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Mis Deseos Para Todos

por diariodeunpasado @ Sábado, 30. Dic, 2006 - 21:37:41
salto angel

FELIZ AÑO NUEVO

año nuevo

 
 

Tras El Cristal

por diariodeunpasado @ Jueves, 28. Dic, 2006 - 22:41:57

El anochecer apareció emborronado de nubes negras que avanzaban hacia el este empujadas por el viento de poniente, dejando entrever entre unas y otras en su peregrinada, alguna que otra estrella que antes habían mantenido ocultas. El viento nocturno azotaba álamos, zarandeaba los juncos a la orilla del río y mecía los macizos de lavandas.

Ella, en la penumbra, miraba tras la ventana, esperando. En la estancia el silencio era absoluto, tan sólo interrumpido a cada segundo por el tic-tac del desvencijado reloj colgado sobre el aparador. Estaba a solas con el silencio y la oscuridad, y con el tic-tac; y de cuando en cuando con el ulular del viento. Pasaban los instantes, los minutos, tal vez las horas y ella se mantenía impasible tras los cristales queriendo ver más allá de dónde su vista le permitía.

A lo lejos el cárabo llamó a su pareja lastimeramente. Los nubarrones se tornaron más densos pero el viento los barría con furia incontenida y en determinado momento dejaron que asomara la luna, que lo bañó todo de plata.

Ella vio como el paisaje nocturno cobraba una luminosidad metálica y quiso alearse con el paisaje, volverse de plata y sentir frío su corazón.

Como cada noche intuyó que su espera no tendría respuesta, que su soledad se alargaría hasta el amanecer y que su noche estaría llena de desesperanza. Quiso hacerse etérea y galopar junto con las nubes hacia dónde el viento de poniente la llevara. Se entregaba a él y se ponía en sus manos. Volar con su fuerza y asentarse en un lugar dónde el desamor no tuviera cabida….

Cesó el viento y se disiparon las nubes. El cielo lucía hasta el infinito con luces metálicas. La luna burlona le hizo un guiño. Y ella supo que esa noche no sería diferente a las demás.

Tampoco él vendría esa noche.

Marido Mío

por diariodeunpasado @ Miércoles, 27. Dic, 2006 - 13:37:43

Quiero compartir con todos vosotros este poema nacido de la inspiración de una amiga mía. A mí me impactó por lo que en sí encierra y por su estupenda composición, aunque ella (a quién le puede la modestia) le resta importancia.
Me gustaría saber vuestra opinión.
Besitos para todos.





MARIDO MIO

Me conformo con que no me des la espalda
aunque pierdas la mirada ante mis ojos,
aunque pongas grueso escudo a mis palabras
haciendo de mis súplicas un toldo.


Por amarte puse rumbo hacia el oeste
derramándome al correr tras tus pisadas
poca cosa me ha quedado que ofrecerte
y aún espero recompensa a tal cruzada.


Has jugado a marchitar un rostro joven
esquivando emociones y sonrisas
    ( te las cambio por sollozos y reproches
            y si no te gusta... vete de mi vida).


Educada, como se educa al maltrato
para que no quede duda de mi culpa.
Has pegado ya mi alma a tus zapatos
y aun así yo te venero si los usas.


Hazme un sitio que me llama hoy la estima,
de muy lejos ha venido a sorprenderme,
en el horno tienes lista la malicia
ve sirviéndote, quizás yo no regrese.

 

m@ty.


