por
diariodeunpasado
@ Martes, 16. Mayo, 2006 - 18:13:53

6,00 a.m.
El hombre despertó unos segundos antes de que sonara el despertador. No había querido quedarse dormido ese día y lo había programado la noche antes, aunque de sobra sabía que no hubiera sido necesario puesto que generalmente él no solía dormirse. Más aquél día que recién comenzaba a despuntar era distinto y quería hacer todo tal y como le dictaba su conciencia. Conciencia. ¡Que palabra más ambigua! Pensó. Aunque la idea globalizada de dicha palabra en sí era la misma para todo el mundo, en el fondo de las raíces de cada ser humano tenía un matiz distinto. Conciencia. Durante la infancia toma un cariz lineal en las mentes infantiles: distinguir entre el bien y el mal. O sea, o bueno o malo sin términos medios. En la adolescencia comienzan las dudas sobre que es lo bueno o lo malo. A veces tanto una cosa como la otra difieren sobre lo estipulado por las leyes. Y ya en la madurez la palabra toma una forma bien remodelada en cada uno. Conciencia: Capacidad de hacer con libertad sin sentir ningún tipo de remordimientos; dejarse llevar por lo que el corazón te diga. Y nada más.
El hombre recién estrenada su senilidad creía tener una conciencia clara. Sabía perfectamente que pasos dar en esta etapa crucial que atravesaba su vida a pesar de que el desenlace era aún incierto.
Se incorporó en la cama y miró en derredor: Su mujer aún dormitaba a su lado pero no en el lecho. Retozaba en un raído butacón de plástico imitando piel rojo ciruela que por algunos lados de su asiento dejaba ver tripas de goma espuma asomándose sin un ápice de pudor al exterior como intentando llegar al suelo.
Necesita un arreglo – pensó el hombre - pero la seguridad social dedicaba pocas inversiones al arreglo de esas nimiedades.
6,20 a.m.
Entró al baño a asearse. Mientras se enjabonaba la cara para afeitarse miró la imagen que se reflejaba en el espejo sobre el lavabo. Era una imagen demacrada, que mostraban ojeras y unos ojos hundidos y cansados. ¡Cuánto había cambiado!. Quiso llamar a su mujer para compartir con ella sus pensamientos pero desistió de la idea. No era el momento. No se encontraba en la misma situación de antaño cuando presentía mucho futuro por delante y el último miedo que tenía era el del final. Tenía entonces tanta vida ante sí…..Dejó escapar las lágrimas y se mezclaron con el agua que las arrastró inmisericorde hasta el sumidero. El hombre continuó llorando. Su llanto llegaba de dentro. Lloraba por la impotencia de no volver a vivir el pasado perdido; por no disfrutar del presente; por tantas dudas sobre su incierto futuro. Cesaron bruscamente al oír como su mujer lo llamaba desde el exterior anunciándole que había llegado la enfermera. Se dio prisa en vestirse con el obligado pijama gris pálido con letras pintadas de verdes en la parte superior izquierda del pecho: SAS (servicio andaluz de salud) Al mirarlas sintió como si en un lenguaje mudo le estuvieran señalando el lugar exacto en el que le hurgarían dentro de un rato. Se masajeó el rostro recién rasurado con el Barón Dandy de toda la vida y salió.
Se sentía igual que un torero en capilla antes de salir a la plaza.
7.00 a.m.
La enfermera lo saludó con mucha amabilidad. Siempre eran amables. Los tiempos en los que el personal sanitario trataba a los pacientes como si fueran escoria humana y como si ellos fueran los reyes del mundo en lugar de personas entregadas a la docencia habían quedado muy atrás .Le suministró un sedante y le deseó suerte. Sin embargo creyó notar en las palabras pronunciadas con tanto cariño un mensaje escondido. Posiblemente estaba al tanto de la situación y tal vez en sus palabras iba el reflejo de un mensaje de ánimo y un deseo de que todo saliera bien. El rogó porque su mujer no se percatara del detalle. Su mujer no sabía. Sus hijas no sabían. Y él no sabía que ellas sabían.
Cada cual por su parte habló en privado con el médico que ante todos fue implacable con su diagnóstico: Tan sólo hay un 10% de posibilidades de superar la operación. Y si no se somete a ella las posibilidades de vida son ínfimas.
Así. No más. La crueldad servida en bandeja de plata.
Que él no se entere – pidieron ellas.
Que no sepa nada de esto mi familia – pidió él.
Y así vivieron los cinco últimos días, sintiéndose todos actores de un teatro creando una situación ficticia con que tapar la realidad.
