
Desperté como es habitual en mitad de la noche y note tu ausencia. La cama se me antojó demasiado ancha para mi cuerpo encogido por el frío. Mis ojos se abrieron a una persistente oscuridad y mientras intentaban habituarse a ella, escuchaba el viento pasar a ráfagas en la calle. Intuí que a su paso arrastraba inmisericorde las últimas hojas caídas. Hasta podía oír el sonido que producían en su carrera hasta dónde él quisiera llevarlas. A veces ese sonido se mezclaba con el del balanceo de las ramas. Sonaba como una ligera sacudida, como provocando desprenderse de las hojas que perezosas se negaban a dejarse caer.
Poco a poco mis ojos fueron dilucidando los contornos de los pobres y escasos muebles de mi alcoba. Allí al fondo había un leve atisbo del espejo que coronaba la cómoda. ¡Cuantas veces reflejó mi silueta cuando tú y cómo un intruso, me observabas desde el quicio de la puerta! Yo me sentía un poco avergonzada ante tu mirada aunque siempre (algo habitual en mí) intentaba hacer cómo que no me daba cuenta.
Siguieron mis ojos recorriendo la estancia mientras mi corazón te llamaba.
El pequeño taburete seguía dónde siempre y la lámina enmarcada representando un ramo de girasoles aparecía en la oscuridad cambiando su color amarillo brillante por un pajizo avejentado.
Yo siento que todo se envejece en tu ausencia.
¡Te extraño tanto desde que te fuiste…..!
Ahora me fijo en la mesilla de noche. Tu mesilla. Aún conserva tu libro señalado por la última página que leíste. A su lado, tus lentes, que una vez ante tus ojos engrandecían el iris azulado y lo volvían tornasol.
Esta casa al igual que yo, se quedó vacía sin ti. Y yo me siento perdida. Perdida y confusa. Ya me di por vencida y los días pasan por mi vida, vacíos y carentes de sentido.
Tan sólo me da un ápice de energía el esperar la noche. Ya es un ritual. Despertarme a la misma hora, recorrer a oscuras los objetos de la estancia, así, poco a poco, analizándolos, dejando el rincón derecho para el final.
Dirijo mi mirada hacia allí. Está la mecedora que nos regaló tu madre en nuestro primer aniversario. Y también allí, y como cada madrugada, estás tú. Tranquilo, impasible, meciéndote suavemente mientras me miras. Mantienes la pierna derecha cruzada levemente sobre la izquierda. Parece que no te pesara. Tu postura es relajada y serena. No hablas, no sonríes, pero tu mirada me transmite la paz que necesito.
No hay conversación entre los dos porque no existen las palabras entre nosotros; aún así yo te digo cuanto te extraño y que solitaria es ahora mi existencia. Te digo que quisiera cambiarme por esas hojas sin rumbo arrastradas por el viento porque así tendría un destino. Mi vida ahora se limita a esperar la hora de la madrugada en la que despierto.
Tus ojos no se apartan de mí. Me dices que tranquila, que solo es cuestión de tiempo, que un día volveremos a estar juntos.
¿De veras? – mi pregunta es más la aseveración de una duda.
Tu aseguras que si.
Me dices que me duerma de nuevo, que tú velarás como cada noche mi sueño, que no me has dejado de amar……
Mis ojos se cierran y comienzo a entregarme a los brazos del sueño. Fuera ha cesado el viento pero una fina llovizna salpica en los cristales.
Me duermo con la tranquilidad que me da el saber que estás a mi lado.
Mañana seguramente tendrá las mismas dudas de siempre. ¿Lo he soñado? ¿Era él en realidad? Sin embargo dentro de mí tengo la certeza de que todo es real. Tan real como que un día (posiblemente en otra dimensión) volveré a estar contigo.






