A Todos Vosotros

por diariodeunpasado @ Viernes, 22. Dic, 2006 - 21:57:04

Me hubiera gustado felicitarros uno a uno personalmente, pero no tengo todas las direcciones de vuestros correos, así que a todos los que se pasen por este espacio les deseo:


Muy Felices Fiestas

                                

La Noche Buena De Carmela

por diariodeunpasado @ Domingo, 17. Dic, 2006 - 21:59:32

Carmela volvió a su casa aquel 24 de Diciembre sobre las dos del medio día. Se descalzó nada más pisar el recibidor y dejó los zapatos tirados de mala manera sobre la esterilla de la entrada. Le dolían los pies; la jornada laboral había sido agotadora. Ni siquiera por ser día de Noche Buena el trabajo se había relajado sino que muy al contrario se había convertido en galopantes carreras contra reloj entre los informes y las presiones a las que la sometía su jefe. Carmela comprendía que su trabajo era así, y que su jefe también era así, pero esos días cuando regresaba a casa volvía con la sensación de llevar una pesada losa sobre su espalda. Y mira que ya llevaba tiempo en ese trabajo y tenía suficiente experiencia como para no asustarse de nada, pero que va, los días que salían así siempre la tomaban por sorpresa. Por eso lo primero que hizo fue deshacerse de los zapatos. Sus pies estaban doloridos de tanto recorrerse el poco trecho que había desde su mesa al despacho de su jefe cada vez que él la llamaba (que eran muchas, muchísimas) y que ella sentía siempre la tentación de decirle ¿Y no puedes venir tú aquí a decirme lo que quieres?, pero claro, eso para la mente de Carmela era impensable porque ella trataba a su jefe como un superior y lo último que se le hubiera ocurrido era tratar de imponerse.
Por eso se pasó toda la mañana con el pensamiento dividido en dos importantes causas: realizar bien su trabajo y programar la cena familiar navideña que esa noche celebraría en su casa como cada año. Era toda una suerte acompañarse de la familia en fechas importantes. Por decisión propia y a raíz de aquel maldito desengaño amoroso, había tomado la determinación de no compartir su vida con nadie. Excepto en días tan señalados como hoy. Cuando ya se pasa de los cuarenta no siempre apetece tanto la soledad.
El familiar aroma de su casa la reconfortó. Olía a alhucema, tal y como olía en la casa de sus padres cuando era pequeña. Olía también a jazmines moriscos, de los que siempre tenía un ramito en la mesilla de noche, y a canela. Carmela solía poner unos palitos de canela en el buró de la entrada para, según decía, ahuyentar los efluvios negativos, cosa que nunca llegó a creer del todo porque en esos temas era una escéptica, pero por si acaso… y se sonreía pensando que ese “por si acaso” más podría significar “por seguridad”.
Entró descalza en la sala-comedor y se sirvió una copa de vino. Cargó el reproductor de C.D. con temas de Leonard Cohen y se sentó en la alfombra delante de la lumbre. Necesitaba unos momentos para relajarse antes de meterse en la faena de cocinar para la cena. Como cada año su familia llegaría a las primeras luces del crepúsculo. Miraba absorta las llamas de la candela y se le antojaron bailarinas ejecutando una danza frenética tal vez intentado escapar para no quemarse vilmente como Juana de Arco. Mientras las observaba pensaba en el pavo que tenía preparado para meter en el horno, en la ensalada de piña y mariscos que aún tenía que confeccionar y en como iba a decorar las bandejas con los típicos dulces navideños. ¡Lo que hubiera dado ella de pequeña por tener una cena como la que iba a preparar ese día! Pero claro, cuando Carmela era pequeña los tiempos no eran los de ahora. La economía familiar era escasa y no podían permitirse ningún lujo ni siquiera en esas fechas, aunque eso sí, la caja de mantecados “El Patriarca” siempre estaba presente en la mesa. Faltaría más – decía su padre – que mi familia no tuviera ni un alfajor que llevarse a la boca, y se le notaba el orgullo y la satisfacción al decirlo.
