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Archivos de: Enero 2007

El Angel

por diariodeunpasado @ Miércoles, 31. Ene, 2007 - 21:44:59


Me lo encontré una mañana
De un verano ya tardío
Yo soñaba en mi almohada
El vagaba en el vacío.

Yo, corazón de gitana
El, ángel sin rumbo fijo.

Nuestras mentes se cruzaron
Se mezclaron los sentidos
Emociones se alearon
Y despertaron latidos.

Yo, sangre y carne de gitana
El, ángel etéreo y herido.

Sentimos una lanzada
En un punto indefinido
Y se unieron nuestras almas
Como presas de un hechizo.

Yo, eterna gitana errante
El, eterno ángel perdido.

La sin razón de su forma
Ese color ambarino
La fluidez de su encanto
Sus imaginarios rizos
Hicieron mío ese ángel
Y fue suyo mi cariño.

¿Por qué vagas fluctuante
Ángel en el infinito?.

¿Por qué tú gitana errante
Caminas a ningún sitio?

Yo busco un ángel dejado
Yo busco un ángel perdido.

Yo una gitana a mi lado
Yo una gitana conmigo.


 
 

Teresa

por diariodeunpasado @ Lunes, 29. Ene, 2007 - 22:05:55

 

 

Teresa se alimentaba tan solo de recuerdos. Se despertaba antes del alba con los recuerdos y, cuando ya sombras eran las dueñas de las calles, se entregaba al sueño con esos mismos recuerdos. Con ésos o con otros parecidos. Siempre recordaba. De un tiempo a esta parte recordar era, o así lo parecía, el centro de su monótona vida.
Teresa ya estaba en la edad que se considera cumbre en la vida y además de cargar con esa edad cargaba con todos sus recuerdos a las espaldas. Así estaba, claro, con las cervicales hechas una mierda (con perdón) y el lumbago que la atosigaba cada vez que se metía a hacer limpieza general en la casa. ¡Malditos recuerdos! – se decía más de una vez para sí misma - ¿Es que no voy a saber nunca de vivir en el presente? Pues no (se contestaba ella sola), no vas a ser capaz. Y sino ¿A cuento de qué te pasas el día sintonizando en la radio Onda Melodía? Ahí tan sólo emiten canciones de los 70, 80, 90.
Dicho en otras palabras Teresa vivía del pasado. Y la verdad es que no es que así lo quisiera sino que todo le vino rodado. Vete tú a saber por qué oculto motivo desde su infancia siempre tuvo la certeza de que el pasado fue mejor. Y ella no se consideraba tonta, que conste, sabía que había algo muy escondido que (¿no es así como dicen los psicólogos?) la había traumatizado y no quería vivir plenamente el presente. Siempre echaba manos del pasado. Y del futuro…. De eso ni hablar y mucho menos pensar. El futuro era algo que siempre veía lejano e inalcanzable. ¡Qué insensatez!, si ella sabía positivamente que el futuro siempre andaba a la vuelta de la esquina….pero prefería, necesitaba, echar mano del pasado para continuar con su monótona vida.
Teresa Obviaba mirarse en el espejo. La imagen que el azogue le devolvía no era la que ella esperaba ver; le hacía daño. ¡Lo que fuiste y en lo que te has convertido! Pensaba cada vez que veía reflejada su imagen. Así que procuraba evitar el para ella tan mal trago.
Así vivía Teresa, inmersa en sus recuerdos del pasado, si disfrutar el presente y dando la espalda al futuro. Así hasta que él apareció el de nuevo en su vida. El. Su amor de juventud que no pudo ser. Su amor prohibido, su ilusión, su esperanza, su todo. El encontrarlo de nuevo fue algo fortuito e inesperado, algo que ni por asomo había pasado por su imaginación, porque Teresa, aún a pesar de que vivía de recuerdos, era de las que pensaba que lo que termina, terminado queda para siempre…. Sin embargo El siempre andaba metido, no sabía ella muy bien por arte de que tipo de magia, en todos sus recuerdos; incluso había ocasiones que ella misma transformaba esos recuerdos mezclándolos con su fantasía. Jugaba a meter en el pasado algo que nunca existió, y bueno, quién era nadie para reprocharle nada. Al fin y al cabo eran sus recuerdos y su pasado. Pues punto en boca.

