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La Luna

por diariodeunpasado @ Martes, 30. Mayo, 2006 - 19:43:03

cafe de luna

¡Que mágica locura era aquella que nos envolvía cuándo entrábamos en La Luna!
Yo la solía mirar y rodear, con un dedo imaginario, su silueta de neón azul. Era una media luna como la que luce entre palmeras en las noches cálidas de oriente. Fina, esbelta, resplandeciente por la magia de la electricidad. Estaba allí, sobre la máquina del café y separada de la pared unos centímetros, lo cual provocaba un efecto óptico que le daba la apariencia de estar suspendida en el aire. Bajo ella, y como una réplica de su firma, su nombre: La Luna. Y una tímida rúbrica formando un medio lazo sosteniendo las letras. Todo del mismo neón azul.
A veces después de mirarla y volverme hacia ti me parecía seguir viéndola en tus ojos.
Tus ojos entre verdes y azules. Nunca pude definir claramente su color porque tus ojos, cambiaban su tonalidad como un caleidoscopio. Cambiaban según la intensidad de la luz del día. O según la intensidad de tus sentimientos.
Yo se que arrancaba de ti muchas sensaciones, igual que tu las arrancabas de mí. También por eso cambiaban.
Me recuerdo frente a ti haciendo equilibrios en el alto taburete sobre el que me sentaba. La mayoría de las veces se deslizaba de mi pie el zapato de tacón y quedaba descalza y eso nos provocaba risas. Recuerdo mi mano izquierda fuertemente enlazada con la tuya; la derecha sosteniendo una taza de café o una copa que casi siempre tomábamos a media entre los dos.
De fondo siempre sonaba la música de los 40 principales. O casi siempre. A veces el encargado de mantener la sintonía en el local solía deleitar a su clientela con algún c.d. de Alejandro Sanz o de Presuntos Implicados, y nosotros nos dejábamos envolver por ellos. Yo volvía a mirarme y remirarme en tus ojos.
Se producía entonces una especie de embrujo que me arrastraba dentro de un remolino de sensaciones. Poco a poco se iba difuminando el entorno. Las personas que nos rodeaban dejaban de ser personas para semejar siluetas opacas con movimientos de una lentitud excesiva. Todo se volvía borroso como las aguas agitadas por una brisa de otoño. Todo desaparecía a nuestra percepción.
Eran los momentos mágicos.
Entonces dejábamos de ser dos personas adultas y responsables para volver a ser dos adolescentes enamorados que alucinaban mirándose y hablando continuamente. Recuerdo que teníamos que cubrir la boca del otro con la mano para poder hablar. ¡Teníamos tantas cosas que decirnos! El tiempo dejaba de ser tiempo y el espacio dejaba de ser espacio. No había hora entonces, ni minutos ni segundos. Todo se paraba. Nos encontrábamos en un lugar único y creado solo para nosotros. Para disfrutar yo de ti. Para disfrutar tú de mí. Para reír (y a veces llorar), contarnos las cosas cotidianas del día, recordar las veces que nos habíamos extrañado al cabo de las horas, cantar a dúo una canción que sonaba y nos hacía estremecer. Y sobre todo mirarnos los ojos. A veces parecía que tus ojos me tragaban (cuanto hubiera dado yo porque me hubieran tragado de verdad) Y yo como contrapunto dibujaba tus labios con mi dedo. No siempre lograba escapar de un mordisco.
Fuera, la bruma comenzaba a bajar hasta el suelo y las sombras se iban abriendo paso venciendo a la claridad. Empezaban a encenderse las farolas y los adoquines de la calle reflejaban la luz que despedían los autos al pasar. Sonaba Eros Ramazotti. Y el hechizo se rompía cuando tu voz sonaba pidiendo la cuenta. Miles de retazos de tiempo hecho añicos. Minutos rotos que me devolvían de nuevo a la realidad, y provocaban en mí el miedo a partir de aquel sitio mágico. Y el miedo a separarme de ti. ¡Cuánto te quería! No ha habido en mi vida amor más grande que el tuyo. Amor más inmenso. Amor más bello. Tú y tu encanto. Tú y tu dulzura.

noche
Ya de vuelta, en la intimidad del auto me entretenía en mirar tu silueta iluminada por las luces del cuadro de mandos. Tu silueta provocaba en mí muchas cosas, tantas que no era capaz de expresártelas. Fuera, la otra luna, la de plata que se sostiene en el cielo, la de verdad, nos llevaba a la realidad. Tú volvías a ser tú, introvertido, ocultando de nuevo tus sentimientos y de regreso a tu hogar familiar. Yo volvía a ser yo, extrovertida, alegre y risueña, y también de regreso a mi hogar familiar, fingiendo ser feliz con mi vida que desde hacía tiempo tenía establecida. Y enamorada. Enamorada de ti como una colegiala.
Luego tu por tu camino y yo por el mío hasta el día siguiente. Mientras tanto, la soledad de tu ausencia me cortaba como un malvado cuchillo de acero afilado. Y la oscuridad de la noche me envolvía en sus brazos gélidos y helados.
Y allá arriba mirándonos, La Luna.


 
 

Silencio

por diariodeunpasado @ Lunes, 29. Mayo, 2006 - 21:01:17

carta de amor

Hoy, 29 de Mayo, en esta tarde barrida por un viento fresco, recibió su carta.

Silencio.

Dejaron de cantar los gorriones. Los mirlos acallaron el llamar a sus crías. La cigarra se quedó muda. El frotar de las hojas del álamo al son del viento se paralizó.

