
En más de una ocasión se sorprendía a sí misma mirándolo a hurtadillas, abriéndose paso con la mirada por entre papeles mecanografiados y grises clasificadores buscando sus ojos. Sus ojos. Sus maravillosos ojos, sus mágicos ojos. Sus ojos eran verdes; verdes como las hojas del eucalipto, como los nuevos brotes del romero y la albahaca, intensamente verdes como el océano…. Esos ojos, esos condenados ojos la estaban matando. Ella se preguntaba que tenían para que la hicieran estremecer de aquél modo si alguna vez se cruzaban sus miradas. No acertaba a comprender él por qué de su nerviosismo interior cuando se encontraban, ni porqué comenzaban a temblar sus manos y su loco corazón daba una voltereta digna de un acróbata en su pecho.
Generalmente él nunca miraba hacia ella, casi siempre permanecía atento a la pantalla con la que trabajaba y solo podía disfrutar de su perfil. Había días en que sus miradas no se cruzaban ni una sola vez. Otras por el contrario él parecía intuir que ella lo miraba y alzaba la vista. En los momentos en que eso ocurría, cuando ambos se miraban, el mundo alrededor de ella parecía evaporarse. Como por arte de magia se volatilizaba todo el mobiliario de la oficina, los informes, las cuentas analíticas, los presupuestos mensuales y las facturas pendientes desaparecían, y a ella le parecía flotar por encima del suelo. Luego, en tan sólo unos segundos él volvía de nuevo la vista a la pantalla y la magia se rompía pero aún así ella seguía soñando. Jugaba a soñar que sus dedos acariciaban los párpados cerrados de aquellos ojos verdes dejándose envolver en la tibia caricia, que suavemente sus labios se depositaban en ellos, primero en uno, luego en el otro mientras él se dejaba hacer. Soñaba: era consciente de que tan sólo eran sueños. Posiblemente, seguramente, desgraciadamente, esos ojos ya tendrían dueña (afortunada), pensó…
A veces se distraía del trabajo esperando que ella lo mirara. Estaba absorto en la pantalla pero uno de sus sentidos pululaba por su derecha, esperando. Esperaba el momento en el que lo sobresaltaba una sensación de hormigueo en su nuca y tal parecía que se le erizaba el pelo. En algunas ocasiones no volvía la vista. No quería que lo delataran sus sentimientos así que permanecía impasible. Otras veces en cambio era superior a él y se giraba. Entonces se encontraba con aquellos ojos, esos ojos que lo estaban volviendo loco. Ojos del color del ron de miel, de las hojas del castaño en otoño, del dulce caramelo.
A partir de ahí no existía nada más para él. No notaba la presencia de los otros compañeros ni sus oídos lo alertaban del sonido del teléfono. Tan sólo existían esos ojos dulces como de chocolate, y ella. En más de una ocasión tuvo que volver la vista a la pantalla, temeroso de que dejar escapar al exterior sus sueños. El soñaba. Soñaba con tomar esas manos entre sus manos y apresarlas, soñaba con rodearle la cintura y atraerla hacía sí para que sus miradas pudieran ser constantes, penetrantes, exquisitas… Soñaba con su mirada y con su dueña… Su dueña. Su dueña posiblemente tendría dueño. Cómo lo envidiaba….












