por
diariodeunpasado
@ Domingo, 04. Mar, 2007 - 22:02:18
Tenía 10 años y mi presente era un mes de Marzo cargado de melancolía.
Cuando se despidió febrero yo era una niña colmada de energía, de ilusiones, de juegos, y de alegría, y atacándome por sorpresa apareció Marzo cargado de oscuros nubarrones que oscurecían mi alma infantil. Aún hoy, tantos años después, desconozco el porqué ese Marzo de mi vida hizo en mí tanto daño, tanto, que todavía y cada vez que nace un nuevo Marzo me embarga una pena escondida, un dolor sordo, una tristeza a la que no encuentro motivo.
Me recuerdo en la clase del colegio con la cabeza escondida ante la tapa del pupitre para que ni la monja ni mis compañeras me vieran llorar.
Me veo en el patio del recreo jugando junto a las demás niñas uniformadas y simulando un bostezo para justificar mis lágrimas.
Siento como si fuera hoy las horas que pasábamos en la capilla del colegio ante la imagen de la Virgen Milagrosa cantándole en oración. Yo tan sólo hacía movimientos con mi boca en lugar de cantar para que no se notara mi voz temblorosa y rota.
En casa lloraba y lloraba. No sabía porqué, tan sólo que algo me dolía mucho en el alma.
Despertaba en la noche con la pena enganchada a mi garganta y allí, a espaldas de mi hermana que dormía conmigo, me encontraba el alba con la almohada mojada de lágrimas.
Mis padres llegaron a preocuparse y me llevaron al médico. Me recetó unas vitaminas.
Entonces no existían ni los traumas infantiles ni los psicólogos.
Me habitué a vivir con mi tristeza, a llorar a escondidas y a buscar la soledad.
Después y poco a poco todo fue desapareciendo paulatinamente pero yo no volví a ser la misma de antes.
Al día de hoy sigo ignorante de lo que ocurría en mí
Y desde entonces cada vez Marzo anuncia su presencia, la misma melancolía se hace patente.
Luego se pasa.
No me gusta Marzo.
Tres hecho ocurridos en aquél mes de Marzo han llegado a formar parte de mí y no transcurre día en el que no los recuerde:
Las monjas me cambiaron a mitad de curso a otro más superior porque mis conocimientos eran más extensos que los que impartían en el curso que me correspondía por mi edad. Me vi de pronto inmersa entre niñas mayores que yo y que ya tenían hecha sus camarillas de amigas. Me sentía desplazada y me costaba alcanzar el nivel del curso.
Las monjas nos llevaron a visitar el asilo de ancianos que regentaban. Olía a rancio y a humedad. Recuerdo los dormitorios con los ancianos en las camas pidiendo que nos acercáramos para besarnos. Aún siento sus bocas húmedas y sin dientes en mis mejillas, sus manos huesudas y frías y su voz en susurros pidiéndonos caramelos. Sentí una pena inmensa por ellos y por imaginar a mi madre en un lugar así. Me juré que jamás, jamás, me separaría de ella en su senitud.
Mi madre me enseñó a jugar al diávolo. Me enseñaba en el patio de nuestra casa mientras mies hermanas de 8 y 1 año miraban. A la par que me enseñaba me contaba que ella de pequeña jamás pudo tener uno. Pasó mucha miseria en su infancia. Yo simulaba que aún no sabía jugar pero lo hacía con miras a que jugara ella. Me dolía tanto que de niña no hubiera tenido un diávolo….