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Archivos de: Agosto 2006

Mágica Luna

por diariodeunpasado @ Martes, 29. Ago, 2006 - 21:50:58

Ya ves que miramos la misma luna.

Fíjate que es la misma para los dos.

Aún en la distancia brilla para nosotros.
Mágica, luminosa, plateada….

Testigo de nuestros sentimientos y muda de complicidad.

Bendita luna que nos ves a los dos con los mismos ojos de la fluorescencia.

Bondadosa luna que te dejas ser la única que nuestros ojos miren al mismo compás, en la distancia…..


 
 

La Tapia

por diariodeunpasado @ Lunes, 28. Ago, 2006 - 12:03:18

Muro

22 de Noviembre de 1.937 1:45 a.m.

- Tú, arriba, que es la hora.

La voz sonó cascada y hueca pero con un timbre autoritario.
El hombre que se dio por aludido se levantó de un salto del camastro en el que dormitaba, un mugriento somier y una raída manta a listas grises y negras.

Sentía la boca seca y la lengua pastosa. Por momentos se había quedado sin saliva. Sus manos temblaban tenuemente y su corazón comenzaba una vertiginosa carrera. No le hizo falta vestirse puesto que dormía vestido. Todas las noches dormía vestido porque sabía que a la voz de “¡Arriba!” ya tenía que estar de pie.

Dirigió sus pasos hacia las cocheras donde descansaban los destartalados camiones y de seguida divisó el que a él le tenían asignado: uno confiscado a una sociedad dedicada al transporte de ganado porcino. Cabina rojo ciruela toda desconchada y remolque cubierto con tan sólo unas aberturas laterales para que pudiera respirar el ganado si de un viaje largo se trataba.

Ahora el transporte no era de ganado. Era transporte humano. Y el viaje, como cada noche, era relativamente corto. Subió a la cabina y una vez ante el volante oyó como sonaban los lamentos, los sollozos, los lloros y las súplicas de los transportados. Como cada noche también él cerró por unos instantes los ojos y pidió perdón. Y también dio las gracias por tener la suerte de ser el conductor en lugar de los apresados, que si la vida no lo hubiera bendecido con esa situación tal vez él sería uno de los que transportaba.
Su misión consistía en seguir al camión que le predecía y donde iban todos los hombres armados con fusiles: Los que iban a ejecutar a los que él llevaba.

El recorrido no era todos los días el mismo sino que iba cambiando paulatinamente hasta desembocar en algunas de las tapias extramuros del pueblo.

Esta noche tocaba la tapia del naranjal aunque por supuesto que él no lo sabía. El no podía hablar y menos aún preguntar. Tan solo seguir al que le precedía y una vez en el lugar, alumbrar con la luz larga del camión a los reos todos alineados en el patíbulo de la tapia, respaldados contra ella, y esperar a que una brutal salva de disparo hiciera blanco en aquellos cuerpos asustados, temblorosos, con las manos atadas y los que tenían suerte, con los ojos vendados. Algunos nombraban a sus madres, novias, esposas e hijos para despedirse solitariamente, sabiendo que el adiós nunca llegaría a su destino. Otros se mantenían mudos, esperando la descarga. Había quien se orinaban o defecaban encima. A todos les castañeaban los dientes. El castañeo sonaba en el silencio de la noche como acompasado soniquete de almirez al compás de una taranta.

- ¡Preparen armas! ¡Apunten! ¡Fuego!.

La noche se iluminó con la luz de la pólvora, el viento se cortó con un rugido de trueno y el cielo escondió las estrellas y comenzó a llover salpicaduras carmesí. El olor a miedo y a sangre cortaba el aire

Unos pocos de los verdugos se acercaron a las victimas y las fueron volteando con la punta de la bota. Algunos no estaban muertos, sino heridos o agonizantes. A esos les ponían el arma en la cabeza y les daban el tiro de gracia. A veces ni se detenían en comprobarlos a todos y dejaban a algún que otro entre la vida y la muerte rodeados de demencia y cubiertos de desamparo. Si les acompañaba la suerte morirían en breve, sino, serían enterrados vivos en las largas fosas comunes abiertas para tapar y ocultar tanta barbarie.

