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Efímero Vivir

por diariodeunpasado @ Jueves, 27. Dic, 2007 - 20:37:04


Nada que ver con La Navidad, pero estos últimos días los he tenido de profunda reflexión, y he recordado cuando en la etapa escolar las monjas nos llevaban a hacer la semana de ejercicios espirituales para reflexionar, que dicho sea de paso, ni los vivía ni los entendía, porque con 11, 12 y 13 años en lo que menos se piensa es en la espiritualidad de cada uno.

Mis pensamientos de estos días han tomado forma y se me han presentado tal y como debe ser que yo siento internamente, aunque la mayoría de las veces no sea totalmente consciente de ello.

Me he dado cuenta que ya he pasado de la mitad de mi vida, suponiendo que viviera (y tal vez esto sea una utopía) hasta los 80 años, cosa que dudo.

Se han paso tan rápido estos años….siempre he imaginado que lo que queda por delante está aún muy lejano. Es como si el tiempo corriera  muy lento y si prisas. A veces parece que ni siquiera va a llegar. Y sin embargo pasan tan raudos los segundos, los minutos, las horas… casi sin darme cuenta hoy pasa a ser mañana o pasado mañana, o fin de semana. Y así, los días, los meses, los años, van pasando tan rápidos como un parpadeo.

Soy consciente de que ese tiempo no se recupera nuca, desgraciadamente para mí aunque a otros les dé igual, pues la percepción de cada persona es distinta a la de otra.

Siempre me he dedicado a pensar en el mañana, como si para mí el mañana fuera como empezar a vivir, como nacer de nuevo. Generalmente no disfruto del presente, tan sólo del ensueño del pasado o de la esperanza  del futuro, aún a pesar de saber que dentro de ese futuro está el final de mi vida. Y ese final es algo que me da tanto miedo….

Hago las cuentas y saco a la luz cuantos Diciembres he vivido. Cincuenta y uno. O cincuenta y dos si también cuento el primero en el que aún estaba en el vientre de mi madre. Mi madre que se me escapa poco a poco porque también el tiempo corre para ella.

La realidad me hace ver que el tiempo es un traidor, que actúa desde las sombras. No lo puedo detener en los momentos felices, ni darle marcha atrás para evitar los malos momentos, ni acelerarlo para llegar a ese ilusionado futuro.

Y me imagino que el tiempo se ríe de mí, seguramente igual que lo hace de tantos otros.

 

Tan efímero es vivir….


 
 

Felicidad Para Todos

por diariodeunpasado @ Lunes, 24. Dic, 2007 - 20:13:55


Mis mejores deseos para todos, en estas entrañables Fiestas.

Besos

Hebrea

Fué Un Mes De Diciembre

por diariodeunpasado @ Viernes, 14. Dic, 2007 - 21:30:09


8.30 p.m.

Salgo del trabajo y ya es noche cerrada. Está despejado y estrellado el cielo. Un ligero y frío viento del norte remueve mis rizos y arremolina hojas en torno a mis pies. Llego hasta mi auto y me adentro en él, y el solo acto de mi respiración empaña todos los cristales y se palpa el frío

(sé que contigo jamás me faltará el calor)

que me cala hasta los huesos. Lo pongo en marcha, también la calefacción y. Paro un segundo a la espera de que el guarda de seguridad me abra la barrera para salir y le deseo buenas noches y una tranquila guardia.
A través de la autovía enfilo dirección a mi ciudad. Sintonizo la radio y me deleito escuchando a Wamp y su Lat Chrismas. Hoy no voy directamente a casa

(tú sabes que deberías hacerlo, estas cansada. Pero yo confío en tí)

sino que me dirijo hacia el centro de la localidad.
Estaciono donde puedo, me abrigo bien y me dispongo a caminar un largo trecho. Las calles aparecen ante mí bellamente iluminadas con motivos navideños,

(que pena que yo no pueda verlos)

los escaparates primorosamente engalanados luciendo sus mejores productos y todo el mundo parece derrochar amor.
El aire se inunda de ondas sonoras de villancicos infantiles y mis oídos se endulzan como dulces caramelos

(¿me darás alguno?)

en la boca de un niño.
Después de realizar las comprar regreso a casa cansada, muy cansada, pero con el espíritu henchido de Navidad, y una ilusión única y mía que cada vez se hace más intensa en mi alma.
Una buena ducha caliente, una cena ligera y me

(nos)

vamos a la cama.
Mi pareja ha tenido la gentileza de preparar la habitación. Ha prendido la chimenea de hierro que compramos el año pasado y que colocamos en un rincón del fondo y me ha dejado sobre la mesilla el libro de turno y la lamparilla a media luz. Me acuesto sola. El lo hará después de recoger la cocina. En este tiempo tengo que descansar más de lo habitual. Abro el libro pero soy incapaz de leer, así que desisto. Apago la luz y mi imaginación baila junto a las sombras de las llamas en la pared. Te sueño a mi lado

(también yo lo sueño)

imagino risas cristalinas, voces de terciopelo y una boca suave que se aferra a mi piel.
Intuyo tu calor entre mis brazos y tus primeros besos, tus caricias,

(yo imagino tus ojos mirándome fijamente, entre sorprendida y feliz)

tus mimos.... rizos azabaches,ojos almendrados que miran... me siento feliz esperándote y conscientes de que no aún no vendrás,

(tengo yo también tantas ganas de verte…)

me entrego al sueño.

