
Comienza a sonar la música y tus manos me toman por mis casi impúberes caderas y me acercan a ti. Siento la calidez de ellas a través de mi falda a cuadros escoceses y mi corazón se agita loco a la par que mis temblorosas manos se apoyan en tus hombros. Nuestros cuerpos no se rozan. Comenzamos a bailar. (Dos pasos a la derecha y uno a la izquierda). Baile de adolescentes. Ambos con trece años mal contados y un nuevo e intenso sentimiento en mi corazón: Tú.
El ventanal de la estancia se encuentra abierto. Acaece la tarde y por él se cuelan los rayos del sol que ya caminan bajos dejando ver pequeñas partículas doradas danzando suspendidas en el aire. Tus manos me sostienen con más firmeza y yo, con cierto pudor apoyo mi barbilla en tu hombro. Aspiro tu perfume, olor a limón verde que quiere definirse como de hombre. Continuamos danzando, (siempre dos pasos a la derecha y uno a la izquierda). Mis ojos perciben el azul celeste de tu jersey, el suave vello de tu cuello, tu incipiente barba recién rasurada, tu pelo castaño que se mezcla con el negro del mío, y que por la magia de los rayos del sol se vuelven rojizos, refulgiendo por entre ellos destellos de oro.
Imagino como sería poder mirarme en esos tus ojos que tanto me fascinan, ojos entre miel y musgo, mágicos de verdor o de caramelo según la luz que los ilumine. Una risa nerviosa me hace perder el ritmo del baile (vamos sigue, empezamos ahora por la izquierda: Uno a la izquierda dos a la derecha).
A veces nuestras piernas se rozan y una corriente eléctrica recorre mi espalda.
Y yo continúo el baile sin sentirlo, porque lo que siento son tus manos en mi cuerpo, tu cálido aliento en mi cuello y tu voz cantando a par que kerouacs. Entonces quisiera tener el valor de decirte que me gusta tu voz, que me gusta cuando te veo cantar con tu guitarra en el grupo del que formas parte, que imagino que las canciones que cantas, las cantas para mí, en ese tono melodioso que tanto me fascina. Pero mi cuerpo que empieza a despuntar de mujer aún guarda dentro de sí la inocencia y el candor de una niña y me falta el valor. Y callo y no te digo nada de eso, ni de que sueño todas las noches contigo, ni de que tiemblo cuando me cruzo contigo por las mañanas camino del instituto, y que cuando nos reunimos la pandilla cada tarde, tu presencia agita mi pecho y hace galopar a mi corazón.
Me conformo con sentirte así, cerca pero sin rozar nuestros cuerpos (dos a la derecha, uno a la izquierda). Eso es lo máximo a lo que aspiro. No hay cabida en mi mente para nada más. Desconozco que haya algo más.
El sol se va apagando a la par que la música agoniza. Todo va quedando en penumbras y yo siento tener que separarme de ti.
Luego, ya de noche y en mi alcoba recrearé una y mil veces la escena, cantaré la canción una y mil veces para que su melodía me lleve de nuevo a tus brazos, y rogaré que pase la semana rápido para que llegue pronto el nuevo parting del fin de semana, y si tengo suerte, bailarás de nuevo conmigo.
Nunca llegaste a amarme. Yo a ti inmensamente. Nunca lo supiste.
Ahora, al cabo de tanto tiempo pasado, cuando por cualquier motivo acudo al Centro de Salud donde ejerces tu especialidad de médico, y me tropiezo contigo en los pasillos y nos saludamos, la canción de Kerouacs vuelve a mi mente y la revivo como aquella tarde y tengo que taparme la boca para no decirte : Dos a la derecha y uno a la izquierda.




















