Llamé al sueño para que viniera.
Quise que me hiciera compañía, que me acunara en sus brazos y me sumergiera en las profundidades de otra realidad.
Necesitaba soñar contigo, viajar en un espacio sin tiempo y volver a sentirte enredado en mis sentimientos.
Como antes. Como cuando éramos una misma y única aleación.
Pero el sueño no acudió a mi llamada.
Quedé sola con mi soledad, mirando tras los cristales avanzar el crepúsculo, mientras el contorno de los edificios se sumergian en la penumbra.
Se encendieron las farolas y se apagó mi esperanza. No fui capaz de recordarte.
Seguiste vagando en el vacío de mi pasado, navegando hacia otra dimensión.
Yo… ya no quise volver a llamar al sueño.
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Llamada Al Sueño
Sevilla, 25 De Agosto
He recibido tu carta.
En esta tarde de estío que se me antoja otoñal por el color pajizo del entorno, me entregaron tu misiva. Y me la dieron así, casi a voleo, sin una palabra y sin explicación alguna del porqué de su tardanza, como si la persona portadora de la misma llevara con ella largo tiempo escondida adivinando tal vez el mal presagio de su contenido.
La depositaron en mi regazo mientras fuera el viento solano, que vuelve más locos a los locos, soplaba con fuerza y lo cubría todo de fino polvo amarillo. Algo habitual aquí en el Sur.
Mientras mis manos presurosas rasgaban el sobre de cualquier forma, los visillos inmaculados de las ventanas (igual de inmaculado que todo lo que aquí me rodea) revoloteaban hacia mí como pétreos dedos de niebla queriendo impedir mis movimientos. Volaban empujados por un aire espeso y pegajoso que barruntaba tormenta. Sin embargo yo continué mi quehacer y leí tus palabras que
he sentido densas y pesadas, cruelmente sinceras, describiendo una realidad hiriente y puntiaguda. Dolorosa.
Y lo entiendo. Tengo que decirte que lo entiendo; que yo entiendo que en tu vida, mi estado no tiene sitio para la espera, que el corazón continúa con su latido y el alma no es dueña de los sentimientos, que en su espera desespera ante la ausencia de pasiones, necesitando de alguien que las desate.
Que entiendo que alguien se coló por esa pequeña rendija que dejó mi forzada ausencia y poco a poco se fue adueñando de lo que antes yo era la única poseedora, que la carne es débil y la conciencia inconsciencia cuando te sacan a flote sensaciones largamente reprimidas y olvidadas; sensaciones vitales que no saben de reloj ni de tiempo. Que no saben de dolor ni de abandono.
Que no saben de mí.
Y recuerdo como eras tú. Y recuerdo como yo era. El eco de nuestras risas me llega como a oleadas por entre los barrotes de esta cárcel en la que se convirtió mi mente; una mente que se quedó varada en esta desierta playa sin agua; seca para el presente, vacía para el futuro, pero llena de vivencias del pasado, de las que ya no estoy segura si alguna vez fueron reales, o simplemente son fruto de esta incomprensible demencia que me poseyó.
Vivencias de besos y arrumacos, de murmullos a media voz y de olor a sal y a lavanda en las noches de verano cuando los dos éramos solo uno bajo el azul cobalto del cielo. Recuerdos de tu manera de amar.
De tus brazos.
De tus manos.
Tus manos de amante.
Y ya ves que a pesar de las rejas de mi irrealidad a veces, y aunque sople viento solano vuelvo a estar cuerda. Cuerda para sentir y comprender. Cuerda para desearte la felicidad. Cuerda para darte alas y que vueles libre.
Posiblemente mañana los barrotes de esta habitación que me protegen tengan una razón de estar.
Posiblemente mañana en mi demencia seré consciente de que te perdí.
Posiblemente seré aún más demente, y lo que ahora comprendo no tenga sentido.
Posiblemente tendrán que atarme de nuevo a la cama.
Y posiblemente desearé seguir siendo una loca ilusionada a una cuerda que te ha perdido.
