por
diariodeunpasado
@ Lunes, 29. Ene, 2007 - 22:05:55

Teresa se alimentaba tan solo de recuerdos. Se despertaba antes del alba con los recuerdos y, cuando ya sombras eran las dueñas de las calles, se entregaba al sueño con esos mismos recuerdos. Con ésos o con otros parecidos. Siempre recordaba. De un tiempo a esta parte recordar era, o así lo parecía, el centro de su monótona vida.
Teresa ya estaba en la edad que se considera cumbre en la vida y además de cargar con esa edad cargaba con todos sus recuerdos a las espaldas. Así estaba, claro, con las cervicales hechas una mierda (con perdón) y el lumbago que la atosigaba cada vez que se metía a hacer limpieza general en la casa. ¡Malditos recuerdos! – se decía más de una vez para sí misma - ¿Es que no voy a saber nunca de vivir en el presente? Pues no (se contestaba ella sola), no vas a ser capaz. Y sino ¿A cuento de qué te pasas el día sintonizando en la radio Onda Melodía? Ahí tan sólo emiten canciones de los 70, 80, 90.
Dicho en otras palabras Teresa vivía del pasado. Y la verdad es que no es que así lo quisiera sino que todo le vino rodado. Vete tú a saber por qué oculto motivo desde su infancia siempre tuvo la certeza de que el pasado fue mejor. Y ella no se consideraba tonta, que conste, sabía que había algo muy escondido que (¿no es así como dicen los psicólogos?) la había traumatizado y no quería vivir plenamente el presente. Siempre echaba manos del pasado. Y del futuro…. De eso ni hablar y mucho menos pensar. El futuro era algo que siempre veía lejano e inalcanzable. ¡Qué insensatez!, si ella sabía positivamente que el futuro siempre andaba a la vuelta de la esquina….pero prefería, necesitaba, echar mano del pasado para continuar con su monótona vida.
Teresa Obviaba mirarse en el espejo. La imagen que el azogue le devolvía no era la que ella esperaba ver; le hacía daño. ¡Lo que fuiste y en lo que te has convertido! Pensaba cada vez que veía reflejada su imagen. Así que procuraba evitar el para ella tan mal trago.
Así vivía Teresa, inmersa en sus recuerdos del pasado, si disfrutar el presente y dando la espalda al futuro. Así hasta que él apareció el de nuevo en su vida. El. Su amor de juventud que no pudo ser. Su amor prohibido, su ilusión, su esperanza, su todo. El encontrarlo de nuevo fue algo fortuito e inesperado, algo que ni por asomo había pasado por su imaginación, porque Teresa, aún a pesar de que vivía de recuerdos, era de las que pensaba que lo que termina, terminado queda para siempre…. Sin embargo El siempre andaba metido, no sabía ella muy bien por arte de que tipo de magia, en todos sus recuerdos; incluso había ocasiones que ella misma transformaba esos recuerdos mezclándolos con su fantasía. Jugaba a meter en el pasado algo que nunca existió, y bueno, quién era nadie para reprocharle nada. Al fin y al cabo eran sus recuerdos y su pasado. Pues punto en boca.
El día en que él apareció de nuevo Teresa andaba subida en lo más alto de una escalera limpiando la lámpara del salón, para ser más exactos quitándole las telarañas. Esto de vivir en el campo es lo que conllevaba: Se te metían bichos en todos lados. Pues así estaba Teresa cuando sonó el teléfono inalámbrico que llevaba dentro del bolsillo del albornoz.
(Pues vaya quién será el inoportuno que llama ahora) – Diga
- Hola soy yo, por favor no cuelgues.
Y Teresa se quedó así, como sin habla porque no le salía la voz del cuerpo. No colgó y lo escuchó. A la par que la voz resonaba en su oído sus piernas temblaban en el último peldaño de la escalera.
(claro que no voy a colgar, si me estaba muriendo por oírte) se decía en su interior.
Y hablaron. Y quedaron. Y volvieron a verse.
Teresa acudió a la cita con más nerviosismo que pretenciones, pero sobre todo con una ilusión hasta el momento desconocida para ella. Es difícil aceptar sentir en tu interior un sueño de adolescente cuando ya has pasado la cincuentena y te has vestido, maquillado, y engalanado con el mismo énfasis de una quinceañera para su primera cita. Acudió a esa cita con sus vivencias del presente pero anclada en el pasado. Y el pasado le hizo una jugarreta con la que ella no contaba. El no era el mismo a pesar de que sus ojos seguían brillando como luciérnagas al mirarla. El no conseguía hacerla estremecer como antes porque su ímpetu, su experiencia, su filosofía de la vida, no eran las mismas de antes. Sintió un fuerte dolor en su pecho, un dolor de decepción y desengaño. Claro que intentó por todos los medios disimularlo.
- Sigues siendo la misma de siempre (parecía complacido).
(tú no. Has caminado a la par de la vida, has madurado, has avanzado con el tiempo paso a paso. Y has dejado atrás el pasado. Yo no)
- Gracias.
Teresa regresó a casa despacio y confundida. En su interior se removían y se revelaban mil y una emociones. Se sentía engañada y desengañada. Se sentía vacía.
Llegó a casa y después de descalzarse se sentó en la mecedora del porche. Miraba las estrellas, su brillo de plata y su sutil titilar.
(las estrellas son pasado cuando su luz llega hasta nuestros ojos. No quiero regresar del pasado).
Y con movimientos apagados se dirigió a la alcoba.