- ¡Vamos!

Y todos los hombres volvían a subir al camión entre risas y cantos victoriosos.

El también subió al suyo y comenzó a desandar el camino andado. Sus manos temblaban y notaba acuosos sus ojos.
Las luces del camión pasaron de iluminar la masacre a iluminar largas hileras de naranjos.

El, a pesar del miedo y sobre todo del pánico al pensar en la noche siguiente, agradecía el estar vivo.

"¿Quién la memoria a tanto crimen cierra
y quién el corazón a tanto duelo?
Tendido estás, tendida está en la tierra
tu voz que sin embargo llega al cielo."

Rafael Alberti.

(A pesar de que la fecha del comienzo de este relato se remonta a muchos años atrás (está inspirado en las vivencias de un familiar materno), es dolorosamente real que hoy, a pesar del tiempo pasado se siguen dando las mismas situaciones, las mismas circunstancias, las mismas tragedias en cualquier lugar del mundo, ante la ceguera de una lucha egoísta y sin sentido)

Agradecimiento a Guia Magica

por diariodeunpasado @ Viernes, 25. Ago, 2006 - 19:02:42

Quiero agradecer halagadamente sorprendida a GUIA MAGICA DE SANTIAGO http://guiamagica.blog.com.es/2006/08/24/recomiendo_dos_blogs_hermanos~1066386
que alguien tan experto como él haya recomendo en su último pots dos de mis blog y que se haya fijado en mi trabajo.

Nuevamente gracias.

Como El Cipres

por diariodeunpasado @ Lunes, 21. Ago, 2006 - 20:03:54

Hoy, y sin llegar a saber el motivo, me siento como el ciprés.

Como el ciprés porque me embarga una tremenda tristeza, una amarga melancolía y por encima de todo una desconcertante soledad.

Ni siquiera puedo soltar las lágrimas aún a sabiendas que eso me reconfortaría. Tan sólo atino a esconderme dentro de mí misma huyendo de no sé qué enmarañada confusión.

Como el ciprés.

Y como el ciprés pienso que tal vez no nazca de dentro de mí esta amargura sino que esté motivada por el sitio donde me han colocado.

Puede ser que a los dos nos hayan plantado errando el lugar.

A él en la oscura agonía del cementerio.
A mí en un sitio equivocado entre el espacio y el tiempo.

El Agosto Que Quiso Ser Noviembre

por diariodeunpasado @ Sábado, 19. Ago, 2006 - 21:50:35

Sintió envidia Agosto por no ser el mes de Noviembre.
A pesar de que todos estaban encantados de él, de su luz y su calor, de sus rayos, que derramaba grácilmente por las playas y por los campos, envolviendo con ellos todo lo que alcanzaba, se sintió vacío.
Vacío y desplazado. Todas las odas iban dirigidas al otoño, a los días grises y brumosos, a la lluvia que empapaba la ciudad y los bosques y a la bruma que ocultaba el horizonte.
No había nunca odas para él.
Por eso un amanecer, antes de comenzar su camino de cada día escondió sus rayos como los caracoles se enconden dentro de sus conchas.
Y allí se quedó escondido como un niño en un escondite cuando comete alguna travesura.
Llegó el amanecer y él no estaba. El lugar que él debía ocupar en el cielo fue sustituido por densos nubarrones oscuros y la temperatura descendió algunos grados.
El se recogió aún más dentro de sí mismo. Ni siquiera una tenue claridad se insinuaba, ni un reflejo, ni un atisbo de dorado fulgor.

Por eso las nubes se volvieron aún más negras y tal vez confusas y desamparadas por invadir un mes que no era el suyo, comenzaron a llover lágrimas de angustia cada vez más gruesas.