Un fuerte espasmo me despierta

(¿también tú lo has sentido?)

y hace que mi cuerpo se retuerce de dolor y

(igual que me retuerzo yo)

no me atrevo a moverme por lo que me quedo quieta soportando uno tras otros los espasmos que me acosan.
A mi lado mi pareja duerme ajena a todo.
De repente siento las sábanas mojadas y espesas bajo mi cuerpo. Entonces el miedo se apodera de mí

(también a mí me duele, también tengo miedo. No me abandones)

y un grito apagado sale de mi garganta….

No estoy dormida aunque mantenga los ojos cerrados. Parezco dormida pero mis oídos escuchan y mi cuerpo siente. El dolor se ha ido, no en cambio mi miedo. Sin embargo aún mantengo la esperanza, tal vez no esté todo perdido….
Voces hablan entre sí “ hay latido cardíaco pero

(no dejes que me ocurra nada, ayúdame)

también hay desprendimiento”. Mi corazón se acelera y el miedo se apodera de m

(por favor, por favor protégeme)

porque soy consciente de lo que eso significa.
Me llevo las manos al vientre y las mantengo allí, tratando de transmitir calor y fuerzas

(te siento, siento la presión de tus manos e intento asirme a ellas)

para que no se separe de mí esa ilusión tan breve tiempo disfrutada.
Me inyectan algo en el brazo y de repente

(no me sueltes, déjame que siga contigo, para mí también es una gran ilusión)
dejo de oír

(no, no, no)

y de sentir.

Me despierta el frío y al abrir los ojos todo gira a mi alrededor. Mis manos aún reposan en mi vientre. Se acercan a mí y comienzan a hablarme. Me intentan explicar.
No hace falta. En lo más profundo de mí siento que te he fallado, que no he podido retenerte, que ya no estás, que te has ido. Vuela pues mi niño y encuentra otro seno que te sepa proteger mejor que el mío.

Entonces me permito el lujo de llorar.

((14 de diciembre de 1.99… La primera experiencia de las cuatro, casi idénticas, que forman parte de mis más grabadas vivencias.))

Humillante Mudanza

por diariodeunpasado @ Domingo, 04. Nov, 2007 - 10:27:44

Cuando ese amanecer Herminia despertó lo primero que se le vino a la mente es que el día que tenía por delante era el programado para la mudanza. Se sintió un poco intranquila y no es que eso le fuera a causar a ella un trauma, no, pero le daba como un poco de nerviosismo el cambio. Bueno, un poco no, “un mucho”. Para ser sincera no había podido dormir en toda la noche. Ella, que disfrutaba la nocturnidad en lo más hondo, se sintió molesta por el aleteo de la lechuza que cada madrugada se paseaba sobre sus árboles, y despreció el canto de los grillos que llenaban la oscuridad de las sombras. Esa noche le molestaba cualquier cosa, ante el solo pensamiento de lo que ocurriría al día siguiente.
Herminia llevaba ya muchos años habitando un humilde habitáculo de escasas dimensiones, dónde dejaba pasar lánguidamente los minutos, las horas, los días… en fin el tiempo, aunque en realidad el tiempo quedó parado para ella hacía ya mucho, tanto que ni se acordaba. No era espaciosa pero suficiente para ella, que puesto que estaba sola, no necesitaba más. Bastantes años que llevaba allí con sus pocas pertenencias que la hacían atarse al pasado: su alianza de matrimonio, su collar de perlas, sus pendientes de azabache que le regalara su amado esposo cuando aún eran novios, y una tarjeta postal de un aniversario que conservaba casi siempre entre sus manos. Esos eran para ella sus tesoros, que lo demás no tenía demasiada importancia para esta vida que llevaba.
Herminia no tenía hijos, así que el que la visitaba asiduamente era su sobrino nieto Germán. Los demás familiares parecía que se habían olvidado de ella.
Germán, en sus visitas, la hacía partícipe de sus vivencias, le hablaba de sus problemas e inquietudes y a veces le pedía consejo. Ella se lo agradecía sobremanera. Además él solía correr con todos los gastos del arrendamiento porque ella no disponía ni de una mísera paga de vejez.
Su hogar, a pesar de ser diminuto, era muy soleado porque ocupaba el piso cuarto. Además gozaba de unos preciosos jardines llenos de flores y perfumados de rosas.
Nada más instalarse, y paseando por ellos bajo el sol de la mañana conoció a sus nuevos vecinos: Elvira, que era la más antigua de todos en habitar esa zona, Gabriel, el del bajo, que siempre se quejaba de la humedad, Edelmira, una de las últimas inquilinas, y Andrés, el chico que con sólo 16 años había decidido independizarse de todo… Así rodeada, Herminia ya no se sentía tan sola y los paseos matutinos siempre los hacía acompañados por ellos, que con el tiempo, habían pasado a ser como de su familia.
Un día en su visita, Germán le dio la (triste) noticia de que debían de trasladarla de vivienda. El contrato de alquiler había vencido y al renovarlo la cuota se incrementaba en una cantidad considerable que él no podía pagar, Le contó el motivo de que la economía estaba muy mala, que ella debía comprender que el tenía que mantener a su familia y que lo mejor que podían hacer era llevarla a vivir en comunidad con gente como ella, y que resultaría totalmente gratis, que de eso se encargaba la administración. así que si ella no tenía inconveniente (por supuesto que lo tenía, pero ya se guardaría mucho de decirlo), le había buscado un lugar algo más reducido en la misma zona, pero suficiente para que se encontrara cómoda. Y claro, ella accedió. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Y ese día había llegado. Sumergida en sus pensamientos estaba cuando oyó los primeros golpes. Sabía que era la hora.
Ni siquiera intentó incorporarse sabedora como era de lo que vendría a continuación.
Tiraron de su lecho y la sacaron fuera. Hombres con guantes de látex partieron sus huesos por las articulaciones y los depositaron en una bolsa de plástico similar a la de las basuras comunitarias. Luego separaron su cabeza de las vértebras cervicales y la volcaron también en el saco. Por último metieron los negros jirones de lo que quedaba de su vestido.
(¿Qué hacemos con ésto?)
(Tíralo al contenedor de basura de la esquina.)
Y allí quedaron tirados de cualquier manera los pendientes, las perlas, el anillo y la foto enmarcada y ennegrecida.
Luego cargaron el saco y lo volcaron en una fosa común. Los huesos de Herminia se mezclaron con otros huesos ya mohosos y cubiertos de tierra y podredumbre. Muchos había, no sabría decir ella cuantos. Restos de los que un día fueron personas y que ahora aparecían despojadas de su carne. Seres cuyo recuerdo se había perdido a través de las generaciones, y vivían en el olvido del tiempo pasado, tal y cómo en determinado momento ocurriría con ella.
Se resignó a su suerte y pensó que ahora esos serían sus nuevos vecinos. Sabía que la vida consistía en eso y se dejó llevar.
Después oyó como una gruesa losa tapaba la fosa.

