en un tiempo que no le corresponde.

Agosto se muere.

Cuéntame

por diariodeunpasado @ Viernes, 24. Ago, 2007 - 20:46:22

Sevilla De Noche


¿Quién no ha querido alguna vez que le cuenten lo que desea escuchar en una noche mágica? Yo al menos sí.



Cuéntame - Romero Sanjuán



Cuéntame,
Cómo te va la vida ahora,
Si me recuerdas o me añoras.
Cuéntame.

Cuéntame,
De aquél atardecer del río,
De aquellos besos tuyos y míos,
Cuéntame.

Cuéntame lo que tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

Ámame,
Como se aman los amantes,
Que lo dan todo en un instante.
Ámame.

Ámame,
Porque tu amor me ha roto el alma,
Y solo tú me das la calma.
Ámame.

Ámame como tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

 Llévame,
Llévame a dónde el tiempo y la memoria,
Formen una sola noria.
Llévame.

Llévame,
Al paraíso de tus sueños,
Donde yo solo sea tu dueño.
Llévame.

Llévame dónde tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

Quiéreme.
Quiéreme y dímelo calladamente,
Que puede murmurar la gente.
Quiéreme.

Quiéreme
Y dame aquél beso robado,
Que ni las flores me han borrado.
Quiéreme.

Quiéreme como tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

 

(Rafael Romero Sanjuán)

El Camino De La Sensatez

por diariodeunpasado @ Sábado, 18. Ago, 2007 - 21:25:25

Hoy alguien me hizo retroceder atrás en el tiempo.
Hizo que llegara hasta mí una canción de Sabina y esa canción arrastró consigo otra y otra y el presente real desapareció y el pasado se hizo presente.

Y allí, envuelto entre las melodiosas notas de la desgarrada voz de Sabina estabas tú.
Con tu camisa azul cobalto, tus jeans desgatados, tu reloj con la posición de la luna…Y con tus ojos. Nunca me cansaré de hablar de esos maravillosos ojos y creo que nunca me hubiera cansado de mirarme en ellos.

Ya ves, hay algo desconocido que impide que me olvide de ti, de tantos momentos mágicos vividos, de tantos instantes en los que nos parecía desaparecer dentro del otro, como absorbidos por una fuerza interior que nos arrastraba.

Cuán felices fuimos aún a sabiendas de que no deberíamos serlo. Que sensación de culpabilidad, cuando nuestros corazones se henchían con la sola presencia del otro haciéndonos flotar, cuando en realidad lo “correcto” hubiera sido arrepentirse de esos sentimientos..

Culpabilidad por nacer en nosotros un amor a destiempo.
Culpabilidad por sentir nuestros latidos se aceleraban al sentirnos cerca; por pasar muchas tardes dialogando ante una taza de café, por tomarnos las manos y sentir correr electricidad por nuestros cuerpos.

Pero no, nunca nos sentimos culpables  porque el amor que nos unía era puro, limpio, luminoso. Amor que nos nacía de dentro y que teníamos que contener porque no nos estaba permitido experimentarlo.

No, culpables no. Víctimas sí.

Y yo sé que a ti te pasa lo mismo que a mí.

Desgraciadamente tomamos el camino de la “sensatez”.