(El viento Solano. En los días de verano la submeseta sur y zonas adyacentes, conforman una sartén espectacular de 300 km. de diámetro donde las temperaturas se acercan a los 40 ºC. o los superan, sin tener en cuenta apenas la altitud (solo en las serranías y a más de 1300 metros se escapan). Esto provoca un calentamiento de grandes masas de aire, y el aire caliente, como sabemos, tiende a ascender. El espacio dejado es ocupado por el aire más templado, propio de las zonas costeras que están bajo la influencia atemperante del mar. Es este movimiento de masas de aire la que provoca ese viento, bastante intenso y persistente, pegajoso, hasta bien entrada la madrugada, y su fuerza se hace muy perceptible.
Según la voz popular este viento hace volverse loco a los cuerdos y más locos a los locos.)
LLuvia De Lágrimas

La mañana se ensombreció.
Retumbó un trueno y el cielo se tornó agitado.
Negras nubes se movían adquiriendo formas abstractas al principio, para después quedar como un techo negro-plomo que eclipsaba por completo el azul.
Se oyó el serpentear del rayo y una luminosidad encandilada rasgó el horizonte. Comenzaron a caer gruesas gotas de agua desde lo alto. Al principio caían desperdigadas, luego, como soldados en una marcha militar, iban cayendo ordenadamente marcando el paso cada vez más fuerte; sobre tejados, calles, plazas, árboles y hojas, y sobre todo aquél que no había tenido la suerte de guarecerse.
También se cubrió de gotas el cristal del ventanal de la estancia. Su recorrido sobre el mismo se asemejaba al rastro de caracoles en la primavera, se deslizaban suavemente, lentamente, dejando tras de sí un dibujo distorsionado de culebrinas inconclusas.
Yo miré directamente a sus ojos. También caían gotas de ellos. Gotas de lágrimas. Lágrimas de dolor y de sufrimiento. Lágrimas de recuerdos. Lágrimas de impotencia.
La abracé. La oprimí contra mi cuerpo. Besé largamente sus húmedas mejillas, besé su pelo, sus manos, la apreté entre mis brazos tal y como hacía cuando era una bebita, una niña, una adolescente.
Deseé con todas mis fuerzas hacer su dolor mío para aliviarla del peso que lleva sobre sus hombros.
Que duro es que no puedas quitar el peso moral de alguien a quien tanto quieres. Lo puedes hacer con cualquier objeto, sacas fuerzas de dónde sea para que su tarea no sea tan dura. Sin embargo, el peso del daño moral…. Que difícil es quitarlo. Lo único que puedes hacer es estar a su lado para que sienta tu compañía. Nada más.
Fuera seguía lloviendo con fuerza.
Este día de primavera parece que intuyó en que consistía nuestra tarea y nos preparó un escenario adecuado al momento.
Yo también lloraba. Quería hacerme la fuerte, la voz cantante del trabajo…. Sin embargo ni siquiera eso podía hacer. No podía quitarle a ella su papel, su tarea, su deber. Tampoco podía reprimir mis lágrimas.
Y así, mientras el agua se cebaba con las pobres flores vistosas del mes de Abril, las lágrimas se cebaban con nosotros, y nuestros sollozos acallaban los truenos del exterior.
Ella, (mi hermana, de la que me separan nueve años y de la que siempre me he sentido una madrecita), sacaba del armario la ropa y los objetos de su hijo desaparecido, tarea pendiente desde los ocho meses que hace que nos dejó. Me daba cada cosa para que yo le quitara el polvo, pero antes de dármela la apretaba contra su mejilla, la olía, la besaba…. Luego yo hacía posesión de ella y la introducía en una bonita caja que compramos para tal tarea.
Y así una y otra y otra. Y de cuando en cuando nuestro abrazo y nuestros sollozos.
Y a veces la risa. Risas cargadas de dolor pero risas al fin y al cabo: “¿Te acuerdas cuando…. Y cuando…..? Intentábamos no hacer más dañino lo dañino.
Lo recordamos mis veces. Ella cuando era bebe, y luego niño y luego adolescente. Yo cuando lo llevaba a mi casa y lo dejaba conmigo todo un día para que jugara con mi hijo. Cuando me pedía coca-cola sin que su madre se enterara, cuando me hurgaba en los cajones de la cocina buscando chocolate….
Todos los recuerdos unidos. Los mejores recuerdos. Y en el fondo escondiendo el peor: El día en que nos dijo adiós para siempre. Tal vez en el fondo fuimos cobardes y evitamos hablar de nuevo de esos duros momentos de los que tantas veces hemos hablado. El de su partida.