En el contenedor, la imagen de la fotografía lloraba.

Lo Perdido

por diariodeunpasado @ Domingo, 28. Oct, 2007 - 08:34:42

He despertado con la sensación de haber perdido algo. Siempre he ido perdiendo cosas a lo largo de mi vida, cosas tanto materiales como inmateriales, y cada pérdida me ha dejado un hueco en el alma, un hueco irrellenable, puesto que lo tengo ahí, reservado por si alguna vez (ilusa de mí), lo que he perdido vuelve.
Me duelen mucho las pérdidas. Una pérdida para mí es un desconsuelo momentáneo que se vuelve desgarrador con el tiempo y que me oprime las entrañas cada vez que lo recuerdo.
De pequeña lloraba si perdía algún juguete, algún objeto apreciado, pero mi llanto era aún mayor si lo que perdía era la partida hacia otro lugar de alguna amiga, o la ausencia de una prima a la que no dejaban dormir en casa, e incluso alguna profesora a la que trasladaban. Ahí comencé a comprender que las cosas que más duele perder son las intangibles, las que no se ven pero que se sienten desde lo más hondo.
He perdido muchas cosas a lo largo del tiempo. He perdido seres queridos, amistades únicas, situaciones de ensueño, ilusiones que se han roto a golpes de desengaños… Y también te perdí a ti, porque así tuvo que ser, porque así lo quise.
Tal vez por eso hoy amanecí con la fuerte sensación de haber perdido algo, porque soñé contigo, y en mis sueños, siempre apareces intentando colarte en el hueco que tienes guardado en mi corazón.


Dices que llevas un tiempo dándole vueltas,
Que no encuentras motivos para continuar,
No sabes si yo soy el mismo o he cambiado,
Y la cuestión es que te vas.

Te perdí,
Y no super tu necesidad, tus ganas de huir, de echar a volar
La vida es así
Y así te perdí.

No te quedan excusas a las que agarrarte,
Antes era suficiente con mi voz
Podemos ser amigos, es tu última oferta,
Son las migajas de tu amor.

Te perdí
Y no super tu necesidad, tus ganas de huir, de echar a volar
La vida es así
Y así te perdí.