Silencio.

Su corazón por el contrario comenzó a galopar cada vez más veloz, a punto de encabritarse.
Silencio en derredor.
Miles de estallidos dentro de su cabeza. Y el loco trotar de su corazón.
Tantos días sin tener noticias, tanto tiempo sin saber nada de él, sin una señal de vida….
Y ahora la carta. Una carta que abrió con dedos trémulos y un ligero temblor.
Era escueta. Pocas letras y alguna frase que ella leyó con ojos huidizos.

Silencio.

Cerró fuerte los labios y ella misma se pidió silencio.
Quería calmar el torbellino de mariposas que pululaban en su interior.
Quería comprender porqué nunca se vieron a pesar de conocerse tanto.
Porqué después de un tiempo infinito en la distancia anhelando encontrarse, se alejaron definitivamente cuando más cerca se encontraban, para no verse nunca.

Por eso quería silencio. Sabía que no eran el uno para el otro.

Silencio para pensar.

La vida a veces no es todo lo justa que necesitamos y nos pone a destiempo en el universo.

Silencio para olvidarlo todo.

Guardó la carta entre sus pertenencias.

En su pecho entrechocaban sus alas miles de mariposas.
Ella les ordenó silencio.

labios2

Las Guerras Nunca Se Olvidan

por diariodeunpasado @ Domingo, 28. Mayo, 2006 - 21:57:52

Este post es en relación con uno que he leido del Curasagrado,y he sentido la necesidad de escribir, aunque el tema no es de los que mejor se me da.

Los nacionales

Las guerras nunca se olvidan, pasan a la historia y quedan por siempre en el recuerdo escrito.
Sin embargo los muertos en ellas tan solo son recordados por sus familiares, y cuando éstos faltan, ni siquiera por ellos.En unos pocos años nadie sabrá que murieron como "heroes" (tanto los de un bando como los de otro)porque tan sólo serán pasto pasado.
Es una pena que el hombre se siga matando por unos ideales.

20051206-manifestacion_por_la_tercera_republica

Cada cual piensa que tiene la razón. Y seguramente así será, tal vez la razón la tengan los dos, cada uno a su manera. Lo que no es lógico que no se sepan respetar mutuamente y hasta se mate por ello. Es una aberración.
Luego, como en esta guerra que tenemos aún tan reciente, triunfan los poderosos, los fuertes, los desalmados, para seguir cometiendo barvaries con los vencidos.
¡Qué pena!

bombardeo_fascista

(Mis abuelos (a los que no conocí), fueron parte activista de esa guerra por el partido republicano.
El hermanos de uno de ellos idealizaba con la falange.Quiero decir que en la familia había de todas las ideas. Cada uno en su momento y según el bando activicta, fueron torturados, humillados y casi masacrados. Después de morir uno de mis abuelos a mi abuela le raparon la cabeza y la pasearon por toda la ciudad entre abucheos e insultos. Mi tía estuvo presa con 18 años por ser hija de un consejal de la república ya muerto.... Todos sufrieron y aún siguen sufriendo con los recuerdos.
Y todos eran excelentes personas.
cartel1

Por favor no más guerras.

Déjame decirte

por diariodeunpasado @ Sábado, 27. Mayo, 2006 - 21:09:05

No me cuelgues el teléfono.
Déjame decirte una vez más cuanto te amo.
Déjame decirte cuanto te necesito.
Ven. Vuelve a mí.
Como antes. Como entonces. Como cuando los dos éramos uno.
felix_mas__4

Deja que te recuerde en un susurro la electricidad que se producía en nosotros cuando uníamos nuestras manos, el temblor de nuestros labios cuando se juntaban y el ronco latir de nuestros corazones al abrazarnos.
No tengas miedo.
No voy a hablarte de remordimientos ni de una sociedad hambrienta de carnuza porque no respetamos los cánones establecidos.
Está demás decir que nunca comprendieron.
Que nuestros sentimientos fueron producto para la envidia.
Que nos despellejaron vivos con sus lenguas viperinas y que consiguieron su propósito: Separarnos.
No te voy a recordar la verguenza, ni las largas noches en solitario llorando, ni cuando nos volvíamos la cara al encontrarnos en las esquinas.
No.
Voy a recordarte lo importante que fuiste en mi vida.
Lo que te quise. Lo que te amé.
Dicen que donde quedan rescoldos aún puede prender la llama.
Pero ya es tarde.
Es tarde porque sé que colgastes el teléfono.

Abro la ventana y dejo entrar este aire caliente que hoy sopla procedente del estrecho.
Este 27 de mayo apareció con dedos pegajosos y calientes.

Voy a salir fuera.

Voy a imaginar que ese calor me lo envías tú.