El día en que él apareció de nuevo Teresa andaba subida en lo más alto de una escalera limpiando la lámpara del salón, para ser más exactos quitándole las telarañas. Esto de vivir en el campo es lo que conllevaba: Se te metían bichos en todos lados. Pues así estaba Teresa cuando sonó el teléfono inalámbrico que llevaba dentro del bolsillo del albornoz.
(Pues vaya quién será el inoportuno que llama ahora) – Diga
- Hola soy yo, por favor no cuelgues.
Y Teresa se quedó así, como sin habla porque no le salía la voz del cuerpo. No colgó y lo escuchó. A la par que la voz resonaba en su oído sus piernas temblaban en el último peldaño de la escalera.
(claro que no voy a colgar, si me estaba muriendo por oírte) se decía en su interior.
Y hablaron. Y quedaron. Y volvieron a verse.

Teresa acudió a la cita con más nerviosismo que pretenciones, pero sobre todo con una ilusión hasta el momento desconocida para ella. Es difícil aceptar sentir en tu interior un sueño de adolescente cuando ya has pasado la cincuentena y te has vestido, maquillado, y engalanado con el mismo énfasis de una quinceañera para su primera cita. Acudió a esa cita con sus vivencias del presente pero anclada en el pasado. Y el pasado le hizo una jugarreta con la que ella no contaba. El no era el mismo a pesar de que sus ojos seguían brillando como luciérnagas al mirarla. El no conseguía hacerla estremecer como antes porque su ímpetu, su experiencia, su filosofía de la vida, no eran las mismas de antes. Sintió un fuerte dolor en su pecho, un dolor de decepción y desengaño. Claro que intentó por todos los medios disimularlo.
- Sigues siendo la misma de siempre (parecía complacido).
(tú no. Has caminado a la par de la vida, has madurado, has avanzado con el tiempo paso a paso. Y has dejado atrás el pasado. Yo no)
- Gracias.

Teresa regresó a casa despacio y confundida. En su interior se removían y se revelaban mil y una emociones. Se sentía engañada y desengañada. Se sentía vacía.
Llegó a casa y después de descalzarse se sentó en la mecedora del porche. Miraba las estrellas, su brillo de plata y su sutil titilar.
(las estrellas son pasado cuando su luz llega hasta nuestros ojos. No quiero regresar del pasado).

Y con movimientos apagados se dirigió a la alcoba.

Miradas

por diariodeunpasado @ Sábado, 27. Ene, 2007 - 22:11:38

En más de una ocasión se sorprendía a sí misma mirándolo a hurtadillas, abriéndose paso con la mirada por entre papeles mecanografiados y  grises clasificadores buscando sus ojos. Sus ojos. Sus maravillosos ojos, sus mágicos ojos. Sus ojos eran verdes; verdes como las hojas del eucalipto, como los nuevos brotes del romero y la albahaca, intensamente verdes como el océano….  Esos ojos, esos condenados ojos la estaban matando. Ella se preguntaba que tenían para que la hicieran estremecer de aquél modo si alguna vez se cruzaban sus miradas. No acertaba a comprender él por qué de su nerviosismo interior cuando se encontraban, ni porqué comenzaban a temblar sus manos y su loco corazón daba una voltereta digna de un acróbata en su pecho.
Generalmente él nunca miraba hacia ella, casi siempre permanecía atento a la pantalla con la que trabajaba y solo podía disfrutar de su perfil. Había días en que sus miradas no se cruzaban ni una sola vez. Otras por el contrario él parecía intuir que ella lo miraba y alzaba la vista. En los momentos en que eso ocurría, cuando ambos se miraban, el  mundo alrededor de ella parecía evaporarse. Como por arte de magia se volatilizaba todo el mobiliario de la oficina, los informes, las cuentas analíticas, los presupuestos mensuales y las facturas pendientes desaparecían, y a ella le parecía flotar por encima del suelo. Luego, en tan sólo unos segundos él volvía de nuevo la vista a la pantalla y la magia se rompía pero aún así ella seguía soñando. Jugaba a soñar que sus dedos acariciaban los párpados cerrados de aquellos ojos verdes dejándose envolver en la tibia caricia, que suavemente sus labios se depositaban en ellos, primero en uno, luego en el otro mientras él se dejaba hacer. Soñaba: era consciente de que tan sólo eran sueños. Posiblemente, seguramente, desgraciadamente, esos ojos ya tendrían dueña (afortunada), pensó…

