
(...No Hizo falta ofrecerle su boca....)
Ella salió de su casa poco después del amanecer en una mañana cubierta de bruma y una neblina que impedía traspasar el más mínimo rayo del sol. Caían gotas de las ya algo amarillentas hojas de los plataneros. Gotas del rocío nocturno que se desprendían de las ramas con destino al plomizo asfalto.
Sus zapatos de tacón se bamboleaban a veces haciendo que su cuerpo se contoneara en una casi provocación. Estrechez de falda, camisa rojo sangre ajustada al cuerpo y melena al aire, luciendo a corta distancia pequeñas perlas cristalinas dejadas allí, como por casualidad, por la húmeda niebla. La acompañaban en sus pasos un corazón desbocado y manos temblorosas.
Llegó al punto exacto, escogió un banco cobijado por una jacaranda y se sentó a esperar.
El miró su reloj con un deje de precipitación y abandonó la oficina. Dentro de sí aún había un atisbo de nerviosismo pero no dejó que éste se implantara en su decisión. Caminó por la extensa avenida como paseando, lento y suave, a la vez firme y conciso. El estaba seguro. Para él no había dudas.
De vez en cuandogotas de niebla, gemelas de las que brillaban en el pelo de ella, se posaban en su frente y en sus hombros. Sus pies, a su paso, arrastraban alguna que otra hoja amarilla.
De repente la divisó. Sus ojos se quedaron unos instantes clavados en su figura. Ella estaba allí, casi arrinconada en el banco. Piernas cruzadas y las manos atusando de cuando en cuando su pelo. Se paró unos instantes y la contempló embelesado. Por momentos creyó soñar.
También ella lo vio. Se puso de pie y caminando pausadamente se aproximó a él. Sus manos temblaban y se agitó su pecho. Se encontraron a mitad del camino.
Un saludo y los ojos de uno clavados en los de otro. (¿Café? – Si por favor)
No fueron conscientes del café que tomaban. Sus manos permanecían unidas. Sus ojos seguían presos unos de otros. Las palabras salían a borbotones de sus bocas. Hablaban al unísono. Se contaban secretos que sólo los amantes conocen. Se lamentaban del tiempo perdido. Sus corazones totalmente abiertos y ahítos de recuerdos.
No hizo falta que ella le ofreciera sus labios. El, como un experimentado bandido se adueño de ellos. Besos de miel de flores, de dulce melaza, de pasión desmesurada. Besos de caramelo. Dulces como ellos, como su historia, como su amor, como sus manos cálidas desperdigadas por sus cuerpos.
Como antes, como siempre, como si no hubiera pasado el tiempo…




