Su Real Desnudez

por diariodeunpasado @ Miércoles, 24. Oct, 2007 - 21:13:16

Se puso sus mejores galas de arlequín y se cubrió el rostro con una máscara veneciana de polvos dorados que simulaba una mueca inexpresiva y vacía. Se acercó a la ventana y miró a la luna que lucía rodeada de un halo neblinoso. Supo entonces que al día siguiente habría lluvia.
Luego se dirigió a su cama y se metió en ella. Cama de barrotes dorados con gruesas bolas en las esquinas. Sábanas de hilo oliendo a espliego y a agua del arroyo.
Se llevó consigo todos los soldaditos de plomo con los que jugaba en su infancia, las cerbatanas hechas con cañas recogidas a la orilla del río, las pistolas simulando a las de las novelas de Marcial Lafuente y el tren de cajas de cerilla que le fabricó su abuelo encadenando los vagones con el hilo de La Dalia que usaba su abuela para hacer punto de cruz.
A lo lejos le pareció oir el graznar de los patos entre los puros de eneas y el aullar de los perros callejeros.
Apagó la luz y notó como la cama se elevaba y se escapaba del cuarto. El se sintió tranquilo. Como en un murmullo escuchó la voz de su abuela llamándolo para la cena a través del tiempo. Su abuela, más madre que abuela, más dulce que el azúcar y siempre con el Sagrado Corazón en la mesilla de noche.
Quiso irse con ella. Ella sabía, siempre lo supo.
Se elevó hacia las estrellas sabiendo que ella lo aguardaba. Resplandores de plata cegaron sus ojos y el vacío en derredor lo hizo ingrávido.
Entonces se quitó la ropa de arlequín y se deshizo de la máscara.
Desnudo y con los rizos negros cayendo sobre su frente se sintió verdaderamente él.
Y se sintió feliz y liberado.
Entonces decidió no volver jamás.

El Relojes

por diariodeunpasado @ Sábado, 13. Oct, 2007 - 20:23:03


Ya no se moverán más las manecillas del reloj para El Relojes. El Relojes se fue de este mundo tan desapercibidamente como llegó. Fue una madrugada de mediados de otoño cuando la temperatura tiene aún ese tinte cálido del verano y el negro techo de las madrugadas aparecen salpicado de jazmines de plata. Ese anochecer la enfermera de turno lo aseó como cada día, le puso un pañal limpio y lo acostó y lo arropó.
- Besito - dijo El Relojes - Nene besito, Nene reloj.
Y la enfermera le besó la frente y le puso el reloj entre las manos. Y así se durmió El Relojes para no despertar jamás. Tenía 45 años y padecía una oligofrenia intrauterina incluída en el grupo “difícilmente recuperable”, que le otorgaba el regalo de poder balbucear palabras torpemente y desplazarse por sí mismo, apoyado siempre en un andador, y le negaba la capacidad para controlar sus necesidades, comer por sí solo y valerse para cualquier actividad propia de una persona normal. La capacidad mental de El Relojes no superaba la de un niño de pocos meses.
Nadie recuerda cuando ni como llegó El Relojes al Hospital Psiquátrico. Ese día se pierde en la maraña del tiempo. Tan sólo se sabe que era un niño de pocos años y desde entonces el personal del Hospital pasó a ser su familia.
Le decían El Relojes porque desde siempre sintió un afán desorbitado por ellos. De las pocas palabras que solía usar, “reloj” era la que con más facilidad salía de su boca. A todos los médicos, enfermeras y cuidadoras pedía continuamente un reloj. Y ellos se los traían. Tenía el cajón de la mesilla de noche lleno de ellos: unos viejos y ajados por el tiempo, otros con las manecillas varadas vete tú a saber en qué playa, otros sin la correa… pero todos, todos, eran dignos de su admiración. A veces lo sorprendían sujeto con una mano al andador y con la otra sosteniendo un reloj al que miraba insistentemente. Quién sabe lo que pasaba entonces por la mente de El Relojes. Puede que nada y puede que mucho, que la ciencia no alcanza aún a descifrar misterios tan retorcidos. Cuando le preguntaban que qué hacía escondía inmediatamente el reloj y balbuceaba “Tito Maco beno” (Tito Marcos Bueno).
Las enfermeras le tenía cariño, y aunque para todos era El Relojes, cuando entre ellas se referían a él le llamaban “El Niño”, porque para ellas era como un niño bueno en comparación con los otros dementes a los que tenía que cuidar.
Al Relojes le gustaba que lo bañaran con el agua muy caliente, que lo peinaran con suavidad y que le pusieran en la cara agua de colonia. Entonces solía regalar una grotesca mueca que en realidad era una cariñosa sonrisa. Parecía entonces que era feliz.
No tenía padres ni hermanos, o al menos no se sabía.
Casi nunca recibía visitas familiares. Tan solo muy de tarde en tarde, (años), pasaba a visitarlo su tío Marcos, que le traía golosinas y desde luego un reloj. El Relojes lloraba cuando tu tío se marchaba. Se quedaba mirando el reloj mientras lágrimas rodaban por su cara. Lloraba en silencio. Tan sólo él sabía de su dolor, y aunque era incapaz de comprender, tampoco, de haber podido, habría comprendido el porqué la naturaleza lo creó de esa forma, porque a él no le dio la oportunidad que le otorga a otros, y porqué no tenía padres que se ocuparan de él.

Aunque todo tiene un porqué, en demasiadas ocasiones la naturaleza es muy injusta, ensañándose cruelmente con seres inocentes, que pasan por la vida como una sombra borrosa de lo que podían haber sido.

Esa noche El Relojes dejó de respirar y dejó también de sufrir. Se deshizo de todas las ataduras terrenales que lo habían mantenido preso desde su nacimiento. Dejó en el psiquiátrico su sufrimiento y su dolor, su incapacidad, su soledad… y sus relojes.