Del cielo caía una cortina de agua que anegaba la ciudad y los campos. La oscuridad era casi total y una bola de energía ansiosa comenzó a formarse en la vida.
Hasta él llegó esa fuerza vital y sintió que lo necesitaban, que aunque no tuviera odas ni poemas su presencia era querida y necesaria.
Comenzó a sacar tímidamente sus rayos. Un crisol dorado, casi ámbar, empezó invadirlo todo.
Inspiró con fuerza y llegó hasta él el olor a tierra mojada, a humedad, a lluvia equivocada. Y se elevó su ego mientras dejaba que las nubes partieran al lugar donde les correspondía y la lluvia amainara.
Así volvió a brillar majestuoso en medio del cielo.
El majestuoso sol de Agosto.

Colegiales

por diariodeunpasado @ Miércoles, 16. Ago, 2006 - 21:32:18

Salían los niños en tropel del colegio con la necesidad de libertad todavía apresada en sus cuerpos infantiles, deseando, necesitando expulsarla una vez traspasado el umbral de la fornida puerta de madera de doble hoja, con cuarterones esculpidos. Sus ansías por liberarse de tantas horas de movimiento contenido bajo la amenazadora mirada de la monja, los llevaba a la hora de la salida, a arremolinarse en una informe bola de edad primaria que taponaba la salida.
De repente alguno conseguía lograrlo dejando un vacío en el lugar dónde había estado apretujado su cuerpo y todos los demás se apresuraban a ocuparlo para seguirle los pasos.
Llegaba un momento en el que parecía que la salida, ya cansada de tanto barullo, los expulsaba y los lanzaba fuera de sí como si vomitara mariposillas de blancas alas y de nervioso e incontenido aleteo.
Así salían todas las tardes del colegio a la callejuela de Las Monjas. Babis blancos, blanquísimos, (aunque ya no tan inmaculados por algún que otro rayón de tinta, obsequio del compañero de pupitre) que sin abotonar volaban al aire como cometas en la playa; zapatos negros que trotaban alocadamente ante la por fin conseguida libertad...
Corrían como potrillos desbocados a lo largo de la empedrada callejuela, impregnada del olor dulzón que se escapaba del molinillo de aceite a pocos metros ubicado. Olor a pulpa machacada de la aceituna, aceite en bruto aún sin refinar. Pesado, denso, áspero a veces, que penetraba en sus fosas nasales y dejaba en más de una ocasión una sensación carrasposa en sus casi estrenadas tráqueas.
No lo sabían aún pero ese olor (ese y otros muchos) les acompañaría a lo largo de todas sus vidas, unido al recuerdo de sus primeros pasos por la vida del colegio.
El colegio.
El colegio en aquél tiempo era para ellos síntoma de encarcelamiento. La libertad de la que disfruta hoy el colegial actual brillaba entonces por su ausencia. Entonces no se podía hablar en clase, ni moverse, y mucho menos aún alborotar. Y a esa edad, ya se sabe, son las bases y la razón de ser de los infantes.
Como todo eso les estaba vetado y eran continuamente obligados a mantenerse en silencio y en la más estricta inmovilidad, la mayoría se entretenía en dejar escapar su imaginación y viajar con la mente hasta el puestecillo de golosinas situado en la esquina de la callejuela deseando que terminaran las horas escolares y pararse un rato mirando la improvisada exposición de la mercancía.
Allí, y los que tenían suerte de contar con algunas monedas, no tenían el mayor reparo de entregarlas a cambio de un trozo de palodú, especie de raíz leñosa y fibrosa, de la que lo único que podían sacar era el jugo, y eso después de mucho morder y chupar, para finalmente dejar en su boca un sabor dulzón- amargo parecido al del regaliz y una masa informe y dura como el estropajo. Luego, llegaban a casa (por supuesto que en aquél entonces los niños iban y venían solos de casa al colegio y viceversa. Entonces no había el tráfico ni los peligros sociales que trajo consigo el progreso) con los dientes verdosos, casi negros. Pero no importaba. No te regañaban por ello, lo mismo que tampoco te llevaban al odontólogo. Si en algún momento una caries empezaba a hacer de las suyas, pues te extraían la pieza dental y listo. Sin problemas.
Pero no siempre se daban el lujo de comprar palodú. Otras veces el lujo era mayor (aunque sólo los más pudientes) y salían disparados a la esquina del la callejuela El Lobo para comprar un coqui de brillante color rosa, efecto de la fuchina que el presunto repostero le añadía.