Llegué a casa empapada de lluvia y de lágrimas. Llevaba conmigo todos esos recuerdos que el psicólogo le aconsejó hacer desaparecer. Y están aquí, conmigo.
Su primer libro (solo es de muñecos en tela), el órgano infantil que mi marido yo le regalamos en su 4 cumpleaños, su tambor de feria, Su play Station, su cd con las conversaciones grabadas del Messenger (que por respeto no he leído) Las fotos de su más novia que amiga que empezaba a despuntar sus sentimientos amorosos, sus libros y cuadernos del instituto con esquemas de mecánica……
Y a pesar del dolor tan intenso me siento satisfecha.
Mi hermana no sentirá ese horrible dolor cuando entre en su cuarto.
Yo tengo conmigo parte de su vida.
Un Amigo
Un día cualquiera, al despuntar la mañana de un caluroso estío nos encontramos. Nuestro encuentro fue casual. Nadie nos presentó, no había ninguna cita concertada, no nos conocíamos. Simplemente coincidimos en el mismo lugar y en el mismo instante. Comenzamos a conversar y al mismo ritmo que el sol iba ocupando un lugar cada vez más alto en el azul, nosotros íbamos avanzando en nuestro mutuo conocimiento personal. Cuando el astro rey ocupó su cenit, ya éramos grandes amigos. Desde entonces lo hemos sido.
Pero mi amigo encierra algo dentro de sí que no exterioriza. Oculta a los ojos de todos (también intenta ocultarlo a los míos), su parte más bella. Toda esa cascada de bellos sentimientos, de inmensa sensibilidad, de infinita ternura, la mantiene escondida, tal y como un niño esconde los restos de un plato roto ante su madre. No quiere que salgan al exterior. Y sufre. Mi amigo sufre por eso aunque no se de cuenta.
Dice que observa como el viento arrastra hojas secas y papeles viejos a su merced, y que así se siente él, hoja ya muerta, papel obsoleto arrastrado al antojo de sus vivencias.
Hace mucho tiempo que decidió mostrar una imagen de sí mismo (y lo consigue), de persona dura e insensible. No se da cuenta que tan sólo se engaña el mismo y que ese engaño lo daña enormemente.
Como consecuencia de ello se ha vuelto cada más desconfiado. Siempre ha sido desconfiado con respecto de los sentimientos que los demás pueden sentir hacia él.
A veces se vuelve huraño por este motivo. Yo percibo su sufrimiento. Incluso desconfía mayoritariamente de mi.
Si yo le digo que lo quiero mucho me responde que seguro a otros los querré más que a él.
Si le digo que es uno de mis mejores amigos, el alude que considera que es el último del escalafón.
Si alguna vez anulo una cita por un imprevisto, nunca cree mi justificación. Alega que de seguro es que me aburro con su compañía…
Y a mí todo eso me duele enormemente.
Y un día me cansé.
Me cansé de que ponga en entredicho todo lo que yo le cuento.
Me cansé de sus preguntas-trampa para pillarme en una mentira y luego tacharme de que le miento.
Me cansé de no poder conseguir con mis argumentos que sienta la bella persona que es, que no sea capaz de sacar a flote su mejor “yo”, que bien sé que lo tiene.
Me cansé que esté cuestionando constantemente mis sentimientos con respecto a él debido a su inseguridad.
Y un día le dije adiós.
Me sentí impotente y tiré la toalla. No he vuelto a saber de él.
Seguramente su vida seguirá igual que siempre. La mía también sigue igual. Pero,
Sinceramente, lo extraño.
Me duele haber perdido un amigo. Haberlo perdido a él.
Siempre pensé que la amistad era incondicional. No lo ha sido por parte de ninguno de los dos.
Lo Que Fuimos Y No Quisimos Ser
Una cruel desazón atravesó mi alma.
Serpentinas eléctricas propias de un cielo de tormenta resquebrajaban mi sin razón. Cantó un mirlo llamando al amor y por momentos desperté de mi obstinada mi ceguera.
Pero fue solo eso, un momento que murió incluso antes de que naciera. Solo un atisbo de un parto inesperado.
Tal vez si en su día me hubiesen robado el miedo, si me hubiesen dejado la valentía para enfrentarme al presente y mimarme directamente al futuro de tus ojos, ese cristal opaco que nos separaba sería más transparente.
