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Las Vacaciones De Eugenia

por diariodeunpasado @ Miércoles, 25. Jul, 2007 - 22:06:52

Termina Eugenia de hacer su equipaje y se queda un rato mirando al raso techo pensando si ha olvidado algo. En el piso de abajo oye a sus nietos alborotar y a su nuera intentando poner orden apremiando para que ellos también terminen su equipaje, que en cuanto el cabeza de familia llegara del trabajo partirían de vacaciones.
Eugenia recuerda de repente que no ha guardado el neceser de sus medicinas, las píldoras para la tensión, las cápsulas para la insuficiencia coronaria y las jeringas para la insulina. Eugenia hace ya tiempo que es diabética y aún no tiene valor para inyectarse ella sola, cosa que obligatoriamente necesita cada día. Es por eso que desde hace ya tiempo, y a raíz de que su esposo partiera hacia ese otro mundo (que ella está segura que existe), pasó a convivir con la familia de su hijo. Al principio le costó mucho; al principio y ahora, porque aún no se adapta a vivir en un hogar que no es el suyo propio, que aunque sea el de su hijo ella se siente como apartada, como si a veces molestara o no fuera muy grata su presencia. Y eso que ella se desvive por ayudar, por echar una mano a su nuera en las tareas cotidiana, ya sea zurciendo calcetines, planchado ropa o preparando la cena. Pero no, no se siente integrada.
Se sienta Eugenia en el borde de su cama, al lado de su maleta y contempla el retrato ya casi de color sepia que conserva de su Alfonso. Posa Alfonso sentado en un sillón, con un macetero al lado y un cigarrillo entre los dedos. (“¡Ay Alfonso, que sola que me dejaste!”).
Abajo se oye la disputa de los niños sobre dónde van a pasar las vacaciones.
- Iremos a Gandía, como todos los años.
- Que no, que papá ha dicho que este año nos iremos a Cádiz ¿verdad mamá?
-  Pues yo quiero una habitación para mí solo en el apartamento de la playa…
Toda una algarabía que a Eugenia la deja un poco indiferente. No tiene ella el ánimo como los niños, que de todo hacen una fiesta.
Suena el timbre de la puerta, síntoma de que ha llegado su hijo y ella baja a recibirlo, como siempre, y también como siempre su nuera se le ha adelantado y le está dando instrucciones de la ruta mejor a seguir, porque su nuera, licenciada en ingeniería de caminos, canales y puertos, es la que escoge siempre la ruta, y no porque tenga que ver con su carrera, piensa Eugenia, sino porque le gusta imponer su voluntad. Pero a eso Eugenia no tiene nada que objetar, ya se guardaría ella de hacer algún comentario, que no es cosa de meterse entre la pareja.
Comienza la procesión para meter las cosas en el coche, toda una odisea de idas y venidas de la casa al auto, pero eso sí, entre risas y alegrías, dispuestos a disfrutar de las merecidas vacaciones a las que tanto los niño como los mayores tienen derecho. Un mes de relax y de diversión para regresar luego como nuevos.
Ya todos acomodados en el auto Eugenia se persigna como hace siempre, por eso de que no les pase nada durante el viaje.
Y el coche se pone en marcha y emprende destino con dirección a la costa.
Cinco kilómetros recorridos, diez, veinte, veinticinco… al llegar a los treinta se desvía a una carretera secundaria poblada de árboles a cada lado. Es una carretera recta que desemboca en un edificio enorme, insinuando que tiempos pasados fueron mejores.
Su hijo para el coche en la puerta principal.
- Vamos mamá, que ya hemos llegado.
Eugenia baja del auto y toma su maleta que le entrega su hijo.
-  Verás que cómoda te encontrarás aquí mamá.
- Si hijo, por supuesto.
Y el coche arranca y se pone en marcha de nuevo continuando su viaje, y Eugenia se queda allí sola, con su maleta, sus píldoras para la tensión y sus cápsulas para la insuficiencia coronaria, y por supuesto con la insulina.

Y antes de entrar mira hacia la fachada del edificio y lee el letrero de grandes letras:
“Santa Catalina, Centro para la Tercera Edad”.


 
 

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