¿Porqué?

por diariodeunpasado @ Jueves, 25. Mayo, 2006 - 11:02:33

Noche estrellada (2)

No podría decir exactamente el motivo, pero en mitad de la madrugada desperté con una enorme sensación de tristeza. O peor aún de soledad. Me sentía angustiada sin poder reconciliar de nuevo el sueño. ¡Qué amargo vacío deja dentro de uno la soledad!
Desde mi lecho miré tras la ventana como se deslizaba silenciosamente la noche.
Divisé las copas de los pinos y en la lejanía las oscuras sombras de los abetos (creo que ya los he mostrado en alguna foto).Sobre ellos una luna suspendida en la negrura. Era una luna de tan delgada línea que no era capaz de derramar luz alguna. Parecía la media luna de las noches orientales cuando luce majestuosa sobre el oasis y sobre la dorada arena del desierto.
Pero aquí no transmitía esa áurea mágica que nos sumerge en una electrizante euforia. Tan sólo se limitaba a dejarse ver dejando a la par mi corazón desolado.
No sé porqué me siento triste. No sé porqué me siento sola. No sé porqué desperté triste.
Que debo ser una persona apesadumbrada se demuestra claramente en mis escritos. En ellos saco, aunque no sea consciente de ello, la parte más desacertada de mí. Por lo tanto debo de ser una persona triste.
Y yo que de cara a todos y en mis relaciones con los demás soy de lo más positivo….
Mi carácter es alegre y burlón. Me río hasta de mi sombra y de todo lo malo saco algo bueno.
Mi capacidad de analizar siempre opta por lo más positivo y la comprensión es una de mis virtudes.
Tal vez por eso siempre ando rodeada de amigos. Son ellos los que me buscan, así como los compañeros de trabajo y los familiares. En mi casa raro es el día que no tengo una visita para estar un rato conmigo. Eso me da a entender que soy una persona querida, que no estoy sola. Sin embargo…
¿Por qué esta tristeza y esta maldita soledad interior que siempre me acompaña? Desde que tengo uso de razón la llevo a cuestas.
Desde muy pequeña han sido mis compañeras. Como esta madrugada. Me acompañaron mientras cantaba el cárabo a lo lejos y hasta que comenzaron a trinar los mirlos (son los primeros que madrugan) llamando a sus crías.
También estuvo a mi lado mientras tomaba el primer café de la mañana y preparaba el desayuno para mi familia aún dormida.
Sin embargo, nadie lo diría. ¿Es eso acaso hipocresía? ¿Es que no me muestro ante los demás como realmente soy?
Después y poco a poco la casa fue tomando vida y el agua de la ducha que dejé correr sobre mí parece que arrastró un poco la sensación de desazón.
Pero a ésta hora, aún algo se remueve en mí cuando no soy capaz de responderme a mí misma:
¿Por qué soy triste y me siento sola?

El Paseo De Las Jacarandas

por diariodeunpasado @ Viernes, 19. Mayo, 2006 - 20:35:57

paseo jacarandas 2
La mujer sentada en su mecedora miraba a través del visillo. Ante sus ojos se extendía la calle escoltada a ambos lados por hileras de jacarandas que hacía guardia en las aceras.
Con este calor temprano habían florecido más pronto de lo habitual y lucían con ramas algo abandonadas de hojas pero cuajadas de flores lilas que ocultaban sus desnudos troncos. Por alguna razón que no llegaba a su entendimiento, los árboles, majestuosos y altivos aparecían inclinados hacia el centro de la calle, como queriendo entrelazar sus ramas en un desesperado intento de fundirse unos con otros.
El caminar bajo ellos era como cruzar un túnel de sombras a veces azuladas, a veces moradas, según el tono de las flores.
No se distinguía el pavimento. Una alfombra entre cobalto y lila lo cubrían casi por completo dando mayor contraste al verde de los arriates.
La mujer consultó su reloj y supo que aún faltaba un poco. Abrió la ventana, una cuarta tan sólo, y una corriente de aire fresco y perfumado penetró en el interior. Le sopló en la cara y le arremolinó el pelo, que volvió a recomponerse de forma sensual. Siempre había sido muy presumida.
Se dispuso a seguir con la lectura de cada tarde mientras esperaba. Era para ella una rutina diaria. Sentarse ante la ventana, leer el libro de turno, mirar de cuando en cuando la calle y esperar.
El delicado visillo de gasa blanca se elevó despacio empujado por el suave viento que entraba de fuera. Lo apartó con cuidado y cerró los ojos por un instante. Sabía que era el momento.
Una risa que llegaba de lejos la hizo abrirlos; se incorporó un poco y miró a la lejanía.
Y allí estaban. Bajo el manto azul de las jacarandas que parecía haber usurpado el lugar al cielo, se los veía venir a lo lejos. Venían cogidos de la mano, paseando despacio, arrastrando con sus pies las hojas de las flores caídas. El chico le subía dos palmos a la chica; sin embargo, la forma de andar infantil y cantarina de ella, hacía a veces que la distinta altura no se apreciara tanto en ambos. La chica venía riendo. La mujer dedujo que posiblemente debido a algún comentario de él. El la abrazó por el cuello y la acercó hacia sí. Le depositó varios besos en el pelo. Se entrelazaron por la cintura…….
La mujer volvió a cerrar los ojos. Llevaba tantas tardes, tantos días, tanto tiempo observando lo mismo, que no le hacía falta mantenerlos abiertos.
Sabía que en su paseo hacían ilusionados planes de futuro. Sabía que se amaban locamente y que por esas caprichosas situaciones del destino no estaban predestinados a continuar mucho tiempo juntos. Pero ellos desafiaban las leyes de la naturaleza y se amaban cada día, cada tarde como la de hoy, entre risas y juegos como sólo los adolescentes saben hacerlo.
La mujer sabía que un día dejaría de verlos, que ya no vendrían, que uno de los dos habría partido a otro lugar, y eso la ponía triste porque recordaba momentos pasados que se esforzaba por ahuyentar.
Mientras tanto disfrutaba a la par que los enamorados bajo las jacarandas. Hacía suyo cada suspiro de amor, cada frase de cariño, cada beso apasionado……Y los sentía tal y cómo los sentían ellos. Sentía el calor corporal cuando ambos se sentaban en el banco y se hacían arrumacos, y cuando él pasaba el brazo sobre los hombros de ella para abrigarla del viento que a veces se levantaba de su letargo.
El murmullo de la conversación se iba haciendo cada vez más distante en la calle.
La mujer sabía que el paseo estaba terminando, que dentro de poco se perderían entre la oquedad sombría de las jacarandas….. Y también sabía que volverían mañana.
Mientras tanto ella se confortaba con mirar la foto que tenía frente a sí, sobre la cómoda, enmarcada en con una madera que ya lucía ajada. Era una foto de la pareja del paseo de las jacarandas pero en ella no lucían los colores habituales. Era de color sepia. Era una foto ya vieja y antigua, de hacía mucho tiempo, pero a la mujer no le importaba. Esa foto era su vida. En esa foto estaba su vida.