Cristina

por diariodeunpasado @ Martes, 14. Ago, 2007 - 20:29:02

La habitación estaba en penumbras aunque una pequeña abertura en las cortinas dejaba entrever la luz del exterior. No hacía ni calor ni frío, parecía que no existiera temperatura en la estancia.
La mujer jugueteaba con sus dedos inquieta, a la expectativa.
(¿Lo sientes?) Retumbó la voz.
Respondió que no, que no sentía nada.
(Está aquí, a tu lado. Te abraza)
Se desbocó su corazón y un dolor punzante le oprimió el pecho. Ella seguía sin sentir nada. Ni un leve roce, ni un pálpito en sus hombros. Nada.
(Su cara es angelical y te está sonriendo. Su sonrisa es toda ternura y felicidad)
El loco galopar de su corazón se hizo más intenso. Un tenue temblor se dejó entrever en sus manos.
(Te habla, te está hablando)
Ella quería decir algo, preguntar, pero la voz no le salía del cuerpo. Se mantuvo en silencio durante unos segundos y al luego, haciendo un intenso esfuerzo logró sacar un hilo de voz.
¿Qué dice?
(Dice que te estés tranquila, que no sufras, que él está muy feliz y siempre a tu lado. No quiere que estés triste. El se entristece cuando lo haces tú)
El dolor se hizo más agudo. Casi no podía respirar. Las ideas se arremolinaban en su cabeza e intentaba sacarlas fuera, expresarlas, pero no podía. Estaba confusa.
(Te ha tomado la cara entre sus manos y te mira. Dice que recuerda el día en que discutíais en el césped cuando él era niño y que al final terminasteis jugando entre bromas)
Ahora sí que se le paró el corazón. Un millón de alfileres se clavaron por todo su cuerpo dejándola aturdida. Ese episodio tan sólo lo conocía ella.
Las lágrimas comenzaron a brotar y a brotar como agua de manantial. Se derramaban por sus mejillas en tropel hasta la comisura de su boca.
(Te limpia las lágrimas con sus manos)
Ella ya no podía más. Era demasiado dolor. Demasiado fuerte. Sintió miedo de no poder dominar la situación. A pesar de eso y con un esfuerzo sobrehumano logró preguntar: ¿Sufrió?
(Dice que no. No recuerda nada. Tan sólo un auto blanco. Cuando despertó ya estaba en otra dimensión.)
Ella pidió que le dijera que lo quería mucho, que se sentía muy culpable por las veces en que lo había reprendido y castigado ante su desobediencia o su mal comportamiento, que lo cambiaría todo porque él volviera de nuevo.
(Contesta que no te preocupes, que sabe que lo hacías por su bienestar y que todo está bien en él)
Ella ya no podía continuar. Se derrumbó entre sollozos y estremecimientos. Se quedó sin voz y sin pensamiento. No cabía dentro de ella tanto dolor.
(Sabe que estás mal y quiere que regreses a casa. Antes quiere pedirte algo)
¿Qué?
(Quieres que le transmitas a Cristina que no le guarda rencor, que todo fue cosa de adolescentes, que se quede tranquila y que no sienta remordimientos)
¿Cristina? ¿Quién es Cristina? No conozco a ninguna Cristina.
(Dice que es una compañera de instituto con la que no se llevaba demasiado bien)
A partir de ahí ella no se acuerda de nada más. Cuando reaccionó ya se encontraba de nuevo en su casa.
Lo primero que hizo fue tomar la agenda de él y buscar en la letra C. Casi al final aparecía una tal Cristina y un número de teléfono que se apresuró a marcar.
- ¿Diga? – respondió una voz de adolescente.
- ¿Cristina?
- Sí.
- Soy la madre de….

- Y Cristina comenzó a llorar.

 

 

 

La Misteriosa Tía Julia

por diariodeunpasado @ Viernes, 10. Ago, 2007 - 09:02:40

 

 

No contaba yo más de siete años y ya, junto con mi hermana de cinco, solía pasar algunos días del estío en la huerta que poseían los abuelos de mis amigas en las afueras de la ciudad, en pleno campo. Era una huerta familiar con animales (gallinas, conejos, cerdos, vacas) y un extenso terreno de árboles frutales además de cultivar todo tipo de verduras y hortalizas que luego vendían en el mercado junto con la leche de las vacas.

Y también tenía una alberca dónde el agua entraba y salía continua y directamente del manantial. Agua fresca proveniente de lo más profundo de la tierra y que llenaba la alberca para escapar después y regar los huertos y la arboleda. Yo disfrutaba bañándome en la alberca a pesar de que la frialdad del agua me entumecía el cuerpo. Era un lugar de juego y de disfrute para nosotros siempre y cuando no apareciera la tía Julia.