No me miré en tus ojos.
Muy al contrario y como desertora en un campo de batalla, retiré los míos hacia el infinito.
Quise parar el tiempo.
Busqué cobijo en el viento y quise ser hoja para ser arrastrada hacia otro lugar; jirón de nube para vagar en otro estado; gota de lluvia para nadar hacia otra situación.
Pero el tiempo siguió implacable su proceso como una letanía. Y mis ojos quedaron varados en playa desierta sobre arenas movedizas.
Sentí que el murmullo del aire apagaba el tenue gemido que salía de tus labios.
Fui consciente de que se hizo aliado te tu orgullo y te impidió articular sonido alguno.
La altivez tapó tu boca con dedos de brillante acero.
Un remolino movió hojas secas a nuestro alrededor envolviéndonos en ellas. Después yo no estaba y tu silueta se difuminó en el espacio.
Dejamos de estar y de ser y fuimos engullidos por el olvido de otra dimensión.
Puede que nuestras vidas hubieran caminado al unísono si mi cobardía me hubiera permitido elevar los ojos hacia los tuyos.
Puede que aquellos lazos siguiesen atados si tu soberbia hubiera dejado libre tu boca.
Puede que tú, al igual que yo hoy, tengas pensamientos gemelos a los míos.
Ciudad de Locos
Esta ciudad me aplasta. Ruido, humo, polución…….Los autos se me abalanzan con un estruendoso pitido y se me asemejan animales cuaternarios sedientos de sangre. Ese taxista me ha mirado amenazadoramente. Por un momento pensé que se me echaba encima e instintivamente me alcé los brazos a la cabeza. El bus ruge temerosamente y alborota toda mi cabellera al pasar. Esto es un caos, una ciudad de locos. ¿Y qué me grita ese imbecil desde la ventanilla? Con tanta escandalera no consigo oírle aunque la expresión de su rostro no ha podido ser más aclaratoria.
Da la impresión de que van a la caza y captura del peatón.
Cada día lo mismo. Llego a la universidad con el corazón sumamente acelerado.
Yo pienso que ellos creen que el mundo es solo para los vehículos motorizados y han creado una imaginaria lucha con los ciudadanos de a pie.
Ayer sin ir más lejos un motorista casi me tira al suelo. Tuve suerte de dar un salto hacia detrás en el último instante. El cayó al asfalto y la circulación sufrió un colapso inmediato.
Ya casi me da pánico salir a la calle porque además de del acoso temerario de los conductores también tengo que sufrir los insultos. Si no hacen sonar el claxon a toda potencia me dirigen palabras malsonantes o me hacen gestos obscenos.
No son capaces de comprender. Ni de respetar.
Y no lo soportan porque se creen poseedores de las carreteras. Y las carreteras son para uso de todos, incluido yo, aunque no tenga vehículo. Y eso ellos no lo comprenden.
A veces he hecho uso de la fuerzas del orden público pidiendo justicia, más muy por el contrario en lugar de apoyarme, tan solo han caído sobre mí sus amenazas.
Me dicen que me atenga a las consecuencias de mi actitud, que respete el canon establecido, que soy yo el que está infringiendo las normas……
Decididamente ellos tampoco me entienden. Y no me respetan. No respetan que yo tome todos los días mi mochila y recorra los tres kilómetros de casa a la universidad a pie. No soportan que lo haga caminando en mitad de los seis carriles de circulación (tres en ambos sentidos) de las amplias avenidas de esta ciudad, y hasta ven lógico la lluvia de insultos que recibo y el peligro a que me expongo.
Nadie mueve un dedo por apoyarme.
Un Día Para Recordarte
Amaneció lluvioso este día de principios de Abril.
El vidrio de las ventanas lucía salpicados de lunares, pequeñas gotas de agua nacarada que se deslizaban ondulantes por el cristal.
Y ¿sabes?, te recordé. Como cada día lluvioso, te recordé.
Recordé como llegaste a mí aquél día de una húmeda primavera (como la de hoy), ese día en el que de una pincelada cambiaron el limpio azul del cielo por un gris denso y opaco.
A cambio me dejaron tus ojos, tan azules como el que borraron del cielo, tan transparentes, como el agua del cristal que ahora miro.