”¡Hay coqui!” vociferaba el vendedor en cuanto veía que los niños ya salían del colegio. El coqui era de lo más dulce que podían tomar. Todo azúcar y merengue. Y por supuesto fuchina. Y no se sabía que más porque el hombre decía que su fórmula era magistral e imperiosamente secreta. Descansaban los coquis plácidamente en el canasto de caña que se sostenía sobre un caballete de madera. Cada uno colocado hábilmente en su correspondiente lugar. Los había blancos y rosas, todos espolvoreados con una especie de confetti de multitud de colores que hacían la delicia de sus inocentes vistas.
Inmediatamente después de abandonar la esquina de la callejuela El Lobo, y nada más retornar de nuevo la calle La Mina, mientras el dulce néctar se disolvía en sus bocas, se entretenían un rato en mirar tras los cristales de la bodega de Baltanas.
Allí vendían todo tipo de licores a granel, que descansaban en enormes barricas negras.
Era muy peculiar el olor que se desprendía del para ellos misterioso local. Casi siempre estaba oscuro y tenían que hacer viceras con las manos para poder ver el interior. El viejo que atendía a la clientela andaba siembre tras el mostrador con el codo apoyado en el mismo y la mano en la desolada y aburrida mejilla, un cigarro a medio fumar en la comisura de la boca y los ojos puestos tras los cristales que lo separaban de la calle. Esperando. Siempre esperando la llegada masiva de los colegiales que se dedicaban a golpear el vidrio con el único objeto de sacarlo de sus casillas. Esperaban a que el manoteara amenazante al aire y lanzara por su boca mil y un improperios (que ellos no oían y si lo hacían, no echaban el menor caso) y seguían burlándolo con una gran variedad de aspavientos y risas.
Hasta que él salía tras el mostrador y abría la puerta de par en par para salir en su persecución.
Y con él salía un cúmulo de aromas de la bodega que casi embotaba los sentidos de los niños. Olor a aguardiente seco, a aguardiente dulce, a vino oloroso y a solera añeja. Olor al roble de las barricas y a la oscuridad húmeda de la estancia……. Entonces ellos corrían como alma que lleva al diablo en dirección a la plaza del Duque. Los babis blancos anudados al cuello a modo de capa, imaginando ser el Capitán Trueno y volando al viento como las infladas velas de un bergantín en medio de una tempestad. Arrancaban a su paso las naranjas amargas de los árboles plantados en las aceras y se las tiraban unos a otros como importante material bélico, dejando el aire impregnado de un olor agridulce. Fruto cogido apresuradamente y estrellado sin piedad sobre el asfalto cuando se erraba el objetivo, que se desgajaba inmisericorde derramando oleadas de aroma a lejano azahar.
Corrían como gacelas calle abajo. Corrían en tropel, gritando “gallina el último”, y en su alocada carrera sorteaban (generalmente con suerte), el improvisado expositor de higos chumbos que Juan el Duende armaba religiosamente cada día en la esquina de la calle José Lafita. El higo chumbo. El dulce y jugoso higo chumbo. Colocados como una acertada obra de arquitectura hexagonal, simulando un almibarado panal con los colores de las esmeraldas, que por esos inexplicables avatares de la vida, se escapaban casi a diario de terminar rodando por el suelo ante la avalancha de la irresponsable tropa.
Su vertiginosa carrera los llevaba a cruzar el puente romano y adentrarse en el bosque, por senderos serpenteantes paralelos al río. Allí su carrera se convertía en pasos rápidos y empujones de unos sobre otro, entre risas, juegos y retos por ver quién conseguía trepar al arbusto más alto, arbustos autóctonos de hojas pequeñas y verde mar, cuyos frutos hacían sus delicias: Los armeses. Es armés es un fruto pequeño, de un color marrón oscuro y más pequeño que una canica. Su interior sólo hueso, su exterior poca carne y mucha piel, su sabor áspero y un poco amargo dejándoles la lengua rasposa y embotada. Pero no importaba. Por supuesto que no importaba. No era su meta el atiborrarse de armeses. Su meta era confeccionar cerbatanas con las cañas que arrancaban de la orilla del río y montar una verdadera batalla campal con el diminuto fruto como munición. Se las lanzaban unos a otros con toda la fuerza que sus pulmones podían expulsar. No era preocupación el prestar cuidado al lugar donde hacer diana. Cualquier lugar del cuerpo era bueno aunque no siempre el mejor para resultar ileso. Algunos a veces lloraban por el daño y los demás se burlaban llamándolos “niñitas de mamá”.
Y así, ya aparecido el crepúsculo, cuando las sombras comenzaban a adueñarse del intenso follaje, desandaban el camino andado emprendiendo el regreso, pero ahora ya no por el sendero sino por la orilla del río deteniéndose aquí y allá a la caza y captura de ranas. A veces se hacían con un buen botín y las encarcelaban en alguna lata vacía encontrada en las márgenes del río.

