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Archivos de: Noviembre 2006

A Tí

por diariodeunpasado @ Jueves, 30. Nov, 2006 - 08:52:11


A tí,
lo más importante de mi existencia.
A tí,
carne junto con mi carne en los momentos mágicos.
Luz de mi alegría.
Sentimiento de mis sentimientos,
Vida de mi vida...

A tí,
lo más inmeso que encontré en mi camino,
cómplice de mis desamparos y mis euforias,
de mis tristezas y de mis penas.

A tí,
que con sólo una caricia
haces que se disipe de mi boca la mueca de arlekin abandonado...

A tí,
el ser más amado de la tierra dentro de mi alma.

(Que esta nebulosa plateada que nos cobija no se disipe nunca....)


 
 

Tiempo De Lluvia

por diariodeunpasado @ Martes, 28. Nov, 2006 - 22:28:50


De la noche a la mañana llega junto a mi ventana
Con su frío aliento otoñal
Y se acuna en el cristal
Con un suave baile entre los brazos del aire.

Sin saber como… de gris la casa se tiñó
Como el plomo el día amaneció…

…Es tiempo de lluvia, tiempo de amarse a media voz.

De oír de nuevo el tic-tac del reloj.

De vivir de beso en verso entre paredes de yeso
Y dejar los días correr
Sin mañana, sin ayer
Por que no se acabe ni mi amor ni tu almohada.

…Es tiempo de lluvia, tiempo de amarse a media voz.

Acércate, ven y siéntate.

 

(Serrat)


 

Cruzar La Barrera

por diariodeunpasado @ Domingo, 26. Nov, 2006 - 20:45:10

Le digo a mi mente que se valla, que abandone mi cuerpo y deje sóla mi decaída imagen, mi apesadumbrado reflejo, que lo deje arrinconado e inconsciente mientras ella vuela a tu lado, se anida en tu forma y te susurra bajito las palabras que tanto te necesito decirte y que te hagan sentir mi presencia.

Deseo sumergirme corporalmente en un sopor que dure lo mismo que dura tu ausencia.

Necesito dejar de existir durante el tiempo en que no estás junto a mí, aunque para ello tenga que pasar por el trance amargo del no ser mi yo íntegro.

Anhelo quedarme en tu subconsciente y hacerte compañía en todos esos momentos en que la soledad es la única dueña de tu alma.

Añoro hacerme invisible, intangible, ingrávida, y caminar a tu lado paso con paso, muy junto a ti, muy dentro, compartiendo todos tus pensamientos en el mismo instante en que cruzan por tu mente.

Son tan hondos mis sentimientos hacia ti que los días en que no estás a mi lado mi única paz es sentirte cerca, sentirte en mi pecho, en mi cuerpo y en cada latido de mi corazón, porque cada golpe de sangre que afluye a mi ser viene impregnado de tu esencia y tu imagen se transmite por todo mi organismo impidiendo a mi parte inteligente pensar en otra cosa que no seas tú.

Que No Se Quiebre

por diariodeunpasado @ Jueves, 23. Nov, 2006 - 22:57:18

Que lo que ahora comienza a renacer no se convierta en rutina ante la llovizna de la noche….

Que esa dimensión en la que ahora nos movemos no se volatilice arrastrada por la brisa del otoño….

Que las caricias suaves como pluma que crean nuestras manos no se agoten con el avance del crepúsculo….

Que la intensidad de tu mirada sobre la mía no se pierda ante la neblina opaca que emana del suelo borrándolo todo con sus dedos gélidos...

Que siempre podamos sentir el calor de nuestros corazones latiendo al unísono en la penumbra….

…Que siempre seamos uno divididos en dos almas complementadas….

 

Ya lo sabes.