Tus ojos, que en más de un momento me hicieron enloquecer. Enloquecer de felicidad. Era un placer mirarse en ellos, reflejarse en ellos, penetrar en ellos, cerrarlos suavemente con mis labios e imaginar que ocurría en esos momentos tras los aterciopelados párpados.
Cualquier cosa.
Podía ocurrir cualquier cosa .Desde un viaje al fondo del alma hasta una risa desbordante de ternura jugando con mis anhelos.
Nunca he vuelto a encontrar unos ojos como los tuyos. Posiblemente porque ninguno de los que he encontrado te pertenecían.
Nada como tú. Nadie como tú.
Te amé tanto……
Carta A Tí
Sevilla, a 5 de Abril de 2006
Ante todo decirte que deseo que te encuentres bien.
Y decirte también que todo estos meses transcurridos me han hecho llegar a la conclusión de que veces el tiempo no cumple con su obligación de ser tiempo.
A veces deja de serlo para convertirse en espacio fijo e inmóvil. No pasa, no corre, no transita por nuestras vidas.. y se queda rezagado y remolón ante la impotencia de incapacidad que nos impide hacerlo mover nuevamente. Y es en esas situaciones, en las que se amotina y revela ante las leyes naturales, cuando verdaderamente he sentido que no existe el tiempo en lo más hondo de nosotros. Ni tiempo ni distancia. Se mezcla todo como una masa informe y rebelde ante cualquier científico que la quiera desarrollar y dominar.
Y he comprendido que si el tiempo es capaz de detenerse, también es capaz de transformarse en el espacio y alearse con el infinito formando un lugar en ninguna dimensión conocida, dónde los sentimientos puedan compenetrarse y fundirse conjuntamente, y los cuerpos dejen de ser cuerpos para convertirse en energía; dónde la distancia deje de ser distancia para ser solamente un sitio en un punto concreto donde no existan barreras ni leyes ni teorías.
Entonces, ya no habrá miedos ni perjuicios. Entonces tú serás tú y yo seré yo, compartiendo vivencias e intercambiando sentimientos, construyendo un mundo distinto al conocido y dejándonos llevar por la nueva dimensión descubierta.
El dolor se habrá evaporado y las heridas del alma cicatrizarán con el roce cálido de la ternura.
Y tal vez entonces, solo entonces, podamos encontrar la felicidad.
Te deseo lo mejor.
Intromision En La Historia

Hoy caminé furtivamente tras mi madre que con pasos seguros asía firmemente de la mano izquierda a la niña que fui. Las alcancé cuando bajaban las escalerillas que enlazaba con la calle Gandul, justo enfrente de la casa dónde vivíamos. Mi madre vestía sencillamente pero elegante dentro de la humildad en la que vivíamos. Llevaba medias de color carne y unos zapatos de medio tacón negros, porque mi madre, conocedora de su belleza, era muy presumida, Yo, uniforme tableado azul marino sobre camisa blanca, zapatos “gorilas” negros y calcetines negros. En mi mano derecha una pequeña maletita de plástico marrón con cremallera que yo balanceaba nerviosamente (dentro guardaba un cuadreno de dos rayas,lápiz, goma y sacapuntas y una caja de lápices de colores "Alpino". Era un 27 de septiembre y recién había cumplido 4 años. Y también era mi primer día de colegio.
Siempre he llevado ese día colgado en mi corazón y sus vivencias grabadas a fuego en mi alma de niña, Y también siempre he sentido un atisbo de duda de si era realidad o ficción lo que yo creía haber sentido en ese para mí brumoso día.
Por eso ahora, en mi vida actual y ya de adulta he querido regresar al pasado y comprobar por mi misma que de verdad había en los recuerdos que causaron tanto dolor en mi interior.
Y por eso ahora caminaba medio escondida y como una malhechora tras ellas dos: tras de mi madre y tras de mí.