Una Tarde

por diariodeunpasado @ Martes, 09. Oct, 2007 - 06:57:53





Se iba el verano y quería llevarse con él al sol.
Fue un atardecer, agonizando ya el estío, cuando miré a lo alto y me encontré con un sol totalmente opacado por el tul blanquecino de suaves nubes que lo enturviaban. Las chicharras olvidaron su canto y el viento de levante silenció su amedrantador ulular.
Yo sentí frío en mi alma y escalofríos en mi pensamiento, porque una vez más la estación de la luz por excelencia, languidecía.
Una nueva vuelta a la tuerca de mi vida. Momentos ya vividos que quedarían por siempre en el carrusel de mis recuerdos. Sensaciones ya marchitas que jamás recobrarían el énfasis con el que fueron vividas.
Y quise ser compañera del sol y perderme con él entre la bruma de las nubes, ser parte de él y dejarme llevar por esa rueda imaginaria del tiempo.
Sin embargo me quedé allí quieta, contemplando el mar, que a lo lejos que se mostraba gris plomo y sin oleaje, observando el vuelo de la tórtola buscando donde cobijarse, oliendo a sal y a algas en la distancia.



Fui más consciente que nunca de cómo todo cambia tan sutilmente.

Y se hizo en mí patente la certeza de que ya no soy lo que fui, ni tampoco lo que seré.

Rabia

por diariodeunpasado @ Miércoles, 03. Oct, 2007 - 19:48:33

ALCALA DE GUADAIRA

Mi Ciudad
Mis Calles
Mi Gente
Mi Rabia
Mi Impotencia
Mi Pena
Mi Dolor







Y mis lágrimas por las vidas que se llevó el agua, vecinas, paisanas, buenas personas. Inocentes.

pd: Estos videos pueden considerarse laigh con la cruda realidad vivida.

Te Está Doliendo Una Pena

por diariodeunpasado @ Viernes, 28. Sep, 2007 - 20:33:26


Yo sé que te está doliendo una pena. La vida, que a veces no entiende de sentimientos ni de compasiones, ha abierto ante ti senderos dolorosos y la disyuntiva de cual de ellos es el más apropiado para que no sufráis ni tú, ni aquél que tanto necesita ahora de tí.
Por eso te duele una pena.
Y yo siento la necesidad de estar en estos momentos a tu lado. Poca cosa, ya ves, que seguramente para nada conseguiría aliviar tu dolor. Pero así lo siento.
Sin embargo, y como ya te he dicho que la vida a veces no entiende de sentimientos ni de compasiones, cometió la torpeza de colocarnos en lugares largamente distantes entre las dos.
A ti allí dónde el verde bosque se vuelve denso y umbrío, dónde las Xanas se bañan escondidas en las cristalinas aguas bajo la luna, y el Cuélebres habita en la oscuridad de su cueva, dónde el corazón blanco de la nieve llega a derretirse ante el calor y la candidez de tu alma.
A mí, aquí, tierra de albero amarillo, de sol inmisericorde en las tardes de verano,
de olivos en tierras secas y naranjos cubiertos de azahar los anocheceres de abril.
Ya ves que injusticia cuando yo desearía acompañarte, animar tu alma encrucijada e intentar que vuele como las cometas de los chiquillos en la playa, como siempre ha volado.
Es muy poco lo que puedo ofrecerte, más aún en la distancia, sin embargo quiero que sepas que a mí me duele tu pena, y que yo no creo en Nada, pero de mis labios sale un suspiro de deseo de que todo se solucione.

Ni siquiera nos conocemos, pero te siento mi amiga.

Miedo

por diariodeunpasado @ Jueves, 27. Sep, 2007 - 20:23:56

Supongo que todos hemos sentido ese miedo alguna vez.
Miedo a perder algo querido.
Miedo a no conseguir lo deseado.
Miedo a que nos digan adiós….
Al menos a mí, me ha pasado, y ese miedo no lo he olvidado nunca.


Para empezar, diré que es el final.
No es un final feliz, tan sólo es un final.
Pero parece ser
Que ya no hay vuelta atrás.

Solo te di diamantes de carbón,
Rompí tu mundo en dos,
Rompí tu corazón.
Y ahora tu mundo está burlándose de mí.

Miedo
De volver a los infiernos,
Miedo a que me tengas miedo
A tenerte que olvidar.

Miedo
De quererte sin quererlo
De encontrarte de repente
De no verte nunca más.

Oigo tu voz, siempre antes de dormir
Me acuesto junto a ti
Y a aunque no estás aquí
La claridad eres tú.

Miedo
De volver a los infiernos,
Miedo a que me tengas miedo
A tenerte que olvidar.

Miedo
De quererte sin quererlo
De encontrarte de repente
De no verte nunca más.

Ya sé que es final, no habrá segunda parte
Y no se como hacer para borrarte.

Para empezar, diré que es el final…

Y allí en el infierno oigo tu voz.