Las luces del árbol de navidad que había colocado en un rincón junto a la ventana le hacían guiños insinuantes y Carmela se reía de esos guiños. Por momentos le parecieron duendecillos ocultándose entre las ramas y las bolas doradas. Cuando llegaran los sobrinos les diría que los había visto correr a esconderse y disfrutaría viendo sus caritas crédulas y decepcionadas por no verlos ellos. A Carmela le gustaba soñar despierta, jugar con la imaginación, meterse a veces en ese otro mundo del que no somos conscientes pero que todos llevamos dentro, como cuando era una niña y se ocultaba entre las plantas del patio para sumergirse en historias que, según pensaba, un día se harían realidad.
Apuró el vino y comió una manzana. A continuación comenzó los preparativos en la cocina. Elaboró la ensalada y metió el pavo en el horno. Era un pavo enorme (porque claro, los comensales llegarían a pasar de los 15) y tardaría algún tiempo en cocinarse. Justo estaría en su punto cuando los primeros llegaran a casa. Luego colocó en la mesa el mantel con bordes de encajes de bolillos tejido por su abuela (que pena que su abuela ya no se encontrara entre ellos) y en medio depositó un centro de velas rojas a distintas alturas rodeadas de ramas de muérdago. A continuación se metió en la ducha. Le apetecía sentir correr por su piel el agua caliente para liberarse totalmente de las tensiones. Tatareó “pequeño vals vienés” al compás de Leonard mientras sentía la suave caricia del agua reconfortante. Cuando salió del baño toda la energía negativa se había escapado de ella como por arte de magia. Miró el reloj que lucía algo desvencijado en la pared de la sala, ¡puff! Como que ya se estaba haciendo tarde…. Más que correr voló hacia el armario para vestirse.
 Carmela, y no es que lo hubiera hecho a conciencia,  se vistió ese día totalmente de rojo.  Su color favorito. Falda roja, camisa roja (desabotonada hasta dónde comienzan los senos) y zapatos rojos de alto tacón. Hasta el pelo que llevaba recogido desmadejadamente en una trenza tenía su final atado con una cinta roja. Se maquilló y se perfumó como la ocasión merecía y comenzó la labor de poner la mesa. Sacó del aparador la cristalería de bohemia tallada a mano, la vajilla de La Cartuja y la cubertería de plata que mantenía impoluta, ordenadamente en su caja, todo conservado religiosamente para las ocasiones especiales.
La sacó de su quehacer el timbre de la puerta. ¡Ya llegan! – se dijo para sí ahíta de emoción y nerviosismo. Poco a poco fueron desfilando ante ella con fraternales farazos y besos. El jolgorio de los niños alborotaba la estancia. Todos gritaban de nerviosismo ante la vista de los regalos fielmente empaquetados con papel de fantasía que descansaban a los pies del árbol. Se sentaron a la mesa y a partir de ahí Carmela se adentró en el mundo mágico de la felicidad que produce estar rodeada de los seres queridos. Sus hermanos le gastaban bromas sobre su vida ermitaña, sus sobrinos intentaban asustarla mostrándose ante ellas con máscaras terroríficas, su madre no dejaba de alabarla por la exquisitez de las viandas y su padre la acaparó en la eterna conversación sobre política (de la cual ella pasaba olímpicamente pero que la hacía disfrutar viendo como su padre disfrutaba a su vez.) Brindaron con el mejor cava y quedaron ahítos de turrones y polvorones. Luego, ya llegadas las 12 procedieron a desenvolver los regalos con el alborozo y la algarabía que se suele formar en esos momentos. Y como broche final cantaron villancicos con zambombas y panderetas.
Carmela se sentía feliz, plena, realizada. ¡Era algo tan importante no perder la tradición y amar y ser amado por los suyos…!
Hora del adiós ya casi de madrugada. Los despidió en la puerta uno a uno mientras se enredaba en sus brazos. ¡Cuánta paz, cuánta serenidad anidaba en su alma¡
Una vez sola se sirvió la última copa y volvió a sentarse en la alfombra ante la chimenea, disfrutando de esos momentos de soledad donde la compañía aún estaba presente dentro de ella. La vida le parecía bella y el mundo maravilloso. Merecía la pena vivir. 