Tan sólo tres días antes mi madre me tomó de la cintura y me sentó en la mesa de madera con cajón y hule de plástico que teníamos en la cocina (seguramente para que nuestras caras llegaran a la misma altura) y me hizo partícipe de algo que ella creía una buena noticia que me haría ilusión y que para mí, y muy al contrario, fue lo mismo que si me anunciara que el patíbulo me esperaba: “Dentro de tres días comenzarás a ir al colegio”. Esas palabras sonaron en mí como una sentencia de muerte. “¿Y tú estarás conmigo Mami?” “No hija, al colegio solo van las niñas para aprender a leer y a escribir”. Yo comencé a llorar desconsoladamente. En aquella etapa de mi vida tenía que compartir cariño con una hermana 19 meses menor que yo que necesitaba todos los cuidados (como si yo no los necesitara también) y como ella era la más pequeña toda la dedicación del tiempo de mis padres y mi abuela era para ella ( o al menos así lo percibía yo y por supuesto no lo aceptaba), lo que había provocado en mi unos celos tremendos hasta el punto de no querer soltar casi en ningún momento del día el pico del delantal que solía usar mi madre para faenar en la casa. Y para colmo ahora me decía que tenía que separarme de ella la mayor parte de las horas del día. “No quiero ir Mami”. Y comencé a llorar desconsoladamente mientras miraba los cuadros verdes y amarillos del mantel. Recuerdo que ella me daba besos e intentaba convencerme de que allí haría muchas amiguitas nuevas y que las monjas me enseñarían a rezar y a cantar unas canciones muy bonitas de Dios, pero yo no quería nada de eso. Yo no quería separarme de ella y menos aún dejar el campo libre a la usurpadora de mi hermana.
Mientras caminaba tras ellas observaba a mi madre. Que guapa era la condenada, y que cuerpo tan derecho y erguido; casi tenía tipo de modelo. Y también me observaba a mí, que a pesar de mi corta edad intentaba disimular mis sentimientos para que no me delataran pero que aún a mi pesar no podía evitar modelar la boca en un puchero contenido.
Al llegar a la altura de la plaza de abastos mi madre se paró a intercambiar unas palabras con una conocida y le contó orgullosa como me llevaba al colegio el primer día. Al colegio de las monjas (algo prohibitivo entonces dado su alto precio pero que nos lo podíamos permitir porque mi madrina corría con todos los gastos, aunque en honor a la verdad solo salió al paso del primer trimestre; el resto tuvo que salir del escaso bolsillo de mis padres). A las palabras de la señora que nos encontramos tuve que esforzarme en sacar una sonrisa. Ya he dicho antes que no quería exteriorizar mis sentimientos. Eso es algo que aún hoy conservo. Me avergüenzo transmitir a los demás lo que siento.
Observando a mi yo infantil en ese para mí fatídico día sentí un dolor punzante y hondo por esa niña tan pequeña, tan indefensa que ya comenzaba a experimentar los momentos duros de su corta existencia y que posiblemente y como a todos los mortales, la acompañarían en más de una ocasión en su vida.
Una vez llegamos a la callejuela de las monjas (llamada así porque allí estaba la puerta de entrada al colegio) Yo veía como esa niña que fui se iba poniendo cada vez más nerviosa, más en tensión. Y cuando se abrieron las puertas y todos los niños corrieron para entrar y a mi madre le prohibieron la entrada, ya no pude contener más esa bola que crecía dentro de mí y rompí en sollozos desconsolados y desgarradores: “por favor Mami, por favor, no me dejes solita, no te vayas, que yo me voy a acordar mucho de ti”.
Mi madre se puso en cuclillas y me abrazó y me besó prometiéndome que sería sólo por poco tiempo y que en breve volvería a recogerme. Entonces hice algo totalmente prohibido: interferí en la historia. Aparté suavemente a mi madre para inclinarme yo sobre la niña que fui y acunarla en mis brazos; la abracé con todas mis fuerzas para atenazarle la confianza en sí misma; sequé sus (mis) lágrimas con mis manos y besé sus húmedas mejillas. Yo sé que ella intuyó todo mi amor y consiguió sacar de sus labios una tímida sonrisa. La tranquilidad volvía a estar en ella.
Ella supo quien era yo. Y yo supe que había hecho lo que tenía que hacer.
“Para todos esos niños que sienten la angustia de la separación el primer día de clase.”
Amaneció Abril
Llegó Abril, cargado de primavera y hoy también cargado de niebla.

Y es que parece que el Invierno se resiste a partir.
Sin embargo la naturaleza, al gual que nuestras vidas, sigue su curso sin posibilidad de retorno. Y tarde o temprano la Luz se impone a la Bruma.






