La Ventana

por diariodeunpasado @ Lunes, 20. Nov, 2006 - 13:06:27

Tac, tac, tac….
Ya estaba de nuevo.
Como cada madrugada lo despertó el repiqueteo incansable sobre el cristal de la ventana.
Se encogió bajo las mantas y se tapó la cabeza con la almohada. No veía nada pero de sobra sabía lo que había fuera. Su corazón galopaba como un caballo desbocado. Un sudor frío comenzó a empaparle todo el cuerpo humedeciendo su pijama.
Tac, tac, tac…
(No te muevas, no respires, mantente quieto)
pero el latido de su sangre le retumbaba en los oídos y parecía extenderse por toda la alcoba.
Comenzó a temblar. Cerró fuerte los ojos y se abrazó con ambos brazos tomando postura fetal.
Las noches de un tiempo a esta parte eran un terror para él.
No sabía exactamente cómo ni cuándo había comenzado todo. Su vida era normal, él era una persona normal y todo a su alrededor era normal. Menos las noches. Sus noches escapaban a la normalidad y él no era o no sabía ser capaz de comprender qué estaba ocurriendo.
Anteriormente sus noches eran monótonas al igual que sus días, relajantes y colmadas de un sueño reparador de todos los engranajes gastados durante la jornada. Se levantaba como nuevo. Ahora no, ahora despertaba como si durante el periodo de descanso lo hubiera pasado guerreando en cruenta batalla. Amanecía rendido, cansado, apático, y sobre todo desorientado.
Tenía la ligera noción de que en madrugada de principios de noviembre algo lo sacó de las brumas del sueño un sonido que avanzaba de la lejanía… tac, tac, tac… Para sí se dijo que sería una rama golpeteando la ventana por el viento. Imaginó la desnuda rama arañando el cristal ante el bamboleo de la fuerza externa. Contempló sin ver las sombras reflejadas en el vidrio como dedos huesudos y descarnados.
(Por supuesto que no imbécil, junto a tu ventana no hay ningún árbol y ninguna rama).
Abrió pausadamente los ojos y vio como la niebla ocultaba todo lo visible detrás del cristal. Sin embargo era totalmente visible algo que lo dejó paralizado. Era un rostro pétreo que lo miraba desde fuera. Sus ojos rasgados y azules lo penetraban hasta lo más hondo con insistencia, y con el dedo de uña afilada golpeaba el cristal… tac, tac, tac. Se le ocurrió que podría ser alguien que se había perdido y necesitaba ayuda.
(Claro, claro, alguien que necesita ayuda y que te golpea el cristal y te mira tras la ventana en plena madrugada ¿Acaso no tienes sesera para pensar?)
Como a través de un eco sintió que lo llamaban. La figura sinistra lo llamaba. Ven. El se encogió más sobre sí mismo. Se refugió dentro de sí para no escuchar, no ver, no sentir.
Desde entonces todas sus noches eran un verdadero infiero. El repiqueteo, unos ojos rasgados que lo miraban, y el titilar de sus miembros al compás de su alocado corazón. Así pasaban lentas las horas hasta que el sueño, ya al amanecer y cuando la recién nacida luz clareaba la estancia. Entonces era cuando podía descansar aunque sólo fueran unos minutos.
Su vida era ahora una tensión constante, cualquier cosa lo sobresaltaba, cualquier mirada le parecía la misma que lo miraba en las madrugadas. Se volvió huraño e introvertido. Ya no salía con sus amigos ni tenía reuniones familiares. Después del trabajo se refugiaba en casa esperando la noche, la tétrica noche que cada día le tocaba vivir.

Un día la noche fue distinta. Se acostó cómo hacía habitualmente y esperó.

Tac, tac, tac…
El miedo le atenazó las entrañas y le nublo la mente. Apenas si podía contener el loco trajinar que tenía su corazón. Se atrevió a sacar la cabeza de la almohada y hacer frente a la mirada penetrante. Abrió los ojos
(no lo hagas, no lo hagas)
y un azul metálico lo arrastró a continuar mirando.

Ven.
(no vayas)
Ven.

Se levantó con los músculos en tensión y tropezó con una zapatilla que había dejado de cualquier manera al acostarse.

Ven
(no vayas)

Se dirigió a la ventana. Sus ojos clavados en aquellos otros ojos que destilaban frialdad de ultratumba. Pero su azul, ese azul….
No podía apartar su vista de ellos.
Con movimientos lentos llego hasta la ventana y la abrió.
Allí no había nada. Nadie.

Tengo que salir
(sabes que no puedes hacerlo)

Salió por la ventana en pos de aquél rostro pétreo y aquellos ojos azul neón que habían desaparecido……

(no lo hagas)
Pero él lo hizo.