A veces se distraía del trabajo esperando que ella lo mirara. Estaba absorto en la pantalla pero uno de sus sentidos pululaba por su derecha, esperando. Esperaba el momento en el que lo sobresaltaba una sensación de hormigueo en su nuca y tal parecía que se le erizaba el pelo. En algunas ocasiones no volvía la vista. No quería que lo delataran sus sentimientos así que permanecía impasible. Otras veces en cambio era superior a él y se giraba. Entonces se encontraba con aquellos ojos, esos ojos que lo estaban volviendo loco. Ojos del color del ron de miel, de las hojas del castaño en otoño, del dulce caramelo.
A partir de ahí no existía nada más para él. No notaba la presencia de los otros compañeros ni sus oídos lo alertaban del sonido del teléfono. Tan sólo existían esos ojos dulces como de chocolate, y ella. En más de una ocasión tuvo que volver la vista a la pantalla, temeroso de que dejar escapar al exterior sus sueños. El soñaba. Soñaba con tomar esas manos entre sus manos y apresarlas, soñaba con rodearle la cintura y atraerla hacía sí para que sus miradas pudieran ser constantes, penetrantes, exquisitas… Soñaba con su mirada y con  su dueña… Su dueña. Su dueña posiblemente tendría dueño. Cómo lo envidiaba….

El Llanto Del Sicomoro

por diariodeunpasado @ Domingo, 21. Ene, 2007 - 19:05:35

 

 

Lloraba el sicomoro a la par que continuaba con su tarea de proporcionar sombra. Sus frutos, pequeños y almibarados higos con entrañas de granate, pendían de sus ramas semejándose a las lágrimas que derramaba su dueño.
El sicomoro lloraba sin emitir sonido alguno, sin romper con sus sollozos el zumbido del calor que caía como fuego del cielo, sin interrumpir con ningún estremecimiento el vuelo de las avispas que revoloteaba entre sus hojas. Su llanto nacía hacia adentro y se apagaba hacia fuera, desde la punta de su rama más alta hasta la última de sus raíces aéreas que emanaban de la desértica y negra arena.
Mientras él lloraba y como paradoja, la cigarra seguía lanzado al aire su canto chirriante, desafiando al calor.
Lo supo antes del alba, antes de que el dios Ra comenzara a asomarse por el horizonte anaranjado, antes de que las aguas del Nilo reflejaran los juncos o las flores de los nenúfares azules, incluso antes de que  las aves acuáticas rompieran el silencio con sus graznidos.
Simplemente lo supo; intuyó que el niño no vendría.
Aún así se clavó la vista en el arenoso sendero y jugó a imaginar que lo veía acercarse. Desnudo, como mandaba la costumbre, y con un mechón de pelo trenzado que le colgaba al lado derecho de su cabeza rapada; la tabilla y el punzón en una mano. Un racimo de dátiles en la otra que posteriormente desgranaría derramando el almíbar sobre su boca de rubí  Los ojos, brillantes escarabajos azabaches, resurgían impúdicos en la piel que por el color instaba a tener el sabor de la canela. El sicomoro sonrió ante el trotecillo desigual del niño que poco a poco iba acortando la distancia entre ambos….Rememoró como se sentaba en las más protuberantes de sus raíces y apoyaba su espalda en el grueso tronco grisáceo.

- ¡No te muevas que me haces desequilibrar mi escritura – decía a veces, como intuyendo que el árbol reía ante la visión de su frente ceñida en plena concentración.

Graznaron los ánsares en su bajo vuelo; el dios Sol se encogió en el cielo.
No vendrá. Nunca más vendrá.
Y su angustia de hizo dolor y el dolor aumentó más aún sus lágrimas. El árbol se estremeció sobremanera y algunas hojas cayeron de sus ramas haciendo lentas piruetas en el aire.
Vacío. Se sentía vacío y abandonado. El pequeño, su pequeño se había marchado. No volverían jamás las largas y calurosas tardes en el valle, no volvería a escuchar sus risas ni sus cantos a ritmo letánico.
Solo. A solas. Inmisericorde su soledad.

