
Posiblemente este dolor no sería tanto dolor si supiera algo de ti. Este no saber, esta incertidumbre, este desconocimiento, me está carcomiendo el alma y la mente. Yo necesito que me saquen de esta ignorancia que me envuelve desde tu partida, que me hagan saber si estás bien y tranquilo o si por el contrario (y ojalá no sea así) tu dolor es semejante al mío. Ya han pasado casi tres meses y sigo como el primer día: Sin nada ni nadie que me saque de estas horribles dudas, de esta confusión. Su tuviera la certeza de que eres feliz, llevaría con gusto esta cruz que cayó me así, como a traición, sobre la espalda.
Y no es justo. Tengo que gritar que no es justo que de la noche a la mañana desaparecieras de mi vida sin siquiera tener la opción de una despedida o de un simple beso. Ni siquiera un adiós. Tan sólo fue un “enseguida vuelvo”. Pero no volviste.
Los días no sienten compasión y pasan lentos, vacíos y carentes de color y de luz. Son como túneles negros por los que quisiera ser engullida, más ni siquiera me rozan porque no se apiadan de mí. Me dejan aquí, retorciéndome en mi pena y mi desconsuelo. Sin respuestas. El amanecer me sorprende dando vueltas por la casa como un león enjaulado, sintiendo el frío de unos dedos de acero hurgando en mi interior, como queriendo sacarme las entrañas.
En mi desesperación he querido escuchar tus pasos en el murmullo de las hojas arrastradas por el suelo. Sin embargo eran solo eso: hojas. Otras veces he creído oír tu voz cuando el viento se colaba por las rendijas de las ventanas: era solo viento. Y me ha parecido sentir tus manos tocando mi pelo cuando tan sólo era yo quien se peinaba.
Yo sé que no vas a volver. Tengo la certeza de que el viento caliente del estío, pegajoso y amarillento que levantaba remolinos de arena aquella tarde, te llevó consigo. Ya ves que soy muy consciente de la amarga etapa que atraviesa mi vida.
Pero es tan duro… Tan duro y tan injusto.
Que guapo te sentí la tarde de tu partida. Así, sentado en tu moto se me antojó que eras un príncipe en su altivo alazán. Un pequeño príncipe adolescente. Y sentí un inmenso orgullo por tenerte y porque formaras parte de mi vida.
Sin embargo ahí quedó todo desde ese momento. Todo se estrelló como una fina hoja de cristal: El futuro, las ilusiones, la felicidad. Ese imaginario alazán quebró tu vida cuando se desbocó. Se llevó de golpe todas esas cosas que te quedaban por vivir. Te robó la ilusión de ese primer amor que estabas comenzando a descubrir, tus deseos de estudiar mecánica, tus ansías de aprender a volar sólo….
¡Si eras casi un niño! ¡Mi niño! Mi querido niño.
¡Qué poco pude darte durante tus cortos 16 años! Se quedó contigo en la carretera mi tarea de seguirte educando, de seguirte aconsejando cuando venías con algún problema a casa, de seguirte ayudando en tus estudios que a veces te costaba comprender, de ayudarte a despertar con música en las mañanas para que no llegaras tarde al instituto……
Te he tenido dentro de mi vientre, te he sentido dentro de mí, te he traído al mundo, y ahora, te han arrancado violentamente de mi vida, cortando de raíz ese imaginario cordón umbilical por el que aún seguíamos unidos.
Ahora y como dije antes solo hay dolor. Dolor de madre por no tenerte. Dolor por desconocer dónde y cómo estás. Dolor porque no te dejaron terminar de vivir tu vida. Tu preciosa vida adolescente.
Y aunque hay otras personas a mi lado por las que tengo que seguir luchando, mi vida murió junto a la tuya aquella calurosa tarde, cuando tu corcel de acero te mató en la carretera.
A Javier (8-5-1989 / 9-7-2005)
