Los recogedores de basura encontraron su cuerpo desmadejado e inerte al amanecer de aquél día.
Sus ojos se mantenían abiertos, como queriendo encontrar algo perdido. Su boca lucía una mueca grotesca. Sus miembros estaban desmoronados, como un muñeco roto.

Había saltado desde un cuarto piso.

Al estrellarse contra el suelo tan sólo oyó dentro de sí. (te dije que no lo hicieras).

Era Distinto

por diariodeunpasado @ Jueves, 16. Nov, 2006 - 13:54:43

Se entretuvo mirando el halo de luz que cruzaba perpendicularmente el cuartucho al entrar por el ventanuco. Un ventanuco minúsculo esculpido de mala forma en la pared con el único fin de dejar pasar un poco de aire del exterior. La luz atravesaba la estancia y se fragmentaba en infinitas líneas opacas como nebulosas que a veces tomaban un cariz tornasolado. Si en algunos momentos (pocos) se filtraba una corriente de aire, miles de partículas doradas se movían agitadas dejándose llevar de un lado a otro por el reducido espacio.
De vez en cuando creía percibir algún sonido que llegaba desde fuera. Más que nada eran murmullos de voces que para él resultaban incomprensibles; ecos sin formas ni significados como todos los que había escuchado a lo largo de su vida. Su sentido del oído no estaba totalmente desarrollado y como consecuencia de ello tampoco el del habla; sin embargo había conseguido comprender algunas cosas por intuición observando la expresión facial de quien se dirigía a él, que a la sazón solo había sido una persona en toda su existencia. Y eso a pesar de que sus visitas eran cortas y escasas; solamente las necesarias y la mayoría de las veces se producían sin ningún gesto ni sonido pronunciado. En este momento por lo tanto, carente de su presencia no podía saber que palabras se producían tras los muros. Tampoco le importaba mucho; las últimas horas vividas (no sabía cuantas porque no sabía de horas y además había perdido la noción del tiempo) lo habían sumido en una apatía apagada que lo mantenía aletargado y ausente. Una apatía que contradictoriamente tenía la facultad de mitigar el dolor y el terror de los que era habitual.
El terror y el desconcierto habían sido parte suya desde donde podía transmitirle su memoria, y aún hoy era incapaz de explicarse el porqué de esa existencia suya, y el porqué lo mantenían encerrado, oculto y sólo, aunque inocentemente creía que así era la existencia de todo el mundo. ¿Qué otra cosa conocía él además de esas cuatro paredes y ese hedor al que tan acostumbrado estaba su sentido del olfato?
Oyó sonidos en la altura y contempló impasible los hábiles equilibrios de una rata sobre la viga de madera ennegrecida y carcomida del techo y no pudo dejar de sentir un atisbo de envidia ante la destreza del animal. El nunca había podido moverse con esa libertad; sus miembros eran torpes y patosos, por lo que la mayoría de su tiempo vivido había permanecido tumbado, y si en determinados momentos le acompañaba la suerte, lograba medio incorporarse y mitigar el adormecimiento de sus piernas.
Sin embargo a consecuencia de las largas horas pasadas en esa penumbra, en esa postura, en esas circunstancias, había conseguido llegar a una compenetración total con su otro yo. Igual que su otro yo con él.
Las percepciones tanto a nivel interior como exterior les latían siempre al unísono. No existían entre ellos las palabras pero tampoco eran necesarias. Ambos “yo” presagiaba en todo momento qué iba a ocurrir en cada situación. Si se oían pasos en la tosca escalera de fuera ya esperaban ansiosos que se descorriera el cerrojo y se abriera la puerta para dar paso a la mujer harapienta y cubierta de mugre que le traía la fugaz comida, compuesta de un caldo maloliente y poco consistente y una pequeña cubeta de agua. Otras veces y muy de tarde en tarde procedía a limpiar los excrementos que a duras penas conseguía expulsar a dos palmos de donde se encontraba. A veces la mujer lo golpeaba con la escoba impregnada de las heces como castigo por no sabía él muy bien que razón.
Ahora ya hacía mucho que ella no hacía acto de presencia y se sentía debilitado y hambriento. Presentía que tal vez se había olvidado de él y le aterrorizaba creer que ya nunca más volvería. Cerró los ojos y buscó su mano izquierda. Que a la vez era la de su otro yo. Pero esta vez no encontró en ella el calor ni la compenetración de otros momentos. Ahora no respondía a su llamada; sin embargo la mantuvo asida y fuertemente apretada y por su cabeza volvieron a cruzar todos esos momentos en los que ambos soñaban juntos, sin palabras, sin sonidos, tan sólo comunicándose por medio de una energía desconocida.