En la lejanía comenzaron a sonar los llantos de las  plañideras. Las intuyó arrancándose los cabellos y salpicándose de cenizas en señal de duelo, de dolor por alguien que ha partido hacia el Más Allá. Sus sollozos se acercaban y se alejaban paulatinamente a medida que el viento los traía o los llevaba…. allá, a lo lejos…divisaba sus siluetas y el cortejo funerario…. Alguien había muerto. Lloraban por el que se había marchado.
Lo recorrió un escalofrío.
Otro cortejo seguía de cerca al anterior. Con más colorido, sin lamentos ni gemidos, con claros signos de algarabía.
Quedó atento, a la expectativa esperando su cercanía. Pasó por su lado y el pequeño lo saludó desde el carro tirado por caballos que lo transportaba. Ya no llevaba el mechón de pelos al lado de su cabeza. Ahora lucía una peluca negra trenzada, símbolo de madurez. Su niño se había hecho hombre. El secó sus lágrimas y lo miró alejarse.

- Me llevan al templo – le había confidenció en un susurro – me instruirán como sacerdote.

Una ráfaga de viento caliente hizo que sus ramas le devolvieran el saludo. Sonrió; le sonrió.
Ambos cortejos tomaron distintos caminos. Uno hacia el valle de los muertos. El otro, el de su pequeño, camino de la prosperidad.

Y el sicomoro comenzó a llorar de nuevo.


El Ficus sicomoro o Ficus sycomorus, es un tipo de ficus o higuera de origen egipcio cuyas hojas se parecen a las del moral y que se ha cultivado desde tiempos remotos. Es originario de casi toda el Africa Central, excepto de las áreas boscosas occidentales, desde Senegal hasta el nordeste de Africa del Sur.  Su madera, ligera e incorruptible era empleada para la fabricación de las cajas de las momias.

Enero

por diariodeunpasado @ Miércoles, 17. Ene, 2007 - 20:05:37

 

 

Llegó arañando el cielo gris a través de las desnudas ramas de los chopos. Asomó así de repente, después de un Diciembre atípico colmado de días soleados y cielos azules como de primavera, y él, Enero, el mes del invierno por excelencia, apareció sin siquiera anunciarse, sorprendiendo sin sorprender a todos los que lo conocían y lo esperaban.

Fue en una mañana después de la fiesta de Los Reyes Magos cuando decidió por fin mostrar su cara que hasta entonces permanecía oculta.

Se mostró en todo el esplendor que le correspondía y ese amanecer apareció gris y aceroso, con un cielo medio plomo y medio plata, emborronado por una suave niebla que con dedos gélidos entrelazaba los troncos de los árboles, los macizos de las celindas,  los berberis y los avellanos, los tejados de las casas y los balcones enrejados de las fachadas, los bancos de las plazuelas y las cuestas empedradas.

Se coló, húmedo, a través de las puertas de los zaguanes, mojando las hojas de las apidistras de los patios con gotas acristaladas, llorando sobre las bouganvillas y sobre el pelo de las mocitas que marchaban al mercado.

Y se dispuso a dejarse sentir hasta el final de sus días.

Enero hizo su aparición majestuoso, crudo y opaco, tal y como correspondía a su honor.     