El Lugar Del Otro

por diariodeunpasado @ Domingo, 23. Sep, 2007 - 09:43:50

Que difícil me resultan a veces las relaciones personales. Ya sean amorosas, fraternales, laborales, o simplemente cotidianas, hay momentos en los que me supera el deseo de tirar la toalla, romper con todo y seguir mi camino sola, porque siento que es una manera de evitar los compromisos.
En determinadas ocasiones me supera uno de los grandes defectos que llevo dentro, el egoísmo, y entonces, sintiendo amor tan sólo por mí, cualquier situación que me resulte contradictoria me abduce, convirtiéndome en víctima de aquello o aquél que sea lo que haya provocado la situación.
Paso entonces a la fase de rabia y ofuscación, creyéndome el centro del universo, reo inocente al que intentan apedrear, acosada injustamente y humillada sin motivos.
Y así, dándome pena yo misma, el imperante deseo de pasar de ser acosada a acosadora, de víctima a verdugo, hace mella en mí.
Sin embargo, nunca llego a ser acosadora ni verdugo. Cuando ya me parece estar tocando fondo, el eco de una frase comienza a surgir desde lo más profundo de mi mente y a tomar forma en toda la extensión de las palabras:

“Ponte en el lugar del otro antes de actuar”.

Es la voz de mi padre, que desde pequeñita me inculcó esa frase y aunque nunca he llegado a saber el motivo, antes de tocar fondo sus palabras pasan a ser lo más primordial e importante en mi vida.
Entonces me pongo en el lugar del otro. Y siento lo que el otro siente e intento pensar como el otro piensa.

Y comprendo.

Entiendo que cada ser humano (y aunque cortados por el mismo patrón), es distinto, que sus situaciones no tienen porque ser necesariamente iguales a las mías, ni sus reacciones o sentimientos parejos a los míos.
Siento vergüenza entonces de mis primitivas y egoístas reacciones y una gran paz me invade. La comprensión se hace en mí tangible y el amor, del tipo que sea, vuelve a tomar el mando.

Y siento agradecimiento (aunque no sé a qué o a quién) por haberme dado un padre que puso en mi alma una frase con tanta coherencia y que aún llevo, y que no se perdió cuando el partió hacia otra dimensión.

Cuando El Sol Se Va

por diariodeunpasado @ Jueves, 13. Sep, 2007 - 09:58:42

He sentido la necesidad de compartir los atardeceres que me han acompañado en estos días de relax y descanso.
Tal vez las fotos no son lo suficientemente buenas ya que he tenido que reducirlas para poderlas colgar.
Pero la música de Elton John creo que lo compensa todo. No dejeis de oirla.



Elton John - Sorry Seems To Be The Hardest Word

Cuando mi única compañía era el rumor de las olas...

...el sonido del vuelo de las gabiotas...

...Cuando el entorno se desintegraba en tonos de oro...

...Y cuando el sabor salino envolvía mis labios...

...me he sentido muy afortunada...

...porque tengo sentidos para notar la belleza de la naturaleza...

...alma para sentirla y corazón para disfrutarla...

...y sobre todo por estar VIVA.

La Luz

por diariodeunpasado @ Miércoles, 29. Ago, 2007 - 21:03:04

Ella todas las noches deja la luz de la mesilla encendida. No le gusta dormir con la luz apagada porque no le gusta la oscuridad. Nunca le ha gustado. Ya desde pequeña instaba a su madre a que no la dejara a oscuras para dormir. Nunca dormía a oscuras. Ahora tampoco lo hace. Duerme toda la noche con la luz encendida. Toda la noche excepto, y al igual que antaño, esos minutos (interminables minutos entre las 2:10 y las 2:15) en que se apaga sin que ella sepa el motivo.

Y en la oscuridad lo siente aproximarse, acercarse a ella y sentarse a su lado. Ella no lo conoce, nunca lo ha visto porque nunca abre los ojos, pero si sabe de su olor. Olor a humedad corrompida y a vapores añejos.
Comienza a temblar y el sudor del miedo empapa su cuerpo.
Quiere hacerse pequeña, enroscarse sobre sí misma y volverse invisible. Aprieta aún más los ojos y se tapa los oídos para no escuchar la estertórea respiración, esperando, como cada noche, el momento en que unas manos gélidas comiencen a acariciarla en lo más profundo de su cuerpo.

Y se queda así quieta, contando los segundos, los minutos que faltan para que vuelva a encenderse de nuevo la luz, soportando humillantemente el aliento infecto junto a su rostro.
Todo está en silencio, tan sólo llenan la estancia la agitada respiración y el castañear de sus dientes.

Como un flash la luz se enciende de repente y ella abre los ojos. Nada. Nadie.

Entonces ella se relaja y se vuelve a dormir.

Y duerme con la esperanza de que la noche siguiente también vuelva, aunque sabe que siempre vuelve.

Porque él sabe que ella lo necesita.

Agosto Languidece

por diariodeunpasado @ Sábado, 25. Ago, 2007 - 20:02:51


Viernes 24  de Agosto de 2007, 7:35 a.m.

 

Agosto languidece se apaga como una lamparilla carente de aceite.

Agosto se ha tornado gris y nebuloso. Presagia lluvia. Huele a lluvia, a tierra mojada, a humedad, a otoño temprano.

Me salgo fuera a escribir mientras contemplo este amanecer que llega cargado de la electricidad de la tormenta.

Aún no es de día y ya se adivinan entre la oscuridad  nubarrones negros ahítos de húmedas gotas prontas a derramarse.

Sopla el viento que que vuela bajo, a ras del suelo, arrastrando hojas y barriendo mis piernas. Me sopla en el pelo y me susurra un murmullo incomprensible en mis oídos.

