
Esta noche pasada soñé con él. Y resultó que en mi sueño él era distinto. Se habían borrado de su rostro las huellas del paso del tiempo, las comisuras de su boca no mostraba la mueca tan habitual últimamente de arlequín dolorido, sino que la expresión de sonrisa flotaba sobre ella; sus parpados en lugar de lucir con la piel desmadejada y rugosa aparecían tersos, simulando suave terciopelo como en otro tiempo, y sus ojos brillaban pícaros y juguetones, intentando esconder una seducción que emanaba incontenible de su interior. Había recobrado el pelo, ese pelo del que se sentía orgulloso y que tanto cuidaba y que por esas puñaladas que nos da la vida perdió; y su cuerpo, a medias entre la deformidad y la mala postura adquirida, aparecía ahora musculoso y joven, casi fiel réplica del David de Miguel Angel.
Su piel refulgía límpida y esplendorosa, transmitiendo una energía totalmente nueva para mí. Estaba desnudo pero su desnudez no mostraba ningún signo de erotismo, sino muy al contrario de misticismo y respeto.
Se acercó despacio a mí con la sonrisa bailando en sus labios y mi corazón dio un vuelco de sorpresa y alegría a la vez que vergüenza y remordimiento.
(- ¿Estás enfadado o molesto conmigo? – dentro de mí afloraban oscuros reproches por no asistir a su funeral. No tuve valor).
(- Claro que no bonita (siempre me llamaba bonita) Jamás podría estar molesto contigo.
(- ¿Cómo estás JC?)
(- Feliz bonita, muy feliz.)
Y yo sabía que no me mentía porque esa felicidad que irradiaba de él podía sentirla yo, parparla en mi corazón.
Entonces me quedé tranquila. El está bien y ha encontrado su lugar. Está donde merece estar.