Y así también llegaban a sus casas.
Cansados pero no vencidos, con los babis salpicados de churretes, los zapatos embarrados y chorreantes de lodo y los calcetines empapados de agua, las pantorrillas cubiertas de arañazos y más de una rodilla sollada.

A veces los regañaban y a veces no, todo dependía del estado de ánimo de sus madres.
Sus madres.
Madres siempre oliendo a la salmuera de las aceitunas, al agrio dulzor del pimiento morrón. Madres con alpargatas húmedas de salitre y dedos abiertos de llagas por el continuo contacto con la sal. Pero madres con amor dispuestas a devolver el blanco inmaculado a los babis para que sus niños, al día siguiente los lucieran impecables en el colegio y manteniendo el hogar ordenado con el exquisito olor a puchero con hierbabuena, cena indispensable de cada noche.
Y ellos, una vez en sus camas compartidas con sus hermanos, se sentían felices esperando el mañana para vivir las mismas correrías diarias, soñando con el palodú y el coqui, y con un poco de suerte, con una sultana de las que vendía el Estoni.

Antes De Salir De Vacaciones

por diariodeunpasado @ Martes, 01. Ago, 2006 - 07:52:41

A esta hora tan temprana, mientras escribo este post, veo las primeras noticias de la tele:
No se respeta el alto el fuego en el Líbano.
Fidel delega en su hermano Raúl mientras se recupera de una operación.
La ola de calor se cobró hasta la fecha 9 víctimas.
Atentado mortal en Colombia.
Seguidores de Obrador paralizan México.
El aeropuerto del Prat de Barcelona aún continúa como una acampada de refugiados debido a la huelga.

Y yo mientras mirando como amanece a través de mi ventana. Límpido cielo, aún del color del cristal de la imaginación, lejana bruma sobre la copa de los pinos, mirlos que cantan antes de que se haga de día….

En una hora saldré para disfrutar de mis vacaciones.
15 días.
15 días de brisa salada, de gotas de mar, de vuelos de gaviotas al amanecer.
15 días para leer, para escribir, para soñar y lanzar al vuelo la imaginación.

Y 15 días para olvidarme (egoístamente) de todas estas malas noticias que invaden este mundo que tan aceleradamente estamos desbaratando.

O tal vez 15 días para pensar en ello, para tomar más conciencia de la crudeza del desastre, para interiormente solidarizarme con tanta gente que sufre (mientras yo disfruto), para encontrar como aportar mi granito de arena para que todo este mal termine.

15 días para olvidar que por unos momentos quise olvidar.

Os quiero.


 
 

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