Balancea al ciprés que en su balanceo tal y parece que le hace una reverencia a la falsa pimienta que crece a su lado. Es bello su baile. Cuanta majestuosidad esconde.

Agosto, caballero del estío más tórrido, se desmadeja entre jirones de nubes oscuras y sombras a destiempo.

Agosto se deshace, se resquebraja, se rompe en un tiempo que no le corresponde.

Agosto se muere.

Cuéntame

por diariodeunpasado @ Viernes, 24. Ago, 2007 - 20:46:22

Sevilla De Noche


¿Quién no ha querido alguna vez que le cuenten lo que desea escuchar en una noche mágica? Yo al menos sí.



Cuéntame - Romero Sanjuán



Cuéntame,
Cómo te va la vida ahora,
Si me recuerdas o me añoras.
Cuéntame.

Cuéntame,
De aquél atardecer del río,
De aquellos besos tuyos y míos,
Cuéntame.

Cuéntame lo que tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

Ámame,
Como se aman los amantes,
Que lo dan todo en un instante.
Ámame.

Ámame,
Porque tu amor me ha roto el alma,
Y solo tú me das la calma.
Ámame.

Ámame como tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

 Llévame,
Llévame a dónde el tiempo y la memoria,
Formen una sola noria.
Llévame.

Llévame,
Al paraíso de tus sueños,
Donde yo solo sea tu dueño.
Llévame.

Llévame dónde tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

Quiéreme.
Quiéreme y dímelo calladamente,
Que puede murmurar la gente.
Quiéreme.

Quiéreme
Y dame aquél beso robado,
Que ni las flores me han borrado.
Quiéreme.

Quiéreme como tú quieras,
Cuéntame aunque sean mentiras.
Cuéntame.

 

(Rafael Romero Sanjuán)

El Camino De La Sensatez

por diariodeunpasado @ Sábado, 18. Ago, 2007 - 21:25:25

Hoy alguien me hizo retroceder atrás en el tiempo.
Hizo que llegara hasta mí una canción de Sabina y esa canción arrastró consigo otra y otra y el presente real desapareció y el pasado se hizo presente.

Y allí, envuelto entre las melodiosas notas de la desgarrada voz de Sabina estabas tú.
Con tu camisa azul cobalto, tus jeans desgatados, tu reloj con la posición de la luna…Y con tus ojos. Nunca me cansaré de hablar de esos maravillosos ojos y creo que nunca me hubiera cansado de mirarme en ellos.

Ya ves, hay algo desconocido que impide que me olvide de ti, de tantos momentos mágicos vividos, de tantos instantes en los que nos parecía desaparecer dentro del otro, como absorbidos por una fuerza interior que nos arrastraba.

Cuán felices fuimos aún a sabiendas de que no deberíamos serlo. Que sensación de culpabilidad, cuando nuestros corazones se henchían con la sola presencia del otro haciéndonos flotar, cuando en realidad lo “correcto” hubiera sido arrepentirse de esos sentimientos..

Culpabilidad por nacer en nosotros un amor a destiempo.
Culpabilidad por sentir nuestros latidos se aceleraban al sentirnos cerca; por pasar muchas tardes dialogando ante una taza de café, por tomarnos las manos y sentir correr electricidad por nuestros cuerpos.

Pero no, nunca nos sentimos culpables  porque el amor que nos unía era puro, limpio, luminoso. Amor que nos nacía de dentro y que teníamos que contener porque no nos estaba permitido experimentarlo.

No, culpables no. Víctimas sí.

Y yo sé que a ti te pasa lo mismo que a mí.

Desgraciadamente tomamos el camino de la “sensatez”.

