
Desperté al amanecer de una mañana del estío y con sorpresa y terror comprobé que el sueño me había robado mi máscara. Todo en mí se volvió confuso y oscuro porque yo no era nada sin mi máscara. Esa máscara la tenía desde pequeñita y la llevaba siempre puesta. No podía vivir sin ella. Era mi vida.
Al principio la construí de algodón de feria, blanca y dulce, porque me endulzaba la vida protegiéndome de las adversidades.
La primera vez que la usé fue cuando tenía 19 meses y nació mi hermana. Yo sentí mucho dolor, princesita destronada. Y me la puse y yo ya era otra, que no tenía hermana ni dolor, por eso no me la quitaba casi nunca.
Con el tiempo la cambié por una de porcelana porque yo ya era una adolescente y la porcelana inmaculada me cobijaba de los rechazos amorosos y de amigas traicioneras.
Luego la formé de acero bruñido para que fuera más consistente. Esta no sólo me protegía sino que impedía mostrar mis verdaderos sentimientos.
Mis sentimientos han sido siempre muy intensos y siempre he sentido vergüenza de ellos, de mi debilidad, de mi sensibilidad, de mis anhelos…
Así, todo lo que yo pudiera sentir a lo largo de mi vida vivida se escondía detrás de esa máscara y nadie era consciente de ello.
Mi máscara y yo, un solo ser, una sola unidad, un solo elemento. Ella era la que sufría, la que me escondía, la que me ocultaba, la que no dejaba transmitir mis sentimientos, la que se tragaba las lágrimas y escondía la tristeza.
Hasta ese amanecer en el que me la arrebató el sueño.
Me miré al espejo y tan sólo vi un rostro sin forma ni dimensión: Mi rostro.
Desesperada me lancé a la ventana gritando a mi máscara que volviera pero fue inútil. Los cantarines gorriones del amanecer me dijeron que ya no volvería.
Entonces con pasos temerosos, y avergonzada por sentirme desnuda salí a la calle para hacer mi vida de cada día. Y ese día dio una nueva dimensión a mi vida, me exaltó el alma y me elevó la valentía tanto tiempo oculta. Ese día sentí que mi verdadero yo no era merecedor de mantenerse en las tinieblas.
Esa noche al acostarme encontré la máscara en mi almohada. Había vuelto.
- No – le dije- ya no más.
- Ella cambió su mueca por la de un triste arlekin apesadumbrado.
- Estás loca – su tono era de decepción.
- Prefiero esta maravillosa locura que la oscura mentira de lo ficticio.
Sin embargo, y desde entonces, ella sigue durmiendo a mi lado, en la almohada.
Nunca se sabe...