Una voz sonó a lo lejos desde dentro de la casa.
- Es hora de cenar y de tomar las medicinas.
La mujer no dijo nada. Continuó mirando la foto.
- No es bueno que siempre la andes mirando. Ya sabes que es parte del pasado y no te hace bien.

La mujer pensó que lo único que tenía era el pasado, el recuerdo de cuando ella y su amor adolescente paseaban bajo las jacarandas. Tan sólo eso. Ella no tenía presente.
Su presente se quebró el día que él le fue arrebatado. Ahí quedó su presente. Y sabía que su pasado regresaba cada tarde a regalarle unos momentos de felicidad.

La voz dio la vuelta a la foto para que la mujer no la siguiera mirando.
- ¿Y qué haces cada tarde mirando tanto tiempo hacía la calle desierta?
¿Desierta? – Pensó la mujer para sí – No está desierta. Estamos en ella él y yo.

Pero de su boca no salió ningún sonido. Sólo cerró los ojos y tomó las medicinas.

paseo jacarandas dibujo

Cinco Horas Diez Minutos

por diariodeunpasado @ Martes, 16. Mayo, 2006 - 18:13:53

rayos

6,00 a.m.
El hombre despertó unos segundos antes de que sonara el despertador. No había querido quedarse dormido ese día y lo había programado la noche antes, aunque de sobra sabía que no hubiera sido necesario puesto que generalmente él no solía dormirse. Más aquél día que recién comenzaba a despuntar era distinto y quería hacer todo tal y como le dictaba su conciencia. Conciencia. ¡Que palabra más ambigua! Pensó. Aunque la idea globalizada de dicha palabra en sí era la misma para todo el mundo, en el fondo de las raíces de cada ser humano tenía un matiz distinto. Conciencia. Durante la infancia toma un cariz lineal en las mentes infantiles: distinguir entre el bien y el mal. O sea, o bueno o malo sin términos medios. En la adolescencia comienzan las dudas sobre que es lo bueno o lo malo. A veces tanto una cosa como la otra difieren sobre lo estipulado por las leyes. Y ya en la madurez la palabra toma una forma bien remodelada en cada uno. Conciencia: Capacidad de hacer con libertad sin sentir ningún tipo de remordimientos; dejarse llevar por lo que el corazón te diga. Y nada más.
El hombre recién estrenada su senilidad creía tener una conciencia clara. Sabía perfectamente que pasos dar en esta etapa crucial que atravesaba su vida a pesar de que el desenlace era aún incierto.
Se incorporó en la cama y miró en derredor: Su mujer aún dormitaba a su lado pero no en el lecho. Retozaba en un raído butacón de plástico imitando piel rojo ciruela que por algunos lados de su asiento dejaba ver tripas de goma espuma asomándose sin un ápice de pudor al exterior como intentando llegar al suelo.
Necesita un arreglo – pensó el hombre - pero la seguridad social dedicaba pocas inversiones al arreglo de esas nimiedades.

6,20 a.m.
Entró al baño a asearse. Mientras se enjabonaba la cara para afeitarse miró la imagen que se reflejaba en el espejo sobre el lavabo. Era una imagen demacrada, que mostraban ojeras y unos ojos hundidos y cansados. ¡Cuánto había cambiado!. Quiso llamar a su mujer para compartir con ella sus pensamientos pero desistió de la idea. No era el momento. No se encontraba en la misma situación de antaño cuando presentía mucho futuro por delante y el último miedo que tenía era el del final. Tenía entonces tanta vida ante sí…..Dejó escapar las lágrimas y se mezclaron con el agua que las arrastró inmisericorde hasta el sumidero. El hombre continuó llorando. Su llanto llegaba de dentro. Lloraba por la impotencia de no volver a vivir el pasado perdido; por no disfrutar del presente; por tantas dudas sobre su incierto futuro. Cesaron bruscamente al oír como su mujer lo llamaba desde el exterior anunciándole que había llegado la enfermera. Se dio prisa en vestirse con el obligado pijama gris pálido con letras pintadas de verdes en la parte superior izquierda del pecho: SAS (servicio andaluz de salud) Al mirarlas sintió como si en un lenguaje mudo le estuvieran señalando el lugar exacto en el que le hurgarían dentro de un rato. Se masajeó el rostro recién rasurado con el Barón Dandy de toda la vida y salió.
Se sentía igual que un torero en capilla antes de salir a la plaza.