Cristina

por diariodeunpasado @ Martes, 14. Ago, 2007 - 20:29:02

La habitación estaba en penumbras aunque una pequeña abertura en las cortinas dejaba entrever la luz del exterior. No hacía ni calor ni frío, parecía que no existiera temperatura en la estancia.
La mujer jugueteaba con sus dedos inquieta, a la expectativa.
(¿Lo sientes?) Retumbó la voz.
Respondió que no, que no sentía nada.
(Está aquí, a tu lado. Te abraza)
Se desbocó su corazón y un dolor punzante le oprimió el pecho. Ella seguía sin sentir nada. Ni un leve roce, ni un pálpito en sus hombros. Nada.
(Su cara es angelical y te está sonriendo. Su sonrisa es toda ternura y felicidad)
El loco galopar de su corazón se hizo más intenso. Un tenue temblor se dejó entrever en sus manos.
(Te habla, te está hablando)
Ella quería decir algo, preguntar, pero la voz no le salía del cuerpo. Se mantuvo en silencio durante unos segundos y al luego, haciendo un intenso esfuerzo logró sacar un hilo de voz.
¿Qué dice?
(Dice que te estés tranquila, que no sufras, que él está muy feliz y siempre a tu lado. No quiere que estés triste. El se entristece cuando lo haces tú)
El dolor se hizo más agudo. Casi no podía respirar. Las ideas se arremolinaban en su cabeza e intentaba sacarlas fuera, expresarlas, pero no podía. Estaba confusa.
(Te ha tomado la cara entre sus manos y te mira. Dice que recuerda el día en que discutíais en el césped cuando él era niño y que al final terminasteis jugando entre bromas)
Ahora sí que se le paró el corazón. Un millón de alfileres se clavaron por todo su cuerpo dejándola aturdida. Ese episodio tan sólo lo conocía ella.
Las lágrimas comenzaron a brotar y a brotar como agua de manantial. Se derramaban por sus mejillas en tropel hasta la comisura de su boca.
(Te limpia las lágrimas con sus manos)
Ella ya no podía más. Era demasiado dolor. Demasiado fuerte. Sintió miedo de no poder dominar la situación. A pesar de eso y con un esfuerzo sobrehumano logró preguntar: ¿Sufrió?
(Dice que no. No recuerda nada. Tan sólo un auto blanco. Cuando despertó ya estaba en otra dimensión.)
Ella pidió que le dijera que lo quería mucho, que se sentía muy culpable por las veces en que lo había reprendido y castigado ante su desobediencia o su mal comportamiento, que lo cambiaría todo porque él volviera de nuevo.
(Contesta que no te preocupes, que sabe que lo hacías por su bienestar y que todo está bien en él)
Ella ya no podía continuar. Se derrumbó entre sollozos y estremecimientos. Se quedó sin voz y sin pensamiento. No cabía dentro de ella tanto dolor.
(Sabe que estás mal y quiere que regreses a casa. Antes quiere pedirte algo)
¿Qué?
(Quieres que le transmitas a Cristina que no le guarda rencor, que todo fue cosa de adolescentes, que se quede tranquila y que no sienta remordimientos)
¿Cristina? ¿Quién es Cristina? No conozco a ninguna Cristina.
(Dice que es una compañera de instituto con la que no se llevaba demasiado bien)
A partir de ahí ella no se acuerda de nada más. Cuando reaccionó ya se encontraba de nuevo en su casa.
Lo primero que hizo fue tomar la agenda de él y buscar en la letra C. Casi al final aparecía una tal Cristina y un número de teléfono que se apresuró a marcar.
- ¿Diga? – respondió una voz de adolescente.
- ¿Cristina?
- Sí.
- Soy la madre de….

- Y Cristina comenzó a llorar.

 

 

 

La Misteriosa Tía Julia

por diariodeunpasado @ Viernes, 10. Ago, 2007 - 09:02:40

 

 

No contaba yo más de siete años y ya, junto con mi hermana de cinco, solía pasar algunos días del estío en la huerta que poseían los abuelos de mis amigas en las afueras de la ciudad, en pleno campo. Era una huerta familiar con animales (gallinas, conejos, cerdos, vacas) y un extenso terreno de árboles frutales además de cultivar todo tipo de verduras y hortalizas que luego vendían en el mercado junto con la leche de las vacas.

Y también tenía una alberca dónde el agua entraba y salía continua y directamente del manantial. Agua fresca proveniente de lo más profundo de la tierra y que llenaba la alberca para escapar después y regar los huertos y la arboleda. Yo disfrutaba bañándome en la alberca a pesar de que la frialdad del agua me entumecía el cuerpo. Era un lugar de juego y de disfrute para nosotros siempre y cuando no apareciera la tía Julia.

La tía Julia era la hermana menor de la madre de mis amigas.  Era joven, poco más que una adolescente, pero era siniestra y oscura. Misteriosa. Se paseaba por la casa o entre los huertos como una sombra. De repente mirabas a tu lado y allí estaba, callada y seria. Observando. No sabía yo cómo hacía para aparecer y desaparecer de esa forma tan silenciosa, sin movimientos. Incluso caminaba como si no posase los pies en el suelo, como deslizándose. Mi corazón saltaba como un loco cuando la sentía junto a mí.

Si nos estábamos bañando con gritos y alborotos en la alberca, ella nos observaba desde el borde con mirada penetrante. Parecía que ni siquiera parpadeaba. No hablaba. Tan solo nos miraba.

Un día  dentro del agua, nuestros juegos se rompieron de repente. Pasamos en un instante de la risa al horror. Ella estaba en la alberca. No la vimos, no la oímos, no sentimos el movimiento del agua cuando un cuerpo se lanza a ella. Nada. Pero allí estaba. Solo veíamos un bulto bajo la superficie. Ella no sabía nadar. Nuestros gritos alertaron a los hermanos y los padres (casi dos ancianos). La sacaron entre la violencia de los varones y las arcadas de ella. Solo tos y arcadas. Ni lloraba ni se lamentaba ni explicaba nada. No hablaba.

Recuerdo que nos arremolinamos en una esquina de la alberca con más curiosidad que miedo a pesar de que nuestros cuerpos tiritaban y no por el frío.

(¿Por qué está así tu tía?)

(Mi madre dice que es porque un día cuando estaba con la regla comió muchas morcillas calientes de la matanza del cerdo que la abuela Ana acababa de hacer. Y se volvió así, loca. No se pueden comer morcillas calientes cuando se está con la regla.)

Con esa edad ni ella ni yo sabíamos lo que era la regla, con lo que el misterio y la intriga tomaban para mí