Un prematuro rayo de sol que se coló furtivamente por la ventana la despertó de su sueño. Vaya, si se había dormido y en alas del sueño pasó la noche sobre la alfombra… Era hora de prepararse un café bien cargado y proceder recoger y todo lo que con tanta dedicación había preparado.
Retiró el intacto pavo y lo metió en la nevera al igual que la ensalada sin tocar  y las botellas de cava sin abrir. Volvió a colocar la cristalería tallada de bohemia y la vajilla de La Cartuja en el aparador, todo sin usar. La cubertería de plata regreso a su estuche para esperar durante todo un año a ser sacada de nuevo, y el mantel de encajes de su abuela dormiría en el cajón primorosamente doblado. A los pies del árbol aún descansaban sin abrir los regalos. Era hora de devolverlos de nuevo al altillo del armario como cada 25 de Diciembre.

Mientras saboreaba el café miraba tras la ventana como amanecía el día. La luminosidad la hizo sentirse triste y una lágrima subversiva se le escapó a su pesar. Ahora se sentía sola, sin embargo…. Era tan entrañables las cenas navideñas con esa familia que nunca había tenido….  Carmela les agradecía de todo corazón que la hubieran acompañado. Aunque sólo hubiera sido en su imaginación.

 

Con Su Soledad

por diariodeunpasado @ Lunes, 04. Dic, 2006 - 20:30:37

Se sienta en la mecedora como cada tarde a tejer ganchillo. A pesar de que está enfundada en la bata de estar por casa, cubre sus piernas con una manta multicolor, hecha de restos de lana, también tejida por ella. No es que haga mucho frío a pesar de que no se vislumbró el sol en todo el día, pero hoy, a estas horas y con esta edad, ya se sabe, en cualquier momento puede aparecer ese frío tan intenso que se cuela hasta los huesos.
Tiene frente a ella el televisor encendido a todo volumen porque su sentido de la audición no es lo que era antaño. Mientras teje, le gusta ver ese programa de las tardes en las que una procesión de setentañeras visita el plató para ver en directo como a los invitados se les concede (por sorpresa) sus más anhelados deseos.
A sus pies su fiel perro Roki retoza entre su cama y la gamuza de sus zapatillas. Al muy bandido le gusta sentir el calor de sus pies hinchados y ella, aunque no lo reconozca, agradece su calor, porque los pies también se le ponen a veces muy fríos, igual que las manos, que casi se le quedan dormidas de vez en cuando con un ligero hormigueo que le sube hasta el codo (la próxima vez que vaya al Dr. Don Lorenzo le pediré alguna pastilla para eso) – piensa en su interior – aunque la verdad es que Don Lorenzo anda ya un poco cansado de sus numerosas visitas pidiendo imposibles. Don Lorenzo piensa que el no es Dios y que a partir de cierta edad, la medicina ya hace poco y hay que conformarse con los cuidados paliativos; pero eso ella no es capaz de asimilarlo. O puede ser que no sea capaz de admitirlo.
