
Ella somatiza.
No es algo permanente pero sí más frecuente de lo que debiera. Somatiza en los brazos y en las manos. Primero su piel empieza a enrojecer en rosetas y el picor es insoportable. Luego las rosetas se abren y comienzan a supurar líquido urticante que aumentan el picor y la sensación de quemazón. Sabe que no puede rascarse ni frotarse.
En menos de nada sus brazos y manos aparecen como si hubieran sufrido quemaduras de segundo grado. Y ella ya no sabe que hacer. Ni los remedios de la medicina, ni las sesiones psicológicas surten efecto. Cuando llega el momento de somatizar, ella somatiza.
Entonces se sienta en la mecedora del porche y mira como cae la tarde, como la sombras de los árboles se va volviendo alargada a la par que el sol se escapa del cielo, y entona quedamente una cancioncilla infantil por si acaso así pudiera aliviar el dolor.
Dos años de dolor que le queman las entrañas y le corroen el alma. Dos años en los que tan sólo ve negra oscuridad carente de creencias y religiones. Dos años sin Dios, porque para ella ya no hay Dios, porque el Dios en el que las monjas la enseñaron a creer se ensañó un día con ella y le hizo lo que le hizo, y además le dio la espalda. No, ella ya no cree en Dios.
Pero si cree en su somatización, la manera inconsciente que tiene de sacar fuera toda esa rabia, toda esa desolación en la que se encuentra inmersa.
Mira el cielo carente de metas y de respuestas. Luego se mira las manos y sonríe. Sonríe porque siente que él está allí, en sus brazos y en sus manos heridas, porque esas heridas las saca ella de lo más profundo de su ser.
Y él, que también está en lo más profundo de su ser sale al exterior cuando ella somatiza. Sabe que él está en su somatización.
Y vuelve a sonreir.