Se sentó en el butacón al lado de su esposa y le tomó la mano. No hacía falta decir palabras; además no sabía si serían capaces de salir de su boca. Solo quedaba esperar. Pronto llegarían sus hijas y sus yernos. Cuan ajenos estaban (creía él) de la verdadera y dura realidad que ahora había tomado morada en su familia. Costaba trabajo hacerse el fuerte ante ellos. Mucho. A lo lejos se oyó un rumor de voces que se acercaban por el pasillo. El hombre intuyó que sus hijas llegaban. Han madrugado – pensó.
7:30 a.m.
Hora de partir – sonó uno de los celadores
¿Tan pronto? – una de sus hijas
Será para poco tiempo – apostilló él.
8:00 a.m.
La Camilla se deslizaba sin prisas pero sin pausas por el largo pasillo camino del ascensor que lo llevaría la segunda planta. A la planta dónde se encontraban los quirófanos. Cuando el ascensor abrió sus puertas y la camilla paso dentro el hombre se volvió hacia sus hijas y su mujer y levantó la mano en un cordial saludo. Solo pronunció dos frases: “Volveré pronto” y “Cuidad mucho a mamá.”
Fue la última vez que las vio. De nuevo se cubrió con la tela verde y comenzó a estremecerse involuntariamente. No podía parar. Ya llegado a la segunda planta volvieron a suministrarle otro sedante. A los pocos segundos lo veía todo con una lentitud demasiado anormal. Y a partir de ese momento fue realmente consciente y sin la más mínima duda que lo que le iba a suceder.
Aún tenía la oportunidad de lanzar un “NO” rotundo y dar marcha atrás a todo lo establecido, pero yo lo creyó oportuno. Toda su vida se había dejado hacer sin ser capaz de imponer su voluntad. Tampoco lo era ahora. Lo único que hizo fue esperar y depositar en un SER supremo su vida.
Veía llegar las enfermeras que afanosas preparaban el instrumental y lo colocaban a su lado. Le sacaron el pijama y hombre quedó desnudo tan solo cubierto otra vez por la tela verde. Como estaba tendido boca arriba sus ojos miraban continuamente la enorme lámpara redonda de acero cubierta de focos.
Sintió frío. La temperatura de la habitación estaba muy baja. “tenemos que dejarte la temperatura corporal a muy pocos grados”- Le informó un enfermero- “Tu corazón tiene que quedar inactivo para poderlo intervenir”.
Ahora lo que lo recorrió fue un escalofrío.
Llegaron los cirujanos – Tranquilo le dijeron – Todo va a salir bien.
El sabía que no. Lo supo desde el mismo momento en que cruzó el quirófano, sin embargo, se dejaba hacer. Vio acercarse al anestesista y automáticamente le cedió el brazo para recibir el pinchazo casi letal. - Suerte – le dijeron.
El hombre creyó que estaba dormido por la situación de irrealidad en que se encontraba. Sabía que seguía en la camilla a pesar de que sus ojos estaban cerrados. Y también escuchaba el ronroneo metálico de la máquina bombeando artificialmente su sangre. Sabía que estaban reparando su corazón y que su tórax estaba abierto en dos partes y su pecho hueco. Su corazón se encontraba fuera de él; pero no sentía ningún dolor.
Como si de la proyección de una película se tratara todas las imágenes se desarrollaban en el interior de su cabeza. Un film en el que él era el único espectador además del único protagonista. Comenzó a sentir frío y quiso cubrirse el cuerpo. Intento fallido puesto que sus miembros aparecían lánguidos e inmóviles; diría que no eran suyos, que el cuerpo que veía sin ver no le pertenecía. El frío se recrudeció y tuvo la certera intuición de que algo comenzaba a fallar aunque no acertaba a comprender qué puesto que veía al equipo médico colocar nuevamente su corazón (ya reparado) en la oquedad de su pecho que había quedado vacía mientras se llevaba a cabo la intervención.
Que me cubran, que me cubran – el hombre creía que gritaba pero ni siquiera un gemido salía de su traquea paralizada por la anestesia.
Alguien se acercó para someterlo a la primera descarga que volviera a poner en funcionamiento su maquinaria recién reparada. CLAC. Nada. CLAC. Nada.
Un temor lúgubre comenzó a apoderarse de él. Los facultativos se movían inquietos y se miraban entre ellos. Nueva intentona. CLAC. Nada.
Derrotados lo volvieron a cubrir tal y como entró en la sala y lo dejaron solo.
9:30 a.m.
Su mente miraba en derredor mientras sus ojos permanecían cerrados. Era consciente de que estaba solo. Solo con el bombeo burbujeante de su sangre filtrándose en la máquina.