El fiel perro se agita inquiero sobre sus pies (¿Y ahora que es lo que quieres? Si tienes hambre vas a la cocina y te comes el pienso que antes desechaste. Pues no están los tiempos como para derrochar. Y si no, haz tú las cuentas. De la mísera paga de jubilada que tengo he de sacar para los gastos de la casa y la comida, y eso sin contar con los extras, que son los peores: que si el cumpleaños de los nietos, que si echar una manita a las hijas, que si el regalito de bodas para el hijo de aquella amistad…… Así que a comerte el pienso).
Sin embargo el perro no se mueve de su sitio y ella continúa su tejer sin descanso.
En estos momentos es el único pasatiempo que tiene. Se levanta temprano para adecentar su casa y luego, a tejer. Así, a simple vista, parece que está feliz, que no tiene motivos de preocupación, que con su ganchillo, su perro y sus pertenencias es dichosa.
Sin embargo yo se mirar en su interior. Se que ella sabe que su vida, pasado ya los ochenta, ha recorrido la mayor parte del camino que tenía trazado, que lo que le resta por andar nunca será tan llevadero como lo ya andado.
Yo sé que siente añoranza e incluso angustia cuando echa la vista atrás y vuelve a vivir esos momentos rodeada de hijos pequeños, apoyada por su compañero durante tantos años y que un día, de repente y sin avisar, partió hacia ese otro mundo que no se conoce y del que tanto hablan todos pero que nadie ha visitado y del que ninguno de los que partieron ha vuelto. Se fue para siempre y se llevó consigo una parte de ella. Eso la pone triste. Ella sabe que no hay nada más valorado que lo que se pierde en el camino y no se vuelve a recuperar. Y ella ha perdido muchas cosas, pero la peor, ésa.
No se siente inútil pero tampoco cree ser de demasiada ayuda para los suyos.
Los suyos ahora están casa uno en su casa con sus familias y sabe que ya no la necesitan como cuando eran niños y su figura era el centro de todo. Ahora todo es distinto. Por supuesto que vienen a visitarla pero claro, es solo una visita, y aunque no se sienta sola, está sola.
Repasa muchas veces su infancia, su juventud, su madurez……. Solo bellos recuerdos saca de ellos. Es como si una mano mágica hubiera borrado todo lo malo vivido, todo el dolor pasado, y hubiera dejado tan solo lo mágicos momentos de su existencia. Y cosa extraña, cada vez recuerda y añora más a su madre en su juventud. En algún lugar oyó decir que en la vejez se recuerda con mayor intensidad los años de la infancia. Tal vez sea por eso.
El perro volvió a agitarse y lanzó un gruñido. Ella miró el reloj y vio que ya pasaba con creces la hora en que algunas tardes venían a visitarla. (No pasa nada, no todos los días pueden venir a hacerme compañía un rato. Ya se sabe que una casa de familia tiene mucha tarea, y más aún si se trabaja fuera. Seguramente mañana vendrán)
Acarició la cabeza del perro y miro por la ventana. El crepúsculo comenzaba a emborronarlo todo. Llovía en los tejados grises, en las ramas sin hojas y en los paraguas de los transeúntes. En su corazón llovían lágrimas.