Carta

por diariodeunpasado @ Sábado, 06. Ene, 2007 - 21:28:49

Antes que nada decirte que el mayor deseo dentro de la incógnita que desde hace tiempo atravieso es que te encuentres bien.
Hoy necesito que sepas que a pesar del tiempo transcurrido desde tu ausencia, tu recuerdo sigue en mí, real y nítido como cuando estabas a mi lado y compartíamos tantas cosas juntos. Han sido muchos segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años……disfrutando de tu compañía. Y a partir de un determinado momento, otros muchos también notando tu ausencia.
Y es que te fuiste así de repente, una mañana de verano, dejando tan solo un tímido adiós que reflejaba un pronto reencuentro. Pero no volviste. Por algún motivo que se escapa a mi comprensión desapareciste para no volver más, seguramente ordenado por alguien que me superaba en fuerzas para retenerte. Y dejaste mi corazón atravesado por la rabia y la no resignación.
No me avergüenza confesarte que los primeros meses después de tu partida y tal vez por la dureza del momento o por la rabia de mi impotencia, llegué a sentirte como un traidor que había escapado de mi vida y de mi convivencia a bocajarro, sin darme siquiera un instante de preparación a la tan temida ausencia. Luego, conforme pasaban los días y el alma conseguía irse serenando, todo el peso de la separación cayó sobre mí; no por motivos de responsabilidad o culpa, sino por no haber sido capaz de decirte en su momento lo que hubiera debido decirte. Una siempre que cree que tiene todo el tiempo del mundo para decir las cosas, que si no las dice hoy, las puede decir mañana. Y si no pasado mañana.  Que error. El tiempo pasa sin misericordia por nuestras vidas. Hoy es pronto; mañana ya es tarde. ¡Y me hice tantos reproches!... “Tal vez si yo hubiese dicho, tal vez si yo hubiese hecho, tal vez…”¡Cuantos “tal vez”!
Sin embargo con el paso del tiempo, aunque la herida sigue viva, el dolor se mitiga y hace que nuestro consciente acepte la realidad, lo cual nos hace ver las cosas desde otro ángulo y recuperamos la cordura suficiente para analizar más neutralmente el traumático episodio.
Por eso, con la serenidad que ahora me llena, quiero decirte lo que no fui capaz de decir en todo el tiempo que estuve a tu lado:
Gracias por entregarme tanto cariño y tanto amor.
Gracias por lo ser lo mejor que tuve.
Gracia padre por darme la vida, que aunque quedó rota al apagarse la tuya y mezclarse con el infinito, siempre te tiene presente. 

Que allá, donde quieras que estés y en la dimensión que te encuentres, sepas que al igual que antaño sigues estando conmigo.

Tu hija Carla

Noche De Reyes

por diariodeunpasado @ Lunes, 01. Ene, 2007 - 22:03:24

Desde hacía varios días andaba yo revuelta. Mi madre protestaba y me regañaba continuamente porque la molestaba con mi revoloteo permanente. Y es que yo, en aquellos días no me lograba asentar un solo segundo víctima de una incontrolable euforia y a la vez, y por el contrario, presa de un pánico atroz ante la incertidumbre de lo que inevitablemente tenía que acontecer: La visita en la noche del 5 de enero de los Reyes Magos.
Los Reyes Magos, tradición obligada en casa desde toda la vida, me tenían en vilo desde que las monjas (Hermanas de la Caridad) me concedían las vacaciones de Navidad el 22 de Diciembre, día en que todos los años se jugaba la Lotería de Navidad, que dicho sea de paso nunca tuvimos la fortuna de que nos tocara. Yo me llevaba todo el año pensando en el regalo que les iba a pedir, y digo el regalo porque solamente se me concedía uno, puesto que aquellos tiempos eran distintos de los de ahora, en los que los tiernos infantes reciben más regalos de los que realmente piden, y la mayoría de las veces casi ninguno son de su agrado, puesto que el consumismo, y en algunos casos la posición económica, lleva a los padres a comprar lo que ni siquiera sus hijos han pedido. Parece ser que impera el dejarles muchos sin pensar si es verdaderamente lo que les hace ilusión.
Entonces, en el tiempo que duró mi infancia, las cosas no eran así, entonces solo me estaba permitido pedir un juguete que yo cambiaba multitud de veces a lo largo del año, sobre todo en las fechas finales, que era cuando adornaban los escaparates de las tiendas típicos de navidad para exponer sus juguetes. Eso se hacía a partir del día 20 de diciembre más o menos, no como ahora, que antes de que eliminen los últimos esquicios de las rebajas de Agosto, ya están colocando los adornos navideños.
A pesar de que yo desde el principio tenía claro lo que deseaba, como digo en los últimos momentos solía cambiar de opinión y escribir una nueva carta a los Reyes Magos haciéndoles saber el cambio y pidiéndoles mil perdones por las molestias. Y ellos, como eran buenos y sabios siempre me traían lo que yo les había pedido (cuanto os lo agradezco queridos padre y madre).