Al unísono sus mentes habían escapado por el ventanuco y habían conocido un mundo inexistente a sus ojos, un mundo imaginario que rozaba la realidad deseada.
Recordaba como una vez habían volado sobre una charca transparente que reflejaba todo el azul del cielo en esos momentos. Se quedaron allí, tumbados en la orilla sobre la fresca hierba disfrutando del canto melodioso de los jilgueros y observando las nubes algodonosas que navegaban hacia otros destinos. Hubieran querido fundirse con ellas y viajar a otra dimensión.
Una dimensión en la que el espacio-tiempo fuera misericordioso y los alejara para siempre de los golpes de escoba en su cara cuando él no podía controlar la orina y el caliente líquido empapaba sus calzones. Y también para olvidar las veces en que la chiquillería lanzaba pedradas al ventanuco a los gritos de “monstruo, monstruo”. No sabía lo que era un monstruo pero intuía que se dirigían a él, que se sabía distinto al otro ser (la mujer que ya no venía) el único que había visto.
Desde que tenía conciencia no había sabido de otra cosa que aquél habitáculo de cuatro paredes pedregosas y suelo de tierra maloliente. El olor a moho y humedad se le filtraba hasta los huesos y le helaba el alma. Era todo lo que había conocido. Esa era la vida para él.
Esa y los viajes imaginarios en compañía de esa otra parte de sí, una parte que lo acompañaba y cubría todas las necesidades humanas que le habían sido negadas. Su otro yo era padre, su madre, su hermano, su amigo…… todo lo que cualquiera posee desde que viene al mundo y que por la crueldad con las que a veces se muestra la vida, en él se volatilizaron en el momento de su nacimiento. Nada mas salir del seno de su madre lo aislaron de todo abandonándolo a su suerte. Lo encerraron en este miserable cuartucho y lo mantuvieron oculto a todo y a todos, posiblemente esperando a que la guadaña de la muerte se ensañara con él, víctima de una naturaleza que había cometido la torpeza de hacerlo distinto a las leyes.
Pero aún en su soledad y desgracia había conseguido seguir viviendo (o malviviendo) gracias a la habilidad de sentir la compañía de ese otro ser con el que compartía toda esa miseria. Sin él no era nada.
Notó que volvía a caer la noche y que comenzaba a quedarse todo en penumbra. No sabía cuantas jornadas habían transcurrido ausentes de la visita esperada porque no conocía el significado de los números, pero si sabía que eran bastantes. Tendría que pasar mucho tiempo antes que la alborada volviera a insinuarse tras la ventana. Una vez más extendió su mano izquierda hacia la derecha, la mayo de su otro yo, para apretarla y dormir con las dos entrelazadas. Pero volvió a encontrarla laxa y desmadejada. La frotó un poco para darle calor pero no conseguía hacerla reaccionar. Y también como cada noche volvió su cabeza hacia la derecha, hacia la otra, para reclinarse sobre ella y también como cada noche depositar un beso en su mejilla que hoy se le antojó pétrea y marmórea, y vislumbró en la penumbra sus ojos abiertos. Con movimientos torpes se desprendió de su mano y se los cerró suavemente.
Un súbito presentimiento aterrador se apoderó de él y aún presa del pánico posó sus dedos sobre la otra boca entreabierta para comprobar que ni un ligero hálito de vida se escapaba por ella. La realidad cayó sobre él como una pesada loza e hizo salir de su garganta un grito lastimero y penetrante que retumbando se escapó a través de las paredes y corrió al compás del viento lúgubre que barría las nubes.
Se incorporó un poco y a tras las sombras se miró el cuerpo: Dos piernas cortas y arqueadas en una imagen grotesca; dos brazos…dos cabezas. La suya latente, la otra inerte. Su otro yo se había ido.
Y él continuaba allí, con un corazón propio y atado a otro que ya no latía; con una vida enlazada a otra que ya había dejado de existir. Comprendió que nunca más se abriría la puerta para dejarle la sopa maloliente. Comprendió que en adelante la cruda soledad sería su compañera.
Cerró los ojos y dejó escapar las lágrimas. Tenía por delante una larga y dura espera hasta llegar a la liberación.
Cuando eso llegara dejaría de ser monstruo.