7.00 a.m.
La enfermera lo saludó con mucha amabilidad. Siempre eran amables. Los tiempos en los que el personal sanitario trataba a los pacientes como si fueran escoria humana y como si ellos fueran los reyes del mundo en lugar de personas entregadas a la docencia habían quedado muy atrás .Le suministró un sedante y le deseó suerte. Sin embargo creyó notar en las palabras pronunciadas con tanto cariño un mensaje escondido. Posiblemente estaba al tanto de la situación y tal vez en sus palabras iba el reflejo de un mensaje de ánimo y un deseo de que todo saliera bien. El rogó porque su mujer no se percatara del detalle. Su mujer no sabía. Sus hijas no sabían. Y él no sabía que ellas sabían.
Cada cual por su parte habló en privado con el médico que ante todos fue implacable con su diagnóstico: Tan sólo hay un 10% de posibilidades de superar la operación. Y si no se somete a ella las posibilidades de vida son ínfimas.
Así. No más. La crueldad servida en bandeja de plata.
Que él no se entere – pidieron ellas.
Que no sepa nada de esto mi familia – pidió él.
Y así vivieron los cinco últimos días, sintiéndose todos actores de un teatro creando una situación ficticia con que tapar la realidad.
Se sentó en el butacón al lado de su esposa y le tomó la mano. No hacía falta decir palabras; además no sabía si serían capaces de salir de su boca. Solo quedaba esperar. Pronto llegarían sus hijas y sus yernos. Cuan ajenos estaban (creía él) de la verdadera y dura realidad que ahora había tomado morada en su familia. Costaba trabajo hacerse el fuerte ante ellos. Mucho. A lo lejos se oyó un rumor de voces que se acercaban por el pasillo. El hombre intuyó que sus hijas llegaban. Han madrugado – pensó.

7:30 a.m.
Hora de partir – sonó uno de los celadores
¿Tan pronto? – una de sus hijas
Será para poco tiempo – apostilló él.

8:00 a.m.
La Camilla se deslizaba sin prisas pero sin pausas por el largo pasillo camino del ascensor que lo llevaría la segunda planta. A la planta dónde se encontraban los quirófanos. Cuando el ascensor abrió sus puertas y la camilla paso dentro el hombre se volvió hacia sus hijas y su mujer y levantó la mano en un cordial saludo. Solo pronunció dos frases: “Volveré pronto” y “Cuidad mucho a mamá.”
Fue la última vez que las vio. De nuevo se cubrió con la tela verde y comenzó a estremecerse involuntariamente. No podía parar. Ya llegado a la segunda planta volvieron a suministrarle otro sedante. A los pocos segundos lo veía todo con una lentitud demasiado anormal. Y a partir de ese momento fue realmente consciente y sin la más mínima duda que lo que le iba a suceder.
Aún tenía la oportunidad de lanzar un “NO” rotundo y dar marcha atrás a todo lo establecido, pero yo lo creyó oportuno. Toda su vida se había dejado hacer sin ser capaz de imponer su voluntad. Tampoco lo era ahora. Lo único que hizo fue esperar y depositar en un SER supremo su vida.
Veía llegar las enfermeras que afanosas preparaban el instrumental y lo colocaban a su lado. Le sacaron el pijama y hombre quedó desnudo tan solo cubierto otra vez por la tela verde. Como estaba tendido boca arriba sus ojos miraban continuamente la enorme lámpara redonda de acero cubierta de focos.
Sintió frío. La temperatura de la habitación estaba muy baja. “tenemos que dejarte la temperatura corporal a muy pocos grados”- Le informó un enfermero- “Tu corazón tiene que quedar inactivo para poderlo intervenir”.
Ahora lo que lo recorrió fue un escalofrío.
Llegaron los cirujanos – Tranquilo le dijeron – Todo va a salir bien.
El sabía que no. Lo supo desde el mismo momento en que cruzó el quirófano, sin embargo, se dejaba hacer. Vio acercarse al anestesista y automáticamente le cedió el brazo para recibir el pinchazo casi letal. - Suerte – le dijeron.
El hombre creyó que estaba dormido por la situación de irrealidad en que se encontraba. Sabía que seguía en la camilla a pesar de que sus ojos estaban cerrados. Y también escuchaba el ronroneo metálico de la máquina bombeando artificialmente su sangre. Sabía que estaban reparando su corazón y que su tórax estaba abierto en dos partes y su pecho hueco. Su corazón se encontraba fuera de él; pero no sentía ningún dolor.
Como si de la proyección de una película se tratara todas las imágenes se desarrollaban en el interior de su cabeza. Un film en el que él era el único espectador además del único protagonista. Comenzó a sentir frío y quiso cubrirse el cuerpo. Intento fallido puesto que sus miembros aparecían lánguidos e inmóviles; diría que no eran suyos, que el cuerpo que veía sin ver no le pertenecía. El frío se recrudeció y tuvo la certera intuición de que algo comenzaba a fallar aunque no acertaba a comprender qué puesto que veía al equipo médico colocar nuevamente su corazón (ya reparado) en la oquedad de su pecho que había quedado vacía mientras se llevaba a cabo la intervención.
Que me cubran, que me cubran – el hombre creía que gritaba pero ni siquiera un gemido salía de su traquea paralizada por la anestesia.
Alguien se acercó para someterlo a la primera descarga que volviera a poner en funcionamiento su maquinaria recién reparada. CLAC. Nada. CLAC. Nada.
Un temor lúgubre comenzó a apoderarse de él. Los facultativos se movían inquietos y se miraban entre ellos. Nueva intentona. CLAC. Nada.
Derrotados lo volvieron a cubrir tal y como entró en la sala y lo dejaron solo.