La tía Julia era la hermana menor de la madre de mis amigas.  Era joven, poco más que una adolescente, pero era siniestra y oscura. Misteriosa. Se paseaba por la casa o entre los huertos como una sombra. De repente mirabas a tu lado y allí estaba, callada y seria. Observando. No sabía yo cómo hacía para aparecer y desaparecer de esa forma tan silenciosa, sin movimientos. Incluso caminaba como si no posase los pies en el suelo, como deslizándose. Mi corazón saltaba como un loco cuando la sentía junto a mí.

Si nos estábamos bañando con gritos y alborotos en la alberca, ella nos observaba desde el borde con mirada penetrante. Parecía que ni siquiera parpadeaba. No hablaba. Tan solo nos miraba.

Un día  dentro del agua, nuestros juegos se rompieron de repente. Pasamos en un instante de la risa al horror. Ella estaba en la alberca. No la vimos, no la oímos, no sentimos el movimiento del agua cuando un cuerpo se lanza a ella. Nada. Pero allí estaba. Solo veíamos un bulto bajo la superficie. Ella no sabía nadar. Nuestros gritos alertaron a los hermanos y los padres (casi dos ancianos). La sacaron entre la violencia de los varones y las arcadas de ella. Solo tos y arcadas. Ni lloraba ni se lamentaba ni explicaba nada. No hablaba.

Recuerdo que nos arremolinamos en una esquina de la alberca con más curiosidad que miedo a pesar de que nuestros cuerpos tiritaban y no por el frío.

(¿Por qué está así tu tía?)

(Mi madre dice que es porque un día cuando estaba con la regla comió muchas morcillas calientes de la matanza del cerdo que la abuela Ana acababa de hacer. Y se volvió así, loca. No se pueden comer morcillas calientes cuando se está con la regla.)

Con esa edad ni ella ni yo sabíamos lo que era la regla, con lo que el misterio y la intriga tomaban para mí unas dimensiones que se escapaban a mi comprensión.

La tía Julia era un misterio tal y como fue un misterio su final.

Un día que celebraban la nochebuena en la casa de la huerta la encontraron muerta. Estaba en una de las pequeñas habitaciones dónde sólo tenía cabida una pequeña cama y una mesilla de noche. Allí, según dijeron, tuvo la mala fortuna de caer tras un tropezón y fatalmente golpearse la cabeza con los hierros de la cama. Y nada más. Esa fue su muerte. En un reducido lugar de reducidas dimensiones dónde no había espacio ni para dar un traspiés. Pero nadie puso objeciones y aparentemente nadie se extrañó. O no quiso demostrar que se extrañaba.

Sin embargo al poco tiempo se oyeron rumores de que los hermanos la embriagaron, que quisieron acostarla y ante la negativa de ella usaron la violencia…. Un gesto desafortunado, un forcejeo, un empujón, un mal golpe…..Nunca se supo en realidad lo sucedido, tan solo que esa pobre alma atormentada dejó de existir. Partió con rumbo desconocido para nosotros y sin saber quien hizo que se fuera ni porqué. No se volvió a pronunciar su nombre.

Incomprendida, misteriosa, desgraciada tía Julia.

Sin Permiso

por diariodeunpasado @ Jueves, 02. Ago, 2007 - 19:58:19

Por las serpenteantes callejuelas de mi mente, por los escondidos rincones de mi razón, llegas a mí.
Te cuelas lento y cauteloso, sin pedir permiso, sin llamar, sin que yo pueda poner ningún impedimento.

Oscuridad que se abre ante el soplo de mi aliento del que también te haces dueño, como entonces, como antes.

Regresas desprendiendo una aureola de sensaciones nunca olvidadas, refulgiendo como el oro del tesoro escondido en lo más profundo, trayendo contigo olor a zelindas y a romero.

Vuelves con esa luz en tu mirada, a veces musgo a veces ámbar, reflejándola en el caramelo de mis ojos.

Vuelves, horizonte inalcanzable, murmullos silenciosos, palabras calladas, besos imaginados, deseos  reprimidos, amor sin consumir.

Pero vuelves a cada pálpito, a cada suspiro, a cada latido de mi corazón.

Porque estás en mí.