Las "Animas Benditas"

por diariodeunpasado @ Jueves, 09. Nov, 2006 - 19:41:01


A veces mi madre tenía que asistir a una misa de difuntos y mi hermana y yo quedábamos al cuidado de mi abuela paterna que compartía la vivienda con nosotros, (o nosotros con ella puesto que la casa era suya) y cuando digo nosotros me refiero a mis padres, mi hermana (19 meses menor que yo) y yo.

Cuando mis padres se casaron mis abuelos paternos dejaron su casa a la nueva pareja y ellos se refugiaron con todos sus enseres en una habitación de la misma. Posteriormente mi abuelo murió y mi abuela fue la única inquilina de la habitación. Esa habitación a mi hermana y a mí (4 y 5 años) nos daba mucho morbo, porque mi abuela raras veces nos dejaba entrar en ella. Tenía una cama, una mesita de noche, una cómoda con un gran espejo y una mecedora. Nosotras nos desvivíamos por ver que guardaba en esa cómoda pero ella nunca nos dejaba ver nada, lo cual provocaba más misterio aún. Alguna vez que otra y cuando ella comía o hacía sus necesidades (mi abuela, siempre vestida negro, casi nunca salía de casa. A pesar de que no era excesivamente mayor, 70 y algo de años, vestía y se comportaba como una verdadera anciana, digo yo que sería cosa de la época, antes de la mitad de los 60) le registrábamos los cajones. Del cajón de arriba salía una caja de polvos sueltos para la cara “Maderas de Oriente”, un frasco de brillantina, un peine para piojos a pesar de que nadie en casa los tenía y ella se empeñaba en peinarse con él, y otro frasco de colonia “Embrujo” que sólo usaba en las ocasiones especiales. Los otros dos cajones no los podíamos abrir porque estaban cerrados con llave.
Había en la habitación un olor mezcla a perfume y  a rancio porque ella se empeñaba en tener casi siempre la puerta cerrada. A nosotras nos olía a viejo, por lo que su imagen junto con el olor nos daba la certeza de tener una abuela vieja, como las de los cuentos.

Y cuentos era los que nos contaba ella las escasas veces en que mi madre se ausentaba al caer la noche. Cuentos antiguos de su niñez, ya pasados de moda pero que nosotras, desconocedores a esa edad de la evolución de la vida, creíamos a pie juntillas. Sus cuentos o leyendas provenían de su infancia, antes de 1900 y estaban llenos de misterios, de tragedias, de desamores, de niños abandonados, del “sacamantecas” y sobre todo de “las Animas Benditas”.
Mi abuela era fiel creyente de las ánimas benditas (almas de fallecidos que o bien andaban en el purgatorio a punto de purgar sus pecados, o bien andaban ya en el cielo recién estrenando la presencia de Dios pero que aún no gozaban de todos los privilegios).
Yo no sé si lo hacía intencionadamente, pero esos días, que casi siempre eran en crudo otoño o invierno, ella pasaba al oscurecer, de cantarnos canciones infantiles a pedirnos rezar por las dichosas  Animas Benditas.
Se sentaba en la mecedora y nos tomaba a mi hermana y a mí en brazos, cada una sentada en una pierna suya, y empezaba a mecerse hacia delante y hacia detrás y comenzaban las historia y los rezos. Se empeñaba en no encender las luces del patio, por lo que la casa quedaba en una penumbra para mí sobrecogedora, y creo que para mi  hermana igual, pues tan sólo alumbraba una débil lamparilla que tenía en la mesita de noche.
“Vamos a rezar por las ánimas benditas, que ellas son las que nos ven y nos cuidan y necesitan de nuestros rezos para salir del purgatorio… Dios te salve maría llena eres de gracia el señor es contigo”… Y mi hermana y yo la seguíamos con la lengua trabada y el miedo en el cuerpo, porque sentíamos que por el patio andaban esas ánimas para que no dejáramos de rezar por ellas y poder salir así antes del purgatorio.
De cuando en cuando mi abuela interrumpía sus rezos para decir: “cuanto tarda vuestra madre, si ya es noche cerrada, Dios Mío Dios mío, ¿Por qué tardará tanto?” Y mi hermana y yo pensábamos que mi madre tal vez nunca volviera, que el ánima bendita del difunto a cuya misa por su alma había asistido se la llevaba para siempre, porque mi madre era una mujer de pies a cabeza, alta, delgada, elegante dentro de su pobreza y sobre todo bellísima.
“Por favor, por favor, Virgencita, que no se la lleven” eran nuestros ruegos para los adentros.
Cuando mi madre volvía nuestros corazoncitos dejaban de galopar aceleradamente y nuestro respirar se hacía sereno.