9:30 a.m.
Su mente miraba en derredor mientras sus ojos permanecían cerrados. Era consciente de que estaba solo. Solo con el bombeo burbujeante de su sangre filtrándose en la máquina.
El hombre quiso llorar al saber su derrota, pero ni siquiera le era permitido el llanto puesto que teóricamente estaba inconsciente. Y era cierto. Estaba inconsciente si, pero solo a nivel corporal. Los entresijos y recovecos de su masa encefálica seguían recibiendo la corriente eléctrica que le enviaban las células. Su percepción parecía haberse ampliado. Y así de este modo el hombre, sin que hubiera mediado siquiera una palabra por porte del equipo de cirujanos, supo que era imposible devolver su corazón a la vida. Supo que su corazón estaba cansado por el peso de tantos minutos, tantos segundos, tantas horas…tantos… años vividos sin descanso. Cansado. Hizo una reflexión: Cansado no era la palabra. La palabra era muerto. Su corazón estaba muerto. El seguía con vida gracias a la bondad de la máquina que hacía las funciones de su corazón.
Nunca creyó que se encontraría en esta situación. Vivo pero sin corazón. Muerto pero con un vinculo aún con la vida material. Cuanto le quedaría?. Antes o después lo desconectarían. Sintió como se hundía en un pozo de pena y aunque no la sintió vio como una lágrima resbalaba por su mejilla con aroma a barón dandy.

10,00 a.m.
La muerte. Una palabra a la que tenía mucho respeto y a la que siempre se había creído capaz de afrontar. Sin embargo, llegado el momento se sentía si fuerzas.
Quiso tener un pensamiento para con los suyos que se quedaban aquí, pero las leyes de la naturaleza son a veces contrarias a lo que creemos y no le dio esa oportunidad. No pensó en los suyos que se quedaban. Pensó en los suyos que ya partieron. Y los llamó porque sentía una inmensa necesidad de ellos.
La muerte es ya muy cruel en si misma y mas cruel aún porque hemos de pasarla solos.
Así tal y como el nacer es un hecho personal, la muerte también lo es, con la diferencia de que al nacer, a pesar de pasar solos el duro trance, las expectativas son distintas puesto que de seguida unos brazos amorosos te acunan y tú tienes ante ti toda una vida por delante.
En la muerte, además de ser un acto solitario no se cuenta con la presencia de unos padres (que por ley ya han pasado antes por ese trance) para darte ánimos y acompañarte en ese último viaje.
El hombre casi sin darse cuenta los llamó. Fue un grito silencioso el que salió de su mente. ¡PADRE, MADRE! No me dejéis solo ahora. Me siento como un niño aterrorizado por una pesadilla en la madrugada. Una pesadilla dentro de una realidad.
Tengo frío y necesito de unos brazos cálidos que me den calor y fortaleza. Tengo miedo y necesito de unas palabras reconfortantes.
Tengo dudas y necesito respuestas.
Tengo una vida vivida tras de mí y desconozco lo que tengo delante.
Tengo…….
El hombre no supo como ni en que momento fue, pero ellos estaban allí, a su lado. Sus padres. Jóvenes, radiantes, luminosos…. Tal y como estaban el día en que él hizo la Primera Comunión.
Se situaron a ambos lados de la cama y le tomaron las manos. El calor de ellos le recorrió las vértebras en una energética electricidad.
Todo irá bien – le dijeron. Todo bien.

10:30 a.m.
El hombre no podría decir cuanto tiempo llevaban a su lado en el momento en que llegó el cirujano catedrático. Tampoco importaba mucho. Durante todo ese tiempo el había vuelto a sentir tantos sentimientos vividos antaño y que creía olvidados: sus miedos, sus alegrías, sus esperanzas, sus satisfacciones…….
Ellos habían traído todo eso consigo para transmitírselo a él, que se sentía navegar sobre una balsa de aguas cristalinas y puras.
El cirujano se acercó y comprobó sus constantes vitales. Luego se dirigió a la máquina y pulsó el botón dejándolo en OFF. Salió del recinto.

Ellos quedaron los tres tomados fuertemente de las manos.

11.00 a.m.
Comenzó a notar como se elevaba. Aún así sus padres no lo soltaban.
Se encontraba satisfecho con su vida vivida y que acababa de perder. Estaba orgulloso. Su madre le sonreía. La mirada de su padre lo animaba..
Los tres eran ya una energía fluctuante que se integraban entre si y seguían elevándose quien sabe dónde.

Alguien volvió a entrar en la habitación y cubrió su cuerpo por completo tapando incluso su cabeza.

Ya no es mi cuerpo pensó el hombre.

11.10 a.m.
¿Qué hay ahora madre?

¡Shisttttttt!

