por
diariodeunpasado
@ Lunes, 28. Ago, 2006 - 12:03:18

22 de Noviembre de 1.937 1:45 a.m.
- Tú, arriba, que es la hora.
La voz sonó cascada y hueca pero con un timbre autoritario.
El hombre que se dio por aludido se levantó de un salto del camastro en el que dormitaba, un mugriento somier y una raída manta a listas grises y negras.
Sentía la boca seca y la lengua pastosa. Por momentos se había quedado sin saliva. Sus manos temblaban tenuemente y su corazón comenzaba una vertiginosa carrera. No le hizo falta vestirse puesto que dormía vestido. Todas las noches dormía vestido porque sabía que a la voz de “¡Arriba!” ya tenía que estar de pie.
Dirigió sus pasos hacia las cocheras donde descansaban los destartalados camiones y de seguida divisó el que a él le tenían asignado: uno confiscado a una sociedad dedicada al transporte de ganado porcino. Cabina rojo ciruela toda desconchada y remolque cubierto con tan sólo unas aberturas laterales para que pudiera respirar el ganado si de un viaje largo se trataba.
Ahora el transporte no era de ganado. Era transporte humano. Y el viaje, como cada noche, era relativamente corto. Subió a la cabina y una vez ante el volante oyó como sonaban los lamentos, los sollozos, los lloros y las súplicas de los transportados. Como cada noche también él cerró por unos instantes los ojos y pidió perdón. Y también dio las gracias por tener la suerte de ser el conductor en lugar de los apresados, que si la vida no lo hubiera bendecido con esa situación tal vez él sería uno de los que transportaba.
Su misión consistía en seguir al camión que le predecía y donde iban todos los hombres armados con fusiles: Los que iban a ejecutar a los que él llevaba.
El recorrido no era todos los días el mismo sino que iba cambiando paulatinamente hasta desembocar en algunas de las tapias extramuros del pueblo.
Esta noche tocaba la tapia del naranjal aunque por supuesto que él no lo sabía. El no podía hablar y menos aún preguntar. Tan solo seguir al que le precedía y una vez en el lugar, alumbrar con la luz larga del camión a los reos todos alineados en el patíbulo de la tapia, respaldados contra ella, y esperar a que una brutal salva de disparo hiciera blanco en aquellos cuerpos asustados, temblorosos, con las manos atadas y los que tenían suerte, con los ojos vendados. Algunos nombraban a sus madres, novias, esposas e hijos para despedirse solitariamente, sabiendo que el adiós nunca llegaría a su destino. Otros se mantenían mudos, esperando la descarga. Había quien se orinaban o defecaban encima. A todos les castañeaban los dientes. El castañeo sonaba en el silencio de la noche como acompasado soniquete de almirez al compás de una taranta.
- ¡Preparen armas! ¡Apunten! ¡Fuego!.
La noche se iluminó con la luz de la pólvora, el viento se cortó con un rugido de trueno y el cielo escondió las estrellas y comenzó a llover salpicaduras carmesí. El olor a miedo y a sangre cortaba el aire
Unos pocos de los verdugos se acercaron a las victimas y las fueron volteando con la punta de la bota. Algunos no estaban muertos, sino heridos o agonizantes. A esos les ponían el arma en la cabeza y les daban el tiro de gracia. A veces ni se detenían en comprobarlos a todos y dejaban a algún que otro entre la vida y la muerte rodeados de demencia y cubiertos de desamparo. Si les acompañaba la suerte morirían en breve, sino, serían enterrados vivos en las largas fosas comunes abiertas para tapar y ocultar tanta barbarie.
- ¡Vamos!
Y todos los hombres volvían a subir al camión entre risas y cantos victoriosos.
El también subió al suyo y comenzó a desandar el camino andado. Sus manos temblaban y notaba acuosos sus ojos.
Las luces del camión pasaron de iluminar la masacre a iluminar largas hileras de naranjos.
El, a pesar del miedo y sobre todo del pánico al pensar en la noche siguiente, agradecía el estar vivo.
"¿Quién la memoria a tanto crimen cierra
y quién el corazón a tanto duelo?
Tendido estás, tendida está en la tierra
tu voz que sin embargo llega al cielo."
Rafael Alberti.

(A pesar de que la fecha del comienzo de este relato se remonta a muchos años atrás (está inspirado en las vivencias de un familiar materno), es dolorosamente real que hoy, a pesar del tiempo pasado se siguen dando las mismas situaciones, las mismas circunstancias, las mismas tragedias en cualquier lugar del mundo, ante la ceguera de una lucha egoísta y sin sentido)