“Anda niñas, que os voy a preparar arroz del puchero para cenar” decía mi madre.
Y nosotras nos tomábamos aquel arroz caliente y caldoso que nos sabía a gloria, pero no por el plato en sí, sino porque mi madre estaba de vuelta. 

Pero eso sí, esos días y cuando nos acostábamos las dos (en la misma cama) mi hermana y yo rezábamos por las pobres ánimas benditas para que salieran pronto del purgatorio. Y sobre todo para que no vinieran a molestarnos y nos dejaran en paz.

Ser "La Otra"

por diariodeunpasado @ Martes, 07. Nov, 2006 - 07:53:47

desamor

Hubo un tiempo en el que ella era “la otra”.
Para sí misma, desde siempre, y tal vez influenciada por la opinión que de esa palabra tenían sus progenitores, ser “la otra” era como bajarse a lo más cenagoso de las cloacas y hundirse en la miseria personal.
¡”La otra”! Esas dos palabras le producían rechazo y escalofríos. Era algo prohibido y pecaminoso. Siempre sintió miedo de llegar a serlo porque “la otra” significaba andar con el marido, el compañero, la pareja de otra mujer.
Y un día, así de repente, como atacada por sorpresa y sin que se  lo propusiera, se convirtió en “la otra”.
Comenzó como un juego de niños, un tira y afloja entre una fuerte atracción y una culpabilidad morbosa por apropiarse de lo ajeno.
Pero así es el amor. El amor no se busca, ni se compra, ni se pide. El amor llega por sí mismo y anida en nuestros corazones sin siquiera pedir permiso. Se hace tan intenso cuando sabes que la persona amada jamás será solamente para ti, que todo lo demás pasa a segundo plano.
Y tal como ocurre con el síndrome de Estocolmo, los momentos en los que estaban juntos no le importaba nada de eso, simplemente se conformaba con tenerlo a su lado aunque solo fueran unas pocas horas de escasos días de la semana.
Su presencia la hacía vibrar, volar como los pájaros y soñar despierta.
Nunca hablaban de hacerse pareja formal. Parece que era algo tabú entre ambos, más sin embargo no era lo más primordial en esos momentos.
Lo más primordial era amarse. Sabía de cierto que el amor de él por ella crecía por momentos, que la necesitaba como mujer,  como amiga que como compañera. A su lado le salía el yo más escondido. Y a su lado ella sacaba sin ser consciente, todo aquello que nunca había sido capaz de mostrar.
Nunca creyó que siendo “la otra” viviría una de las etapas más maravillosas de su vida.
Y también una de las más desconcertantes.
Porque una vez metida de lleno en ese mundo abstracto de sentimientos, un torbellino de sensaciones contradictorias comenzó a apropiarse de ella.
Sus amaneceres aparecían cubiertos de anhelos y añoranza. Amanecer significaba abrir una nueva puerta a las posibilidades, porque cada vez que amanecía pensaba que la puerta que podía abrir la llevaría a estar siempre a su lado, a despertar enredada entre sus brazos y sacarlo del sueño acariciando su espalda con su pelo. Significaba (de poder hacerlo realidad) no ser “la otra”, sino la primera y la única
Sus mañanas cursaban llenas de proyectos e ilusiones.
Ideaba a que escondido rincón irían para dar rienda suelta a su amor, para colmarse de besos y caricias prohibidas, para sentirlo solamente suyo.
Y las tardes… tardes ahítas de pasión. Pasión tan sólo de mirarse en sus ojos, de querer tragarse su mirada y esconderla en sus entrañas para que no miraran a nadie más, ocultarlo siempre dentro de sus anhelos para que nadie lo mirara a él.