Dia Perfido

por diariodeunpasado @ Miércoles, 10. Mayo, 2006 - 19:21:50

arboles

Retazos de recuerdos que luchan por emerger a la superficie.
Fuerzas internas que batallan por esconderlos.
Oleadas de números que en la oscuridad intentan dar forma a una fecha.
Una razón que se ofusca en desechar todo lo que la sinrazón se esfuerza en sacar a flote.
La conciencia no quiere tener conciencia del día de hoy. Se niega a aceptarlo e intenta esconderse en los recovecos del sopor. Cierra los ojos. A través de sus párpados sólo vislumbra el púrpura de la opacidad.
Pero la realidad es fuerte y lucha y de una punzada rompe la irrealidad.
Oleadas de desconsuelo, maraña de sinsabores, remolinos sin color que engullen la negación al dolor.
Y el dolor se despierta, se despereza sin prisas y se traga la anhelada anestesia en un prolongado bostezo. Se apodera del momento y todo sale a flote.
Mezcla imágenes sin compasión, rompiendo las entrañas en mil pedazos.
Por unos instantes el corazón arremete y aflora el recuerdo de sabanas blancas, luces de neón en el techo, voces lejanas, presión, dolor sordo en el vientre….
Luego el esbozo de una carita inocente
La tibieza de unos labios recién estrenados…
El alma se deja llevar y disfruta por unos instantes.
Luego la oscuridad toma el mando de nuevo y todo se hace añicos, punzantes como el cristal.
No hay nada. No queda nada.
No es posible seguir ignorando.
Aceros afilados sacan del interior lo que estaba tan oculto y como un lejano eco traduce el significado del día de hoy:
Una llegada al mundo. Su llegada.

El Corazón de Mi Amigo

por diariodeunpasado @ Martes, 09. Mayo, 2006 - 20:25:17

corazon entero

Se le queja de cansado el corazón a mi amigo.
A veces, aunque él esté relajado,
Aunque se sienta tranquilo,
Se le amotina en el pecho
Y se le vuelve bandido.

Le da brincos por sorpresa,
Le late veloz sin motivo
Y hace a mi amigo presa
De su galopar altivo,
Cual caballo desbocado
Sin rienda que lo haga pasivo.

Y es que ese corazón,
El corazón de mi amigo
Quiere que mi amigo sepa
Que aunque lo tenga escondido
Él quiere sacar a la luz
Sentimientos retenidos,
Vivencias nunca vividas,
Y momentos emotivos
Que quedaron encerrados
Por decisión de mi amigo.

Su cansancio no es dolencia
Por ningún motivo físico
Su cansancio es un cansancio
Por tener que hacer cautivo
Todo el amor que en sí encierra
Todo el cariño adquirido
Toda la dulzura impresa
Cosecha de lo vivido.

Y es que ese corazón,
El corazón de mi amigo,
Quiere que mi amigo sepa
Que se cansó de esperar
El que le saquen a flote
Su lado más positivo
El más lindo y cariñoso,
El más tierno, el más querido
El Yo más maravilloso
El otro Yo de mi amigo.

Las Hojas Secas

por diariodeunpasado @ Domingo, 07. Mayo, 2006 - 21:05:33

otono

Yo solía caminar sobre ellas cuando salía del trabajo. Solo cuando salía, porque cuando me dirigía a él, los barrenderos madrugadores ya había ejercido su tarea y las aceras lucían limpias y lustrosas. Sin embargo cuando terminaba mi jornada laboral y avanzando ya el crepúsculo, el suelo se había vuelto a cubrir de ellas que formaban una alfombra amarillenta sobre todo el pavimento de las aceras. Habían ido cayendo de los árboles a lo largo del día, ya por el viento a veces húmedo barruntando lluvia de mediados de otoño, ya por el soplo del levante que entraba por el Estrecho de Gibraltar y barría Sevilla; o simplemente porque sus vidas extintas le impedían seguir sostenidas al árbol que cruelmente se deshacía de ellas expulsándolas al vacío. Si ya no le facilitaban el oxígeno necesario eran sólo una carga para él que lo afeaban dándole imagen de abandono y dejadez. Y por esas leyes de la naturaleza se las quitaba de encima sin pudor ninguno.
Yo intentaba no pisarlas. Me daba como un no sé qué hacerlo porque pensaba que aún no estaban muertas del todo, sino solo agonizantes. Estarían totalmente muertas cuando su silueta semejara una filigrana de encajes formada por las nervaduras de su fisonomía; pero ahora aún las creía vivas. Enfilaba mis pasos sorteando las que podía, aunque había algunas que si que eran aplastadas por el tacón de mi zapato de piel vuelta color crema, más sin ninguna premeditación por mi parte. Solo me daba cuenta al notar que mi pie pisaba algo más grueso que el suelo.
Había días que llovía, y en esas noches y si el viento soplaba de frente, arrastraba alguna que otra contra mi pierna que se aferraba a mi como una ventosa. Las dejaba allí, pegadas a mi carne. Las sentía húmeda y fría en mi piel pero no intentaba deshacerme de ellas para que acompañaran mi caminar de pasos vacilantes entre unas y otras, creyendo (o intentando creer) que el calor de mi cuerpo podían darles un pequeño hálito de vida que hicieran un poco más larga su etapa natural.
Camino de casa, en el bus, dejaba soltar mis sentimientos y me apenaba por ellas. Me concienciaba de lo efímero de la vida, en este caso de las hojas, y de cuan fugaz era su existencia, tan semejante a la nuestra. En poco tiempo pasaban de ser el frescor verde de las avenidas, al amarillo macilento de la sequedad; de bailar altivas al son de la brisa estival en lo más alto, a ser arrastradas vilmente por el suelo. Eso me ponía triste. En aquél tiempo yo solía estar muchas veces triste. Me tocaba atravesar esa etapa entre la recién estrenada adolescencia y la madurez en la que todo es confusión por parte de una misma e incomprensión por parte de los demás.
Ahora sé que mi pesadumbre por el fin de las hojas se debía a la semejanza que en esos momentos mi vida tenía con ellas: La muerte de la niñez con la consiguiente desaparición de la seguridad maternal de los años infantiles.
Hoy, ya pasado algunos años, disfruto caminando en otoño sobre las hojas caídas, y más aún si sopla el viento y amenaza lluvia, más sin embargo, en mi casa no he plantado ningún árbol de hoja caduca.
En mi casa las hojas nunca mueren. En mi vida tampoco mueren las etapas que atraviesa.

