
En Sevilla, a 6 de Mayo de 2007
Tengo que reconocer que tal vez sea una imprudencia por mi parte dirigirme a ti a través de estos renglones. A ti, que me conoces tanto o mejor que yo misma y yo de sobra sé que es así.
Pero en esta tarde cálida, quieta, templada de intensa primavera necesito decirte lo que creo que no he sido capaz de decirte nunca así, directamente.
Siento que eres mi vigía y el timón que me lleva a navegar por indecisos mares revueltos, haciendo del peligro un reto y de la victoria una odisea.
Haces que de mi alma brote la nostalgia si vuelvo la vista atrás y contemplo el tiempo perdido, que se ensanche jubilosa ante la alegría ajena o que tiemble trémula como las hojas del chopo ante el dolor de los demás.
A veces me haces descender de mujer a niña llena de ternura si me cobijo en los brazos de mi madre, y a veces me conviertes adulta de pasos firmes y confiados.
Me das una razón para vivir el día a día y me haces más llevadera la monotonía de determinados momentos.
Me acompañas en los momentos de soledad y lloras conmigo cuando el dolor arrecia.
Unes tu vida a la mía para que no camine sola, tomas mi mano si ves que desfallezco o cantas a mi par mientras faeno por la casa.
Tú, tan intangible y a la vez tan aleado a mí, tan alejado y tan presente.
Tú, el yo más escondido en las profundidades de mi ser.
Tú, mi otro yo; ese otro Yo que todos llevamos dentro.