El hombre quiso llorar al saber su derrota, pero ni siquiera le era permitido el llanto puesto que teóricamente estaba inconsciente. Y era cierto. Estaba inconsciente si, pero solo a nivel corporal. Los entresijos y recovecos de su masa encefálica seguían recibiendo la corriente eléctrica que le enviaban las células. Su percepción parecía haberse ampliado. Y así de este modo el hombre, sin que hubiera mediado siquiera una palabra por porte del equipo de cirujanos, supo que era imposible devolver su corazón a la vida. Supo que su corazón estaba cansado por el peso de tantos minutos, tantos segundos, tantas horas…tantos… años vividos sin descanso. Cansado. Hizo una reflexión: Cansado no era la palabra. La palabra era muerto. Su corazón estaba muerto. El seguía con vida gracias a la bondad de la máquina que hacía las funciones de su corazón.
Nunca creyó que se encontraría en esta situación. Vivo pero sin corazón. Muerto pero con un vinculo aún con la vida material. Cuanto le quedaría?. Antes o después lo desconectarían. Sintió como se hundía en un pozo de pena y aunque no la sintió vio como una lágrima resbalaba por su mejilla con aroma a barón dandy.
10,00 a.m.
La muerte. Una palabra a la que tenía mucho respeto y a la que siempre se había creído capaz de afrontar. Sin embargo, llegado el momento se sentía si fuerzas.
Quiso tener un pensamiento para con los suyos que se quedaban aquí, pero las leyes de la naturaleza son a veces contrarias a lo que creemos y no le dio esa oportunidad. No pensó en los suyos que se quedaban. Pensó en los suyos que ya partieron. Y los llamó porque sentía una inmensa necesidad de ellos.
La muerte es ya muy cruel en si misma y mas cruel aún porque hemos de pasarla solos.
Así tal y como el nacer es un hecho personal, la muerte también lo es, con la diferencia de que al nacer, a pesar de pasar solos el duro trance, las expectativas son distintas puesto que de seguida unos brazos amorosos te acunan y tú tienes ante ti toda una vida por delante.
En la muerte, además de ser un acto solitario no se cuenta con la presencia de unos padres (que por ley ya han pasado antes por ese trance) para darte ánimos y acompañarte en ese último viaje.
El hombre casi sin darse cuenta los llamó. Fue un grito silencioso el que salió de su mente. ¡PADRE, MADRE! No me dejéis solo ahora. Me siento como un niño aterrorizado por una pesadilla en la madrugada. Una pesadilla dentro de una realidad.
Tengo frío y necesito de unos brazos cálidos que me den calor y fortaleza. Tengo miedo y necesito de unas palabras reconfortantes.
Tengo dudas y necesito respuestas.
Tengo una vida vivida tras de mí y desconozco lo que tengo delante.
Tengo…….
El hombre no supo como ni en que momento fue, pero ellos estaban allí, a su lado. Sus padres. Jóvenes, radiantes, luminosos…. Tal y como estaban el día en que él hizo la Primera Comunión.
Se situaron a ambos lados de la cama y le tomaron las manos. El calor de ellos le recorrió las vértebras en una energética electricidad.
Todo irá bien – le dijeron. Todo bien.
10:30 a.m.
El hombre no podría decir cuanto tiempo llevaban a su lado en el momento en que llegó el cirujano catedrático. Tampoco importaba mucho. Durante todo ese tiempo el había vuelto a sentir tantos sentimientos vividos antaño y que creía olvidados: sus miedos, sus alegrías, sus esperanzas, sus satisfacciones…….
Ellos habían traído todo eso consigo para transmitírselo a él, que se sentía navegar sobre una balsa de aguas cristalinas y puras.
El cirujano se acercó y comprobó sus constantes vitales. Luego se dirigió a la máquina y pulsó el botón dejándolo en OFF. Salió del recinto.
Ellos quedaron los tres tomados fuertemente de las manos.
11.00 a.m.
Comenzó a notar como se elevaba. Aún así sus padres no lo soltaban.
Se encontraba satisfecho con su vida vivida y que acababa de perder. Estaba orgulloso. Su madre le sonreía. La mirada de su padre lo animaba..
Los tres eran ya una energía fluctuante que se integraban entre si y seguían elevándose quien sabe dónde.
Alguien volvió a entrar en la habitación y cubrió su cuerpo por completo tapando incluso su cabeza.
Ya no es mi cuerpo pensó el hombre.
11.10 a.m.
¿Qué hay ahora madre?
¡Shisttttttt!