"El Sori"

por diariodeunpasado @ Miércoles, 03. Mayo, 2006 - 20:51:21

RosasBlancas

Era el Sori el chico que tenía los rizos más lindos que yo he visto en mi vida, y unos ojos verdes expresivos de tal manera, que casi no le hacía falta la palabra para decir lo que sentía.
…El Sori….
El nombre completo del Sori era José Luis Herrera Soriano, pero todos los íntimos lo llamábamos cariñosamente “el Sori”.
A mi me gustaba el Sori. Casi desde el primer día que lo vi. Lo que pasa es que yo era entonces una patosa preadolescente que brillaba más por su “no atractivo” y por su timidez que por el desparpajo propio que suelen tener con esa edad las chicas.
Yo me volvía patosa cuando él me miraba o se situaba a mi lado caminando al salir del colegio. No acertaba a hacer otra cosa que reír con esa risa tonta y cursi o cuchichear algo al oído de mi amiga de turno. Y aunque en el fondo de mí, me turbaba su cercanía, deseaba que no se retirara ni un centímetro. Sin embargo, y contrariamente a mis deseos solía demostrarle lo opuesto a lo que yo sentía: “no camines a mi lado” “no te acerques” “déjame tranquila”. El se reía. Reía con una risa demasiado madura para sus trece años. Era una risa con un lejano fondo chulesco o de Don Juan, de futuro hombre seguro de sí al que no le afectaban mis despectivos comentarios. Mis amigas cercanas me “chivaron” que él estaba por mí y a partir de ese momento entré en una nube (posteriormente habría otras nubes iguales en mi vida) dónde toda mi ser se centraba en pensar en el, en soñar con él, en imaginar con él…… Mi familia se anuló por completo ante la omnipotente presencia del Sori. El era el único punto de mi existencia.
Me entretenía en jugar a imaginarlo sentado junto a mí en la clase de matemáticas o de geografía y soñaba que cuando en las noches yo ya estaba dormida él me miraba. Esos eran mis principales sueños porque con doce años no se tiene picaresca para nada más. Y con eso era feliz.
En una ocasión, entre bromas, me quitó un pañuelo y amenazaba con no devolvermelo si no había beso de por medio, así que como yo no estaba dispuesta se pasó toda la tarde con el. Ya se lo ponía anudado en la muñeca, ya en el cuello... Yo alucinaba viendo como su piel tocaba una prenda mía. Cuando al fin me lo devolvió (sin beso) me pase mucho tiempo oliendolo porque tenía impregnado su olor, pero sobre todo, porque había estado en contacto con su cuerpo. Lo mantuve escondido en un cajón en mi cuarto durante muchos meses. Me parecía que de esta forma una parte de él me seguía a todas partes.
El Sori vino un día al sitio dónde nos reuníamos todos los amigos, vestido de blanco: Pantalón vaquero blanco y camisa blanca de manga larga, pero el muy seductor se remangó los puños hasta una altura poco más abajo del codo. Y ese día es el día que más guapo lo he visto porque el blanco hacía que sus ojos verdes tomaran un color más claro, casi transparentes. Yo creo que ese día y sin él ser consciente, me conquistó del todo.
Ese tarde fuimos todos los amigos al cine y el se dio mañas de sentarse a mi lado.
Yo sentía el calor de su brazo pegado al mío. Las piernas me temblaban y no me quería ni mover. Mis mejillas iban a estallar de rojas. Me sentía flotar. Me hacía soñar. En un determinado momento (y he de reconocer que con mucha educación) me pidió tomarme de la mano. Mi respuesta fue tajante y cortante: ¡NO!
Y ahí terminó todo. El ya no volvió a acercarse a mí y yo adopte la postura más banal: la indiferencia.
En una ocasión alguien me pregunto delante de él ¿aún te gusta el Sori? Mi respuesta fue negativa y por supuesto falsa.
El Sori ya no me sonreía, ya no caminaba a mi lado.
El Sori, al igual que yo a él, me ignoraba.
Mi poca experiencia de aquel tiempo me hizo pensar que con mi negativa en el cine, él había dejado de sentirse atraído (como si los sentimientos pudieran contarse así, de repente) y mi prematuro orgullo hizo que me mantuviera en mis treces.
Meses después el empezó a separarse de nuestro grupo de amigos. Lo hizo paulatinamente, hasta que un día ya no vino nunca más.
Si alguna vez nos cruzábamos por la calle, era tal y como si se cruzaran dos desconocidos. Mi corazón se rompía cada vez que se daba esa circunstancia.

Aunque he tenido otras relaciones, aunque ahora mi vida ya está hecha, nunca lo olvidé.

En una ocasión, durante una conversación con un gran amigo (que en aquella época también lo era de él) me contó que el Sori me había amado durante mucho tiempo después de aquello. Simplemente le faltó valor para pedirme disculpas si me había ofendido.
A mi me faltó valor para decirle que yo no estaba ofendida. Yo creí que mi negativa lo decepcionó y se olvidó de mí.

No lo he vuelto a ver. Posiblemente el tiempo, al igual que a mí, habrá hecho algún que otro estrago en su piel. Sin embargo estoy segura que sus ojos siguen siendo igual de expresivos y que en un rinconcito de su corazón anda todavía esa niña inmadura que también lo recuerda.


 
 

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