Pasión a borbotones cuando durante el regreso, su vanidad se elevaba tan sólo de pensar lo cerca que lo había tenido, el tiempo que le había dedicado, las promesas que sus labios le juraron. Y sentía que tenía mucho que agradecer. A él y a la vida.
Las noches…. Las noches eran soledad, remordimientos, arrepentimiento, confusión y desengaño.
Las noches se volvían más oscuras aún que cuando andaba escondida la luna, porque la oscuridad habitaba dentro de su alma haciendo compañía a su soledad.
La embargaba entonces el remordimiento de haber poseído y disfrutado de algo que no era de su propiedad, y se arrepentía en la sensación de tener sangrantes y pesados cilicios en su ego encarcelado.
Después llegaba el aullido del desengaño. Desengaño porque la realidad era como caminar a lo largo de un callejón sin salida, O peor aún, un callejón cuyo único escape era el olvido. Y sobre eso sus oídos se volvían sordos y su mente se cerraba antes de ser engullida por una verdad de la que en el fondo quería escapar.
Y esa verdad era que otra compartía su cama, otra la que ordenaba su casa, la que preparaba su ropa, otra la que disfrutaba de su compañía la mayoría de las horas.
Entonces se sumía en el manto negro de la pesadumbre, de los celos, del dolor y la rabia de no tenerlo siempre a su lado
Por mucho que quería en esos momentos salir de aquella enmarañada relación, nunca tuvo el coraje y el valor para tomar  la decisión.
A veces, en sus momentos más íntimos salía de su labios apenas una insinuación de lo que deseaba, lo que necesitaba (a él). Y él, educado, diplomático y embaucador respondía entre suaves caricias que sentía lo mismo que ella pero que claro, no podía destrozar de la noche a la mañana a su familia, que no era capaz de hacer tremendo daño a su mujer aunque no la quisiera, que ya bastante sufría ella por dormir en camas separadas y que en realidad la detestaba, pero que ya se sabe, el ser humano no es de piedra y él sufría por lo que pudieran sufrir los suyos.
Le decía que no debía tener miedo y le pedía paciencia, aseguraba que solo me amaba a ella, que lo otro fue un tropiezo erróneo de su juventud, que  no podía imaginar el deseo que tenía de estar con ella por siempre…..Y al final acababa totalmente de acuerdo con él. Se dejaba llevar.
Luego un día, por un detalle banal e incongruente, dejaron de dirigirse la palabra haciendo honor al orgullo. Los dos estaban seguros que sería cosa de unos días, como todas las trifulcas de los enamorados. Sin embargo y por algo que se escapaba  a su comprensión, algo tal vez relacionado con el camino que cada uno tiene trazado desde que nace, la situación se prolongó indefiniblemente. Cada vez se hicieron más distantes, más hirientes, más guerreros, con el hacha de guerra en alto, más indiferentes…… Cada vez fueron más de lo que no debían y menos de lo que debieran ser.
Cuando quisieron volver a ser los de antes ya era tarde. Se había esfumado la magia, la complicidad, la pasión… Todo quedó en lágrimas disimuladas, palabras contenidas, miradas ocultas…. Dolor escondido y corazón latente en la soledad.
Se sintió feliz siendo “la otra”.
Y muy desgraciada siendo “la otra”.

Nunca más fue “la otra”.

Amor Incondicional

por diariodeunpasado @ Domingo, 05. Nov, 2006 - 10:08:41

-1

Me acepta sin condiciones a pesar de que en el amor entre dos seres siempre surge un atisbo de egoísmo, o de imposición, incuso tal vez de celos o hasta de exigencia. El no, él me quiere por lo que soy, por lo que represento para él y porque sabe cuanto lo quiero.