 

 Ese año había pedido un cochecito de bebé con capota, y mi hermana, que siempre seguía mis pasos en todo, otro. Yo nunca había tenido un cochecito de muñecas con capota. Ni con capota ni con nada; nunca había tenido un cochecito, así que ese año andaba más desequilibrada de lo que era habitual en esas fechas.
Mi madre nos contaba historias sobre cuando Sus Majestades de Oriente traían los regalos a los niños. Nos decía que los Reyes eran muy sabios y que sin mirar siquiera eran capaces de saber si los niños estaban dormidos, o despiertos haciéndose los dormidos. A los que se hacen los dormidos para verlos – decía con un tono de advertencia y el dedo índice levantado- no les dejan ningún juguete. Se van por dónde han venido para dejarlos a otros niños. A los Reyes no les gusta que los vean porque entonces se rompe la magia.
Yo temblaba con solo pensar que una noche me despertara en plena puesta de juguetes y que se los volvieran a llevar, sobre todo ese año (yo tenía 7) con el tan esperado cochecito de capota. No hay porque tener miedo – nos decía a mi hermana y a mí – que ellos solo vienen cuando saben que los niños están verdaderamente dormidos sin intención de permanecer despiertos para verlos. Vosotras estaréis esa noche totalmente dormidas.
Y así nos acostábamos mi hermana y yo esa noche, en la misma cama y con la misma incertidumbre nerviosa, deseando de dormirnos y temiendo el no poder hacerlo, rezando por no despertar en toda la noche y rogando que nos concedieran los regalos pedidos.
A pesar de que las dos nos llevábamos como el perro y el gato (tan solo nos diferenciaban 19 meses) ese día dormíamos abrazadas, sintiéndonos inocentemente más protegida ante un posible desvelo.
Aquella noche y entre sueños comencé a escuchar sonidos extraños. Era un rac-rac que se me antojó dentro de mi ensoñación el sonido que produce el papel de regalo. ¡Dios mío no podía ser! ¡me estaba despertando! Cerré mis parpados con toda la fuerza que fui capaz (por favor que me duerma, que me duerma de nuevo) y me abracé aún más a mi hermana. No me atrevía ni a respirar pero aún así seguía oyendo pasos que pisaban intentando evitar el suelo y los golpes sordos de algo depositado cuidadosamente en el suelo. Me moví sin querer y escuché pasos precipitados que se marchaban. No pude evitar abrir los ojos, que imagino tremendos como platos en la oscuridad y mirar. Allí no había nada. ¡Por Dios Santo no me habían dejado el juguete por despertarme! ¡Mamá, mamá, mamá! Grité despertando con mis gritos a mi hermana. Mis padres acudieron raudos y veloces encendiendo todas las luces. Llegaron bostezando y con caras de dormidos (que buenos actores, nunca hubiera dudado de que habían saltado de su cama totalmente dormidos). Entre llantos y nerviosismo pude contar mi tragedia. Mi padre me acunó en sus brazos. Mi madre me tranquilizaba (a mí y a mi hermana que con tanto grito lloraba más que yo)
A mi padre se le ocurrió la idea de que tal vez hubieran dejado los juguetes en otra habitación. Claro – decía mi madre – seguramente al notar que te estabas despertando los han dejado en otro sitio. Salimos en procesión por toda la casa y allí, en un rinconcito de la cocina estaba mi cochecito de bebé con capota, y además con una muñeca de pelo largísimo acostada entre sabanitas. Yo ahora lloraba de alegría. Además parece ser que ese año había sido un buen año y también me habían dejado un juego de café y una caja de lápices de colores Alpino. A mi hermana exactamente igual.
Que buenos habían sido ese año Los Reyes Magos, y que felices nos encontrábamos. De inmediato nos pusimos a jugar ante las protesta de mis padres puesto que ni siquiera eran las dos de la madrugada, pero sin embargo mi padre preparó un chocolate caliente y mi madre se unió a nuestros juegos. Esa noche no dormimos.
Es una advertencia – sentenció mi madre – un pequeño susto porque casi te despertaste. Como no llegaste a verlos te los dejaron en la cocina, si los llegas a ver no te dejan nada.
Nunca más volví a despertarme, entre otras  cosas porque me fui haciendo mayor y la magia de los Reyes Magos comenzó a desvanecerse hasta perderse por completo. Sin embargo…

¡Cuánto agradezco a mis padres esas noches tan mágicas y tan llenas de ilusión!..


 
 

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