(Anda Roki, ven que te de una salchicha de las que tengo preparadas para mi cena. Si te conozco bien y se que no te vas a comer el pienso.)

 

El Susto De Elenita

por diariodeunpasado @ Sábado, 02. Dic, 2006 - 11:12:12

Al llegar a casa se ha sentado en el sofá y se ha dado cuenta de que no puede leer las letras del cartel colgado encima del televisor. Son las seis y media de la tarde, pero está tan nublado que acaba de encender la lámpara del techo. ¡Qué horror, qué tristeza…! Es lo malo que tiene este piso, vale, y lo bueno también, porque como es interior, los fines de semana no nos enteramos del follón de la calle. Pero, al fin y al cabo, se dice Elenita, ¿a mí qué más me da? Nada de esto es mío. Es su piso, su salón, su lámpara del techo, su sofá, su televisor… No quiere llorar, se ha prometido a sí misma que no va a llorar, lleva toda la semana entrenándose, y sin embargo se le saltan las lágrimas al pensar en lo que la espera.
Antes o después tenía que pasar, ella lo sabe, lo ha sabido siempre, desde el principio. ¡Si el día que Ahmed la abordó en la escalera ni siquiera se lo creyó! ¡Si el pobre tuvo que insistir un montón de veces para que ella se lo tomara en serio! Y entonces tenía cuarenta y siete años, pero ahora… Ahora tiene tres más, por más que se gaste la mitad del sueldo en el gabinete de Águeda, vengan tratamientos faciales, y corporales, y la repanocha… Parece más joven que antes de empezar con él, ésa es la verdad, eso lo reconoce hasta la asquerosa de su cuñada, pero sigue teniendo la edad que tiene, y él, quince años menos, y… Y nada.
Bueno, mira, que me quiten lo bailao… Eso también se lo repite a cada paso, pero tampoco funciona. Ahora no, y sin embargo ella sabe que acabará funcionando, que cuando salga de ésta pensará en él con gratitud y sin rencor. Cuando salga de ésta, porque ahora sólo tiene fuerzas para preguntarse en silencio una vez, y otra, y otra más, por qué la habrá sacado él de su vida anterior, que era tan pobre, tan aburrida, pero tan cómoda; por qué la habrá llevado hasta tan arriba sólo para dejarla caer después desde tan alto.
No es bueno, no es justo, no la conviene, pero no puede pensar en otra cosa. Ella ya se había enterado de que él salía de vez en cuando con chicas más jóvenes. En este mundo, no faltaría más, sobran almas caritativas dispuestas a decirte la verdad aunque duela y a hacerlo por tu bien, así se mueran todas de algo malo. Antes o después tenía que pasar, ella siempre lo ha sabido, pero por saberlo no le duele menos.
–Tengo que hablar contigo, Elena – le había dicho él aquella misma mañana, por teléfono –.Es muy importante para mí, yo… Necesito verte, contártelo en persona. Ya sé que esta semana te toca quedarte a cuidar a tu madre, pero no puedo esperar más.
No había querido ser más explícito y ella había pensado que no hacía falta. Ya le había notado raro el fin de semana anterior. No había salido solo, pero tampoco tenía ganas de hablar, ni de comer, ni de hacer nada. Se había tirado los dos días delante del televisor, hablando todo el tiempo por el móvil, y en árabe, encima. Blanco y en botella, había pensado ella…

- ¡Hola!

Ha llegado. Limpio, peinado, con unos vaqueros y una camisa blanca. Se acerca a Elenita, la besa en las dos mejillas, coge una silla y la coloca al otro lado de la mesa baja.
–Bueno – dice ella, mirándole a los ojos, tan hondos, tan negros, tan bonitos – pues tú dirás…
–Lo siento mucho, Elena. Lo siento mucho, cariño, de verdad… –en ese punto baja la cabeza, clava los ojos en el suelo, parece conmovido, apesadumbrado, deshecho – Tú no te mereces esto, yo lo sé. Siempre has sido muy buena conmigo, y yo… Yo te quiero mucho y no quiero darte disgustos, pero… No es culpa mía. Yo no me he ofrecido, te juro que no, pero en mi familia las cosas son así… No sé cómo decírtelo, me da mucha vergüenza, de verdad que lo siento… Me vas a matar.
–No, Ahmed –y ella, que se siente de pronto tan fea, tan vieja, tan polvorienta como si hubiera vivido dos siglos, se consuela con el lujo de la magnanimidad – No te preocupes. Ya contaba con eso.
– ¿Con eso? – entonces él se endereza, se inclina hacia delante, la mira con los ojos muy abiertos –¿Pero cómo te has enterado? ¿Ha tenido mi hermana la desvergüenza de pedirte…?
–No, no, no. No sé… ¿De qué estás hablando?
–Pues del crédito de mi cuñado. Que quiere ampliarlo por 12.000 euros más y no encuentra avalista, y a ver qué hago yo, porque como tú ya le avalaste una vez, cualquiera le dice ahora que…
– ¡Ay, Ahmed! – y Elenita suelta de golpe todas las lágrimas que se ha tragado durante toda la semana mientras se ríe ella sola, a carcajadas.– ¡Ahmed, Ahmed!
– ¿Eso quiere decir que sí?
– ¡Ay, Ahmed! – repite ella, y no puede parar de llorar y de reírse al mismo tiempo – ¡Ahmed…!

 

Este relato lo leí en el dominical de un periódido. Su autora es la gran escritora Almudena Grandes. Me encantó de tal modo que he querido compartirlo con todos vosotros. Espero que os guste tanto como a mi.


 
 

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