Se levanta a la par que yo y me acompaña cuando tomo mi primer café de la mañana. A veces, mientras lo tomo en pequeños sorbos, saboreando el amargor de la cafeína y dejando que haga presa en mí, nos sentamos juntos en la escalera de la parte posterior de la cocina, casi cara con cara y mirando al horizonte, disfrutando de esos bellos amaneceres que tengo la suerte de contemplar. Y se queda observándome mientras yo procuro sacar unas instantáneas.
Yo me siento feliz así, sintiéndolo a mi lado, sabedor siempre de cuál es mi estado de ánimo porque él intuye como me siento en cada momento: si estoy feliz él está feliz. Si me muestro contrariada o enfadada, casi no se acerca tal vez porque sabe que en esos momentos es mejor dejarme sola.

A veces, cuando atravieso un mal momento, cuando la tristeza se apodera de mí y me hace llorar, cuando todo me parece que va a tocar fondo, él se acerca despacio, tal parece que no se atreve, que no quiere entrometerse sin que yo no lo haya llamado, sin embargo, poco a poco se logra situar a mi lado y casi sin que yo lo note se que da junto a mí, muy pegado, entonces yo lo abrazo y dejo escapar mis lágrimas. El se mantiene quieto y permanecemos así, abrazados. En esos instantes yo siento también su tristeza, y también siento el calor que me transmite, y ese calor viene acompañado de una energía de color azul, neón, que se alea con la tonalidad plomiza de la mía y juntas crean un tono del color del cielo en los luminosos días de primavera. Yo noto como poco a poco se va abriendo en mi interior una grieta que se hace cada vez más grande y por la que se escapan los malos augurios. Es sabedor de que esa actitud desencadena en mí efectos positivos y casi logra muchas veces sacarme de la oscuridad del pozo en que me voy metiendo.
Parece que él fuera un complemento de mí. Me entiende sin decir palabra, me acompaña cuando más sola me siento, me hace reír cuando juntos nos tumbamos en la fresca y verde hierva y jugamos.
Siempre está ahí, a mi lado. Su amor es incondicional. No pide gran cosa a cambio: Tan sólo un poco de cariño.
Yo sé que es consciente de que su vida cambió el día me encontró. O que yo le encontré a él. El día que nos encontramos.

La mía también cambió desde el día que lo ví en la vitrina del escaparate de una tienda de animales, cachorro de perro Bodeguero, y me lo llevé a casa.

Gracias Tobías

amanecer rojo 5-1

Bajo La LLuvia

por diariodeunpasado @ Viernes, 03. Nov, 2006 - 22:08:40

caminando bajo la lluvia


Se tiñó todo de gris. A pesar de que la noche antes había sido estrellada ese día amaneció color plomo, y desde primeras horas del alba una fina lluvia lo empapaba todo: las encaladas azoteas, los pajizos tejados, las copas de los árboles y el ancho de las avenidas…. Y el paraguas que nos cobijaba.

Adormecía la tarde y caminábamos entrelazados por la cintura. Mismo paso, mismo compás, misma pasión y mismo deseo.

Mis botas se empapaban de los charcos que descansaban entre los adoquines de la estrecha calleja de la Judería, tan íntima, tan solitaria, tan umbría, reflejando en el suelo las difusas luces de las farolas que comenzaban a encenderse.

Mi cabeza apoyada en tu hombro, tu mano hurgando bajo mi sueter azul. Paseando, disfrutando de un crepúsculo oculto que tan solo reflejaba semioscuridad.

Entre farola y farola un alto, un apretar de tu cuerpo con el mío y ese dulce beso que nace de lo profundo de las entrañas.

Y una mirada. Ojos clavados en otros ojos.

Se cerró el paraguas y nuestros cabellos, nuestros rostros, nuestros cuerpos quedaron empapados de lluvia, perlas cristalinas que resbalaban por nuestros rostros.

Y en la boca, una mezcla de besos y de agua tan clara como nuestros sentimientos.

.

Dia De Difuntos

por diariodeunpasado @ Jueves, 02. Nov, 2006 - 13:08:06

Vaya aquí mi pequeño homenaje a todos esos seres queridos que un día partieron para siempre.

 


Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil rüidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
            
De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
                
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos...!           

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos los muertos.

RIMA LXXIII (Gustavo Adolfo Bécquer)

 



 
 

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